18/11/2025
En el día mundial del prematuro, por GalenoSapiens
Desde el sentir de un guerrero diminuto, que aprendió a luchar antes que a vivir.
No me dieron la bienvenida con arrullos, sino con el silbido metálico de un ventilador. No me recibieron en un regazo cálido, sino en la áspera frialdad de una incubadora. Mi primer sonido no fue un llanto de mamá ni un te amo de papá, fue el pitido agudo de un monitor de saturación. Mi primera batalla no fue por un juguete, fue por cada bocanada de aire, por vivir.
Llegué cuando el mundo aún no me esperaba. Me colé por una rendija del tiempo, tan frágil que la luz pesaba, el sonido lastimaba y mi propia piel era un mapa de venas violáceas bajo una película de transparencia. Era tan pequeño que el miedo a morir cabía en la palma de una mano.
Pocos me daban crédito de vida. Era un "caso de pronóstico reservado", un porcentaje en una gráfica, un susurro de estadísticas sombrías en los pasillos. Pero en medio de ese desierto de incertidumbre, hubo manos que se empeñaron en creer en lo increíble, mis primeros héroes.
A ustedes, enfermeras, ángeles de batas blancas y turnos eternos. Sus dedos, que calibraron máquinas con precisión de relojero, fueron también los que me acomodaron con una ternura que desafiaba la fatiga. Me hablaban en voz baja, me llamaban "luchador", y en sus ojos yo no veía lástima, veía fe. Eran la primera trinchera en mi guerra particular.
A ustedes, médicos, generales de esta guerra contra lo inevitable. Que leían en las líneas de mis monitores la poesía críptica de la supervivencia. Que tomaron decisiones imposibles, jugándose en cada una el hilo tenue de mi destino. Su ciencia fue mi escudo, pero su terquedad por desafiar lo "previsible" fue mi espada.
Y a ustedes, mis padres. Ustedes, que rompieron el protocolo del dolor para armarme con un amor feroz. Su amor no era una emoción etérea; era una fuerza tangible. Era la mano que atravesaba la cúpula de cristal para rozar mi espalda, transmitiéndome pulsos de vida. Era la voz que, a través del cansancio y el terror, me cantaba canciones que hablaban de un mundo exterior al que valía la pena llegar. Su amor fue el oxígeno que no me podían dar los tubos. Fue el milagro que la medicina no puede explicar. Fue lo que inclinó la balanza cuando la muerte pesaba más que yo.
Hoy, respiro sin ayuda. Grito con fuerza. Mis ojos, que solo veían sombras, ahora reconocen las caras de quienes nunca se rindieron. Pero cargo con las cicatrices de quien empezó a vivir en modo de supervivencia. Cada logro mío es un parte de victoria en una guerra que comenzó demasiado pronto.
Si este texto les llega al corazón y les nubla la vista con lágrimas, no las guarden para mí. Conviértanlas en conciencia.
Que mi lucha sirva para recordar que la vida más frágil es la que a veces clama con más fuerza por ser vivida. Que la ciencia es vital, pero el amor es el verdadero respirador artificial del alma. Y que cada niño que llega antes de tiempo no es una estadística, es un guerrero diminuto que merece un ejército de esperanza a su lado.
No lloren por mi comienzo. Luchen para que el de otros sea más fácil.
GalenoSapiens
Con la pluma prematura y la tinta tierna.