21/11/2025
A veces, cuando nace un bebé… el que crece de golpe es el hermano mayor.
Y no porque madure de la noche a la mañana.
No porque “ya entienda”.
No porque “ya debería saber”.
Crece de golpe porque —sin querer— nosotros lo empezamos a ver distinto.
Un día todavía era tu pequeño, tu bebé grande…
Y al siguiente, cuando llega el nuevo integrante, lo notas enorme:
sus berrinches te desesperan más,
sus demandas parecen “exageradas”,
su llanto te sorprende porque “ya no es para eso”.
Y en ese cambio silencioso, él no se está volviendo difícil… Está pidiendo ayuda. Está diciendo: “No me dejes de ver”.
He visto esta historia en el consultorio una y otra vez… y también en mi casa. A veces, sin darnos cuenta, tratamos al mayor con un nivel de exigencia que jamás le hubiéramos puesto antes. Como si en el parto también le hubiéramos adelantado la vida.
Pero no. Sigue siendo el mismo niño que, hasta hace unos días, corría a tus brazos para todo.
El mismo que buscaba tu mirada para sentirse seguro.
El mismo que era chiquito… y de pronto dejó de parecerlo.
No son celos, muchas veces.
Es desorientación. Es un pequeño diciendo: “¿Dónde quedó el lugar donde yo era suficiente?”
Y ahí es donde toca regresar:
Respirar.
Bajar el ritmo.
Recordar que él también necesita brazos, paciencia y espacio para seguir siendo niño.
Los bebés llegan a casa sin manual… pero los hermanos mayores llegan sin preparación.
Hoy quizá valga la pena mirar al tuyo con ojos nuevos:
no como “el grande”, sino como lo que realmente es:
tu hijo, todavía pequeño, todavía aprendiendo, todavía necesitando que lo acompañes a su propio paso.
Porque cuando llega un bebé… el que más agradece que lo sigas viendo, es el que ya estaba ahí ✨