16/12/2025
Cuando un hermano muere, no solo pierdes a una persona.
Pierdes una parte de tu historia que nadie más puede contarte.
Se rompe algo por dentro que no sangra, pero duele todos los días.
Un dolor raro, silencioso, que aparece cuando menos lo esperas:
en una canción vieja, en una foto olvidada, en una frase que solo ustedes entendían.
No importa si era el mayor, el menor, el que siempre cuidaba o el que siempre necesitaba ayuda.
No importa si hablaban diario o si la vida los había ido separando poco a poco.
Cuando se va un hermano, el golpe llega igual… seco, inesperado y brutal.
Porque no solo se va alguien a quien amas.
Se va el cómplice de la infancia.
El que vio a tus padres jóvenes, el que compartió la misma mesa,
la misma sopa aguada, los mismos castigos injustos y las mismas risas sin razón.
Se va el único testigo de esa versión tuya que ya no existe.
El que sabía cómo eras antes de que la vida te endureciera.
El que te entendía con una mirada y te conocía incluso cuando guardabas silencio.
Y entonces viene lo más difícil:
el mundo no se detiene.
El tráfico sigue, las cuentas llegan, la gente ríe, el trabajo exige,
y tú sigues respirando… pero ya no eres el mismo.
Te quedas atrapado en ese abrazo que no diste,
en esa llamada que pensaste hacer “luego”,
en esa discusión que ahora darías todo por repetir.
Hay familia, sí.
Hay amigos, primos, otros hermanos si tienes suerte.
Hay gente que te ama y que intenta llenar el vacío.
Pero el hueco que deja un hermano… nadie lo ocupa.
Porque nadie más compartió la raíz contigo.
Nadie más creció en el mismo hogar, con las mismas carencias,
los mismos sueños rotos y las mismas pequeñas victorias.
Nadie más puede reemplazar ese lugar.
El duelo por un hermano es un duelo sin manual y sin palabras.
Uno que muchas veces no se entiende, ni siquiera se respeta.
Porque la gente espera que sigas, que seas fuerte, que “ya pase”.
Pero ese dolor no se supera… se aprende a cargar.
Aprendes a vivir con un “te extraño” que se repite en voz baja.
Con un “ojalá estuvieras aquí” que aparece en cada momento bonito.
Porque cada logro, cada risa, cada noticia importante
lleva siempre la misma pregunta:
“¿Qué no daría porque estuvieras aquí para verlo?”
Y con el tiempo entiendes algo doloroso, pero verdadero:
el amor entre hermanos no muere.
Se transforma.
Se vuelve ausencia que pesa.
Se vuelve memoria que arde.
Se vuelve fuerza, nostalgia, cicatriz.
Y aunque el tiempo pase,
aunque aprendas a sonreír de nuevo,
una parte de ti siempre seguirá hablando con quien ya no está.
Porque cuando un hermano muere,
no se va solo una persona…
se va una parte de ti que nadie más puede reemplazar.