09/05/2026
En 1974, la artista Marina Abramović llevó al límite la idea del poder, la moral y la violencia humana con una de las performances más impactantes jamás realizadas: Rhythm 0. Durante seis horas, permaneció inmóvil en una galería de Nápoles, declarando que sería —literalmente— un objeto. No resistiría, no reaccionaría, no pondría límites.
La audiencia tendría control absoluto.
A su lado había una mesa con 72 objetos, desde los más inofensivos hasta los más peligrosos: una rosa, una pluma, perfume, pan, tijeras, una navaja, cadenas, alcohol… y una pi***la cargada con una sola bala.
Al principio, el público actuó con amabilidad: le entregaban flores, la acomodaban, la tocaban con suavidad. Pero a medida que pasaban los minutos, algo oscuro comenzó a emerger. Rasgaron su ropa. Cortaron su piel con la navaja. Le clavaron espinas de rosas en el abdomen. Le escribieron insultos.
En un momento, colocaron la pi***la en su mano y la dirigieron hacia su propio cuerpo.
La violencia creció poco a poco, como si la ausencia de límites borrara lentamente la empatía. Algunos espectadores intentaron detener los actos más extremos, pero la dinámica general ya había cruzado una línea inquietante.
Y entonces, después de seis horas de absoluta pasividad, Marina dio un paso. Se movió.
El resultado fue inmediato: el público retrocedió. Evitaron su mirada. Muchos huyeron de la sala.
La performance reveló algo brutal: cómo la percepción de poder y la falta de consecuencias pueden transformar a una multitud común en algo completamente distinto. Rhythm 0 no solo marcó la historia del arte; se convirtió en un espejo incómodo de lo que somos capaces de hacer cuando nadie nos detiene.