12/04/2026
Hoy, cuando salgas de casa, mira a las personas a los ojos y sonríe. Si es la cajera del supermercado, sonríele y dile con mucha gratitud: *“Buenos días”*, y al final, añade: *“Muchas gracias por tu servicio”*. Si te subes a una combi, un colectivo o un taxi, sonríe amablemente y recuerda agradecer también su trabajo. En una despedida muy cordial, deséale un buen día.
Tú no puedes saber las luchas internas que alguien está viviendo. No puedes saber si tiene un enfermo delicado en casa, tampoco puedes saber si esa persona enojada que te da mala cara, que frunce el ceño, incluso está enferma ella misma, o lleva un peso invisible en el cuerpo. Tú no puedes saber si esa persona con la que en el camino tropiezas y te mira de forma tan agresiva ha sido despedida, ha sido abusada, maltratada o ha sufrido algún despojo.
Yo creo que todas las personas tenemos días buenos y días difíciles. Y creo que no nos cuesta nada sonreír, aunque sea un instante, ni desear un buen día. Te deseo un buen día. Te deseo que todo sea favorable. Y si son personas que conoces, familiares o amigos, puedes detenerte un momento y preguntar: *“¿Cómo estás? ¿Todo está bien? ¿Necesitas algo? ¿Puedo hacer algo por ti?”*
Hoy te invito a activar una cadena de favores. Hoy te invito a compartir. Incluso te invito a comprar, puede ser algo pequeño: si tu bolsillo está reducido, pueden ser solo dulces, tal vez cinco dulces, cinco paletas; si tuvieras un poco más, podrían ser cinco tortas; y si tuvieras un poco más, podrían ser dos o tres juguetes, aunque sean de uso. Y en el camino, si encuentras niños llorando, amablemente ofrece una paleta o un juguete, si puedes. Y si encuentras personas que tienen en el rostro la necesidad o la preocupación, ofréceles una torta, un alimento.
Créeme, es tan, tan sencillo hacer feliz a otro, aunque sea un momento. Pero más que la paleta, el juguete o la torta, es el mensaje que das: *“No estás solo. No estás sola. Aquí estoy”*. Y créeme que cuando preguntas: *“¿Necesitas algo? ¿Puedo hacer algo por ti?”*, ya le llenaste al otro el hueco, el vacío, la tristeza, la soledad, el miedo.
Tú no sabes cuántas veces pasó ayer por su mente el pensamiento: *“Ya no quiero estar aquí. Ya no puedo más”*. Tú no puedes saber cuántas veces se dijo: *“No soy buena, no soy bueno. Ya no quiero estar aquí”*. Y que hoy le sonrías, que hoy le digas: *“Muchas gracias por tu servicio”*, o que hoy le escribas a un amigo o amiga cercano, al último con quien llevas meses sin hablar, puede marcar la diferencia. Escríbele un mensaje emotivo: *“¿Cómo estás? Quiero verte, quiero platicar contigo. ¿Podemos hacer una llamada? ¿Tienes tiempo en la semana? Vamos a tomar un café, ven a mi casa o voy a la tuya”*.
Hemos perdido mucha comunicación, casi como un sarcasmo: tenemos en la mano la tecnología para comunicarnos con todos, pero la hemos sacado del corazón. Y hemos perdido el arte sencillo de sonreír, de decir gracias, de saludar, de decir buen día, de preguntar cómo estás… y de decir, por qué no: *“Te quiero. Te quiero mucho. Eres muy importante”*.
Esta humanidad está perdiendo lo más básico, lo más importante. Estamos perdiendo el corazón. Y el corazón no se equivoca: él te mantiene vivo a ti, a mí y a todos. Pero el corazón solo es amor. Y cuando digo amor, me refiero a eso que creó las estrellas, a lo que creó los planetas, a lo que le dio vida a todo cuanto existe. En todas las tradiciones se habla de un Dios que sopló sobre el barro, que creó a un hombre, que le dio vida, y a través de él creó a la mujer. Hay un orden, hay un contexto.
Pero nosotros, con tanta tecnología y un aparato electrónico en la mano, pensamos que tenemos el mundo en la mano. Y el mundo sí está en el corazón. Y tiene un ritmo. Expandir, contraer, expandir, contraer. El corazón hace un trabajo. Y este trabajo está desde el primer momento en que se fecundó el útero de tu madre. Y lo único que dice este expandir y contraer es: *“Te amo. Te amo. Te amo”*. Pero no te lo dice solo a ti. Se lo dice a todo.
Ahora te invito a que tú lo hagas. A que tú lo digas. A que tú abraces, contengas, bendigas. A que tú compartas ese amor. Primero empieza contigo. Mírate al espejo, o simplemente toca tus brazos, tu pecho, tu corazón, tus pies, tus piernas y dite: *“Te quiero. Te amo”*. Y regálate amor. Eres lo mejor, lo más preciado y lo más hermoso que existe. Y cada uno de los que estamos aquí somos únicos, perfectos, agraciados, hechos para un bien. Solo tienes que saberlo… y hacerlo saber a otros.
— Pensamientos y sentimientos de Paty Carmona