12/11/2025
Pensé que mi mamá quería más a mi hermano...
Y no, no era favoritismo.
Era una herida que yo no conocía, un dolor que no podía comprender.
Cada hijo lleva en su corazón una versión diferente de su madre.
Uno la vio fuerte, imparable...
Otro, cansada, al borde del agotamiento.
Uno la hizo reír hasta el llanto...
Otro, llorar en silencio, en la soledad de su alma.
Uno llegó cuando aún soñaba, con la esperanza intacta...
Y otro, cuando ya en su mirada se le notaban las renuncias, las heridas abiertas.
No era que quisiera más a uno...
Es que cada uno encontró un rincón distinto en su corazón, en su alma.
Uno necesitó más tiempo...
Otro, más paciencia...
Y hubo uno que solo necesitaba que ella no se quebrara...
Y por eso, ella fingía estar bien, aunque por dentro se rompía en mil pedazos.
A veces pensamos que mamá tiene un favorito porque vemos el abrazo, la sonrisa...
Pero no conocemos su historia.
Vemos el silencio... pero no todo lo que tuvo que callar.
Vemos que da más... sin notar a quién le duele más.
Porque sí:
El hijo que más abrazos recibió, quizás era el que más roto estaba por dentro.
El que parecía tenerlo todo fácil, quizás se perdió en su camino, solo en su lucha.
Y aquel que nunca pedía nada, fue el que aprendió a no necesitar, a esconder su dolor.
Una madre no ama con justicia matemática.
Ama con lo que tiene, con lo que le queda, con su alma entera, desgarrada a veces por el cansancio, la duda, el miedo a fallar.
¿Alguna vez te preguntaste por qué no te abrazó más?
Quizás pensó que eras fuerte, que no necesitabas nada.
Quizás ya no le quedaban fuerzas...
Quizás también esperaba un abrazo tuyo, sin saberlo.
Ella fue mujer antes que madre.
Hija antes que guía.
Y aprendió sola, en silencio, a repartir su amor entre varios, sin romperse por completo, aunque a veces sintiera que iba a explotar.
No juzgues su amor por lo que hizo.
Valóralo por lo que sacrificó en silencio, por las lágrimas que secó sin que vieras, por las veces que prefirió dolerse sola, para que tú no sintieras culpa.
Y si todavía la tienes contigo... mírala con otros ojos.
Quizás no era falta de amor, sino que estaba cuidándote a su manera, con cada fibra de su ser.
No esperes a perderla para entenderla.
No esperes ser padre o madre para perdonarla.
Y no postergues más lo que siempre quiso oír:
"Gracias, mamá. Gracias por amarme... incluso cuando no lo entendí."
Cada hijo ocupa un lugar distinto en el corazón de mamá, y aunque no todos lo entiendan igual, ese amor siempre estuvo allí.
Solo que a veces, hablaba en silencios, en gestos invisibles, en heridas que no se ven.
Volando e la cabeza Psicología con Ana Lilia Mondragón