16/11/2025
El Juicio de los Fantasmas, por GalenoSapiens.
La sala no era una sala. Era un teatro de absurdos, un escenario donde la moralidad, desnuda y contrahecha, se paseaba para ser flagelada por su propia hipocresía. El aire olía a desinfectante y a culpa barata, de esa que hasta en el mercado sobra.
Entró ella. Helen. Noventa y un inviernos comprimidos en un metro y medio de puro temblor. No caminaba; se arrastraba, un espectro vestido con la última moda de la indigencia institucional: una bata de hospital que no ocultaba la vergüenza, unas esposas que brillaban como un sarcasmo alrededor de unas muñecas que sólo habían acariciado y trabajado. No era una rea. Era una acusación viviente.
El juez Marcus, un hombre cuyo rostro empezaba a memorizar las grietas de la desilusión, leyó los cargos: “Robo con agravantes”. Las palabras, pesadas y huecas, resonaron en el vacío. Luego, sus ojos se posaron en la figura temblorosa. Y lo vio. Vio el engranaje roto, la pieza del sistema que, por error, había caído en la maquinaria y mostraba, con su mera presencia, el óxido de toda la estructura.
La historia era un eco sordo de un disparo que nadie quiso oír. Sesenta y cinco años construyendo un mundo en miniatura, un universo de rutinas y pastillas. Doce cápsulas diarias de dignidad para George, su hombre, su razón de ser, su compañero del viaje terrenal. Doce promesas químicas que le compraban otro amanecer a su lado, con intereses pero funcionaban. Su pensión era un hilo del que colgaban, pero el hilo era suficiente, ya era un hilo viejo, podrido por el sol de los años, y la lluvia inevitable de los inviernos perpetuos… hasta que la burocracia, ese pulpo insaciable de papel y tinta, decidió cortarlo. Un pago perdido. Un seguro cancelado. Un hombre condenado a muerte por un tecnicismo burocráticamente absurdo.
El episodio en la farmacia no fue un robo. Fue un naufragio. Los 50 dólares de siempre se habían transmutado en 940. Una cifra surrealista, un rescate por una vida. Helen volvió a casa con las manos vacías y el pecho lleno de un hormigón frío. Los siguientes tres días no fueron días; fueron una larga, lenta y húmeda caída. Escuchó el sonido de George ahogándose en la atmósfera, cada inhalación un estertor, cada exhalación un adiós más cercano. El sonido del miedo. El sonido de la injusticia.
Su regreso a la farmacia no fue un acto delictivo, sino un ritual de desesperación. Cuando sus manos, esas manos que sólo sabían dar, se cerraron alrededor de las cajas de medicinas, no estaba robando. Estaba recogendo los pedazos del contrato social roto. Las alarmas no sonaron para detener a una ladrona; sonaron como la sirena que anuncia el colapso final de un sistema sin sentido.
En la comisaría, su cuerpo, viejo y cansado, se rebeló. La presión arterial se disparó, no por el miedo a la cárcel, sino por la rabia acumulada de siglos de silencio. La llevaron al hospital, la misma institución que falló en prevenir esto, y de allí, directamente al patíbulo simbólico del tribunal, aún con la bata puesta, aún con las cadenas.
—Nunca pensé vivir algo así, su señoría —susurró. Y en esa frase estaba contenida la tragedia de millones: la incredulidad ante el derrumbe de todas las promesas.
El juez Marcus no era un héroe. Era un hombre que, por un instante, decidió dejar de ser un administrador de leyes para convertirse en un intérprete de la humanidad. Su mandíbula se tensó no contra Helen, sino contra el monstruo que la había empujado hasta allí.
—Alguacil, quítele esas cadenas. Ahora. Ordenó con un corazón que entendió la vida por encima de números y leyes.
Se giró hacia el fiscal, y su mirada era un veredicto en sí misma.
—¿Cargos por robo con agravantes? ¿Por esto?
Y entonces Helen, la fantasma, la he***na trágica de esta farsa, rompió a llorar. —Él no podía respirar... No sabía qué más hacer.
Esa frase, “no podía respirar”, debería estar grabada a fuego en la conciencia de una nación que asfixia a sus ancianos con la almohada de la indiferencia. La voz del juez, entonces, no fue una sentencia, fue un diagnóstico.
—Esta mujer no es una criminal. Es una víctima de nuestro propio fracaso, condenados deberíamos estar todos los testigos mudos de este crimen social.
Desestimó los cargos. Pero su acto de justicia no fue absolución; fue una confesión pública de culpa. Declaró un receso de emergencia y, en un acto que evidenciaba la podredumbre del sistema, tuvo que hacer de trabajador social, de médico, de salvador. Tuvo que llamar personalmente para que un hombre recibiera la medicina que le correspondía por derecho. Tuvo que ordenar que una mujer no pagara por el privilegio de haber sido llevada al borde del abismo por el estado.
Cuando los periodistas, buitres de la noticia rápida, le preguntaron el porqué, el Juez Marcus pronunció la verdad desnuda y agria:
—A veces, hacer justicia significa reconocer cuándo el sistema ha dejado de funcionar. Esa mujer no es una ladrona. Es una he***na.
Helen no es una he***na. Es un síntoma. Un síntoma de la enfermedad terminal de un pacto: el que dice que la salud es un derecho, no un lujo. Su "crimen" no fue tomar unas pastillas, fue obligarnos a mirar al espejo y ver la sangre en nuestras manos. Ver que hemos construido un mundo donde un hombre puede morir por un pago perdido, y donde una mujer de 91 años debe ser encadenada por intentar salvarlo.
Que esta historia no nos haga llorar sólo por Helen y George. Que nos haga llorar de rabia. Y que esa rabia, ácida y reflexiva, sea el primer paso para desmantelar el tribunal silencioso que cada día condena a los más frágiles a elegir entre la muerte o la deshonra. El verdadero juicio no ha terminado. Acaba de comenzar. Y nosotros, todos nosotros, estamos en el banquillo.
GalenoSapiens
Con la pluma llena de tinta protestante.
Basado en una historia leída por ahí.
Aún no sé su veracidad.