14/11/2025
Hoy les hablamos del encuadre terapéutico: un limite que no es ni rigidez, ni permisividad; sino claridad funcional.
En terapia, el encuadre (honorarios, horarios, políticas de cancelación, medios de contacto, etc.) no es un formalismo administrativo, sino parte del proceso clínico. Establece los límites que permiten sostener la relación terapéutica sin confundir cuidado con complacencia.
Desde el conductismo radical, toda relación, también la terapéutica, se regula por contingencias: acuerdos, reforzadores y límites. Si uno de esos elementos se rompe o se vuelve ambiguo, la conducta de ambos (terapeuta y consultante) se ve afectada.
Un encuadre claro reduce la ambigüedad contingencial: evita que el terapeuta se vuelva un reforzador inconsistente y que el consultante experimente la relación como arbitraria o caótica.
No se trata de “rigidez”, sino de coherencia funcional:
Muchos consultantes interpretan las políticas (como el aviso de 24 o 12h) como frialdad o inflexibilidad.
Sin embargo, desde ACT y el análisis funcional, estas reglas tienen función reguladora: previenen malentendidos, refuerzan la responsabilidad compartida y sostienen la continuidad del trabajo.
Cuando un consultante reacciona con enojo, culpa o victimismo, puede estar ocurriendo:
Evitación experiencial: el malestar por la pérdida (económica, de control, o de acceso al terapeuta) se proyecta en forma de queja o reproche moral.
Regla autojustificadora: “si cancelo por algo urgente, el terapeuta debería entenderlo”
lo que en realidad mantiene el patrón de evitar asumir consecuencias.
Búsqueda de refuerzo social: obtener comprensión, exoneración o culpa del otro, para reducir disonancia.
El terapeuta también puede caer en su propio bucle:
Evitar el malestar de cobrar.
Sentir culpa y ceder “para no parecer duro”.
Convertir su propio miedo al conflicto en conducta de rescate, debilitando el encuadre.
Desde ACT, el encuadre no se sostiene con control, sino con coherencia valiosa.
El terapeuta cobra y mantiene límites no porque “sea inflexible”, sino porque valora su tiempo, su trabajo y la integridad del proceso.
El consultante, al comprometerse con los acuerdos, entrena flexibilidad psicológica: aprender a tolerar el malestar natural de los límites sin convertirlo en excusa o ataque.
El encuadre no es un contrato que se impone, sino una red de contingencias claras que cuida la relación terapéutica.
Cuando se respeta, hay orden, confianza y continuidad.
Cuando se rompe o se negocia desde la culpa, aparece la ambigüedad que refuerza la evitación.
En terapia, como en la vida, los límites adecuados no castigan, enseñan responsabilidad, sostienen el compromiso y permiten que el cambio sea posible.