03/01/2026
El deber ser no es el villano de la historia.
En su origen cumple una función muy concreta: ordenar la vida, dar dirección, reducir incertidumbre. Gracias al deber ser podemos levantarnos, cumplir acuerdos, sostener responsabilidades.
El problema no es el deber ser.
El problema aparece cuando se idealiza.
Un ejemplo sencillo:
Alguien empieza a decir “debo ser fuerte” para atravesar un momento difícil.
Eso, al inicio, ayuda. Pero con el tiempo, esa frase deja de orientar y empieza a exigir:
ya no se permite cansarse, dudar, pedir ayuda. No ser “fuerte” deja de ser una posibilidad humana y se convierte en una falta.
Ahí ocurre el giro silencioso. El deber ser deja de ser una brújula
y se vuelve un juez. Desde esta lógica, el sujeto ya no se pregunta:
“¿Qué necesito en esta situación?”
sino:
“¿Estoy siendo lo que debería ser?”
Y esa diferencia es decisiva.
Cuando el deber ser se absolutiza, no admite excepciones.
Funciona como una estructura rígida que promete estabilidad, pero a un costo alto: la pérdida de movimiento. Todo lo que se sale de la norma se vive como error, culpa o fracaso.
Otro ejemplo frecuente:
“Debería poder con todo.”
“Debería estar bien.”
“Debería haber superado esto.”
Frases que no nacen del deseo, ni de la experiencia concreta, sino de un ideal que se impone como condición para sentirse válido.
Desde mi marco teórico, esto no es un problema moral.
No tiene que ver con ser “bueno” o “malo”. Tiene que ver con cómo un sistema psíquico se estabiliza demasiado. Cuando algo “funciona”: cuando cumplir, sacrificarse o aguantar evita el derrumbe, el sistema aprende:
"Si cumplo, no me desarmo". Entonces repite. Y repite. Hasta que ya no puede hacer otra cosa.
El deber ser se convierte en un atractor dominante: organiza todo, pero no deja respirar. La clínica muestra algo muy claro:
el cambio no aparece cuando el deber ser se rompe, sino cuando el sujeto puede experimentar que variar no implica colapsar.
No se trata de abandonar responsabilidades,
sino de recuperar la pregunta por el sentido.
La ética no aparece cuando obedecemos ideales perfectos,
sino cuando, sin garantías absolutas, podemos decidir, movernos y asumir el riesgo de estar vivos.
Psic. David de los Santos.
Consultorio Confianza