09/12/2025
Un lugar común en la clínica masculina es el reproche de que “dieron todo” a su pareja y que ella no les correspondió de igual manera. Sin embargo, cuando un sujeto afirma haberlo entregado todo y se coloca en la espera de que “le den”, ya ha abandonado la posición masculina desde hace tiempo.
En la lógica del deseo, la posición masculina se define no sólo por la posesión del falo sino por sostener la falta como motor. “Dar todo” equivale a cancelar esa falta, a negarla, a pretender colmar al Otro y, en consecuencia, a exigir que el Otro colme de vuelta. Esa operación desplaza al sujeto hacia la castración, hacia la pasividad de la demanda.
Dejar todo por la pareja es otorgarle la posición del Otro, es investirla con el atributo fálico (muy cercano a una estrategia edípica). En ese gesto, ella pasa a ocupar el lugar de garante del valor y de la completud, mientras el hombre se despoja de la función fálica. Paradójicamente, en el intento de ser la figura que pueda colmar absolutamente la demanda femenina, queda reducido a objeto de demanda por una ilusión narcisista que intentó clausurar la inagotable estrucura.