12/11/2025
La historia continua en los comentarios. Muy buen mensaje, ahí se los dejo para reflexionar.
Alguien que siendo esclava en su mente no lo estaba y otra persona con "todos los privilegios" estaba más esclavizado de si mismo
La esclava fue contratada para bañar al príncipe mimado y, al desnudarlo, quedó impactada con lo...
En el corazón del sofocante Puerto de San Gabriel, en 1824, una joven esclava llamada Isidora caminaba con la cabeza erguida hacia el palacio de Montemayor. Sus pies descalzos sentían la frialdad de la piedra, pero su temple era más fuerte que el miedo que se susurraba en los corredores. Había sido llamada para una tarea tan extraña como peligrosa: bañar al príncipe Alejandro, un hombre famoso por su arrogancia y por humillar a cualquiera que osara servirle.
Las otras sirvientas la habían mirado con una mezcla de lástima y envidia. Nadie entendía por qué él la había escogido a ella.
Cuando Isidora entró en los aposentos, el aire estaba cargado de tensión. El príncipe la esperaba en su ornamentada silla de ruedas, con el torso desn**o y una mirada fría que parecía medir cada centímetro de ella. El silencio en la estancia no era paz, era vigilancia.
"Te esperaba", dijo él, con voz baja pero firme. "No me gustan las manos temblorosas. Si has de bañarme, hazlo con firmeza."
Isidora inclinó la cabeza, pero no bajó la mirada. "No tiemblo, alteza", respondió ella, su voz clara en la penumbra. "Solo respeto los umbrales."
La palabra "umbrales" pareció sorprenderlo, pero no dijo nada. El baño comenzó como una batalla silenciosa de voluntades. Isidora se movía con una eficiencia tranquila, probando el agua, mezclando las hierbas de lavanda y romero. Cada gesto era deliberado, no servil. Ella no estaba allí solo para obedecer; estaba allí para cuidar, y la diferencia era palpable.
La tensión creció a medida que ella limpiaba su torso y espalda. Él era un hombre fuerte, pero había una rigidez en él que no era solo orgullo. Cuando sus manos se acercaron a la tela que cubría sus piernas y su abdomen, él se tensó visiblemente.
"Mírame", pidió ella suavemente, deteniéndose antes de desatar el n**o. "No voy a humillarte." "No busco compasión", espetó él. "Yo no sé darla", replicó Isidora. "Sé cuidar."
Sus manos firmes deshicieron el n**o. La tela cedió lentamente. Y entonces, a la luz de las velas, ella vio el secreto que él había jurado ocultar para siempre.
Sus piernas no eran las de un príncipe vigoroso. Eran un mapa de dolor. Cicatrices profundas, viejas y nuevas, surcaban su piel, marcas de quemaduras y cortes que hablaban de una tortura indecible. La arrogancia que el mundo veía era solo una armadura; el hombre en la silla estaba roto.
El silencio que siguió fue más pesado que la piedra del palacio. Alejandro esperó el horror, la lástima, el desprecio. Pero Isidora no le dio nada de eso.
continuará........👇