02/02/2026
“Acepta que consume… pero no acepta que es adicto.”
Hay algo que confunde profundamente a las familias:
“Él sabe que consume, lo reconoce… entonces ¿por qué no cambia?”
Porque aceptar el consumo no es lo mismo que aceptar la adicción.
Y ahí es donde entra la negación.
La negación no es mentir.
No es hacerse tonto.
Es un mecanismo inconsciente que protege al sujeto de un dolor que todavía no puede mirar de frente.
El adicto puede decir: “sí, consumo”,
pero lo que sigue negando es lo que ese consumo representa.
Negar la adicción es negar la pérdida de control.
Es negar la dependencia.
Es negar que la sustancia no es el problema central, sino la solución que encontró para sobrevivir emocionalmente.
Aceptar la adicción no sólo implica dejar de consumir.
Implica enfrentarse a lo que aparece cuando la sustancia ya no está:
la angustia, el vacío, la rabia, la tristeza, la historia personal, las heridas antiguas, las carencias que nunca se nombraron.
Por eso muchos siguen consumiendo aun “sabiendo” que tienen un problema.
Porque dejar la sustancia los deja solos frente a sí mismos. Y eso, para muchos, es más aterrador que el propio consumo.
La negación no es falta de voluntad.
Es falta de recursos internos para sostener lo que emerge sin anestesia.
Y aquí también es importante decirlo con claridad:
la familia suele querer que el adicto entienda,
cuando en realidad primero necesita soportar.
Soportar la verdad emocional de su historia.
Aceptar la adicción es un proceso, no una confesión.
No ocurre en la cabeza, ocurre en el alma.
Y ese movimiento casi nunca se logra solo.
Por eso la recuperación no empieza cuando dice “sí, consumo”, empieza cuando puede empezar a mirar para qué consume… y se atreve, poco a poco, a quedarse ahí sin huir.
Ese es el inicio real del camino.
No rápido.
No cómodo.
Pero profundamente humano.