27/03/2026
Sigmund Freud decía que el ser humano busca el placer y evita el dolor. Y aunque suene simple, en terapia vemos que no siempre es tan directo… ni tan sano.
Porque sí, evitamos el dolor… pero muchas veces lo hacemos a través de caminos que terminan generando más sufrimiento.
Evitamos conversaciones incómodas… y acumulamos resentimiento.
Evitamos sentir tristeza… y nos desconectamos emocionalmente.
Evitamos el rechazo… y dejamos de intentarlo.
Evitamos el vacío… y nos llenamos de distracciones que no nutren.
El problema no es buscar placer.
El problema es confundir placer con alivio inmediato.
El alivio calma… pero no transforma.
El placer superficial distrae… pero no repara.
Desde la experiencia clínica, una de las grandes paradojas es esta:
lo que evitas, te gobierna.
Y lo que enfrentas, te libera.
Madurar emocionalmente no es dejar de evitar el dolor —eso es humano—,
es aprender a elegir qué dolores sí valen la pena atravesar.
Porque hay dolores que destruyen…
y hay dolores que construyen.
El dolor de poner límites.
El dolor de cerrar ciclos.
El dolor de mirarte con honestidad.
Ese dolor no se evita… se procesa.
Y en ese proceso, aparece algo más profundo que el placer: la paz.