18/11/2025
Después de la separación, muchas mujeres descubren algo que nadie les explicó:
la carga no disminuye… a veces se multiplica.
Porque además de cuidar, trabajar, organizar la vida diaria y acompañar emociones, ahora también gestionas acuerdos, horarios, trámites, pagos, comunicación mínima, silencios incómodos y límites que cansas de repetir.
Esa carga mental —la que nadie agradece ni nombra— es la que te mantiene pensando en todo:
en la escuela, los uniformes, la comida, las terapias, los pendientes, los cambios de humor, las mochilas, los permisos, los cumpleaños, las cuentas, la vida emocional de tus hijas e hijo.
Y todo eso, mientras sigues sanando lo tuyo.
Es un cansancio profundo.
De ese que no se quita durmiendo.
De ese que no se nota en fotos, pero se siente en los hombros, en el pecho, en la respiración.
No es que seas “dramática”.
No es que “te toque”.
Es que cargas con lo que otros no ven.
Y aun así, sigues.
Sigues cuidando, sosteniendo, creando calma, dando amor, reconstruyendo tu vida y la de tus peques.
Eso no te hace fuerte por obligación.
Te hace humana, presente y valiente.
Lo estás haciendo increíble, incluso en los días en que piensas que solo sobrevives.