03/12/2025
Mi glucómetro registró 285 después de comerme medio plátano. Ahí entendí que ya no podía confiar ni en la fruta.
Era mi cumpleaños número 47.
Mi familia había preparado una comida "especial para diabéticos". Ensalada, pechuga a la plancha, y de postre... medio plátano. Porque "la fruta es natural, no puede hacerte daño".
Media hora después, mis manos temblaban. La vista borrosa. El medidor no mentía: 285 mg/dL.
Por medio plátano.
Esa noche lloré en el baño mientras todos comían pastel. No de autocompasión. De rabia. Porque me di cuenta de que nunca más iba a poder comer tranquila. Cada bocado era una ruleta rusa.
Mi refrigerador se convirtió en mi enemigo.
Abría la puerta y veía amenazas por todos lados. El yogurt "light" que me subía a 200. Las galletas integrales que me mandaban a 250. Hasta las verduras me traicionaban. Una zanahoria cocida me disparaba los niveles como si fuera un dulce.
Empecé a comer lo mismo todos los días:
Huevo en la mañana.
Pollo al mediodía.
Atún en la noche.
Mi esposo dejó de invitarme a cenar fuera. No lo culpo. Ver el menú me daba ataques de ansiedad. Calculaba carbohidratos mentalmente mientras todos platicaban. Preguntaba a los meseros por cada ingrediente como una loca.
"¿La salsa tiene azúcar?"
"¿El aderezo lleva miel?"
"¿Pueden hacerlo sin empanizar?"
Una vez mi cuñada me dijo que exageraba. Que su tía también era diabética y comía de todo "con moderación".
Su tía perdió un pie a los 60 años.
Probé todas las dietas que prometían "controlar la diabetes naturalmente":
La dieta keto que me dejó con calambres horribles y el aliento a acetona.
Los jugos verdes que, ironía, me subían el azúcar más que un refresco.
El ayuno intermitente que me provocó una hipoglucemia tan severa que desperté en urgencias.
Mi endocrinóloga solo aumentaba la dosis de metformina. 850mg. 1000mg. 1500mg. Mi estómago estaba destrozado, pero mi azúcar seguía incontrolable.
"Es normal", decía. "La diabetes es progresiva."
Progresiva. Como si fuera normal resignarse a perder la vista, los riñones, las extremidades. Como si fuera mi culpa por no poder controlar algo que claramente estaba fuera de control.
Una madrugada de septiembre no podía dormir por el ardor de estómago (cortesía de la metformina). Eran las 3:22 AM. Me levanté a buscar algo para el malestar cuando encontré los análisis de mi madre.
Mi madre murió de complicaciones diabéticas a los 64.
Mientras revisaba sus papeles, encontré algo que me heló la sangre: sus niveles de azúcar eran casi idénticos a los míos a mi edad. El mismo patrón errático. La misma lucha perdida.
Pero había una nota del médico que me llamó la atención: "Paciente presenta disbiosis intestinal severa. Flora bacteriana comprometida."
Empecé a investigar obsesivamente sobre la conexión intestino-diabetes.
Lo que descubrí me cambió la perspectiva completamente.
Resulta que el 70% de los diabéticos tipo 2 tienen algo llamado "permeabilidad intestinal aumentada". Básicamente, tu intestino se vuelve un colador. Las bacterias malas proliferan. La inflamación se dispara. Y tu cuerpo pierde la capacidad de procesar la glucosa correctamente.
No importa cuánta metformina tomes. Si tu intestino está dañado, es como intentar llenar una cubeta rota.
Fue entonces cuando recordé algo que mi abuela decía: "La guanábana limpia por dentro".
Siempre pensé que era otra de sus creencias sin fundamento. Pero empecé a buscar estudios sobre la guanábana y el sistema digestivo.
Lo que encontré me voló la cabeza.
Las hojas de guanábana contienen compuestos que específicamente combaten la proliferación de bacterias patógenas en el intestino. Pero más importante: ayudan a regenerar la mucosa intestinal. Es como sellar las grietas del colador.
Encontré un extracto líquido concentrado. No té. No cápsulas. Extracto puro de hojas, sin la fruta (que tiene azúcar).
2 gotitas en agua, antes de cada comida.
El primer cambio lo noté a los 4 días: el ardor de estómago desapareció.
A la semana, algo extraño pasó. Me comí un pedazo de manzana (con miedo) y medí mi glucosa a los 30 minutos. 140. No 250. 140.
Pensé que el glucómetro estaba dañado.
Al mes, sucedió algo que no creí posible: comí en un restaurante. Pedí fajitas de pollo. Con tortilla. Una tortilla de harina. Mi glucosa post-comida: 155.
Lloré. Pero esta vez de alivio.
No estoy "curada". La diabetes no desaparece. Pero por primera vez en años, la comida dejó de ser mi enemiga.
Ahora entiendo el problema real: no era la fruta. No eran los carbohidratos. Era mi intestino destrozado que no podía procesar nada correctamente. La metformina controlaba el síntoma, pero empeoraba la causa.
Han pasado 8 meses.
Volví a cocinar para mi familia. Comemos juntos. En la misma mesa. La misma comida.
Fui al cumpleaños de mi sobrina y comí un pedazo pequeño de pastel. Mi glucosa subió a 165 y bajó sola en 2 horas. Sin insulina de emergencia. Sin crisis.
Mi endocrinóloga no entiende cómo bajé mi hemoglobina glicosilada de 9.2 a 6.8. Le mencioné el extracto de guanábana y me miró como si le hablara de brujería.
No importa. Yo sé lo que cambió.
Si estás leyendo esto calculando los carbohidratos de tu próxima comida, si tu refrigerador se siente como campo minado, necesitas entender algo:
El problema no es la comida. Es lo que le pasó a tu sistema digestivo después de años de diabetes mal tratada.
Hay una forma de repararlo. No es magia. Es biología básica que los médicos ignoran porque es más fácil subir la dosis de pastillas.
2 gotitas. Tres veces al día. Antes de comer.
Es la diferencia entre vivir contando carbohidratos y vivir contando momentos
PRONTO TENDREMOS UNA CHARLA DE ESTE TEMA: DISBIOSIS INTESTINAL POR VIDEO EN TERAPIAS ALTERNATIVAS