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Ya leo a los envidiosos diciendo que es IA. 😒
25/11/2025

Ya leo a los envidiosos diciendo que es IA.
😒

En el día internacional del hombre. 19 de Noviembre: Un Reconocimiento para el Hombre, para el titán silencioso, que mer...
19/11/2025

En el día internacional del hombre.
19 de Noviembre: Un Reconocimiento para el Hombre, para el titán silencioso, que merece lo que jamás pide.

Por GalenoSapiens

Hoy no es un día para celebraciones vacías ni para himnos ruidosos, no queremos globos ni pastel. Es un día para el reconocimiento sereno y profundo de una realidad que, por obvia, se ha vuelto invisible: la columna vertebral silenciosa de la humanidad ha sido, y sigue siendo, el hombre.

Mira a tu alrededor. La infraestructura que sostiene tu mundo, desde los cimientos de tu casa hasta los cables que llevan la energía, fue concebida, sudada y levantada predominantemente por manos masculinas. No es una superioridad, es un hecho histórico y biológico. La testosterona, ese cóctel de fuego y determinación, es el combustible que ha impulsado la conquista de lo imposible, la exploración de lo ignoto y la construcción de lo monumental. Es la energía que se canaliza en el turno de noche en la fábrica, en la mirada fija del cirujano a las 3 de la madrugada, en la espalda doblada del minero y en la mente abstracta del ingeniero.

El hombre es el protector. Esa es su carga ancestral. Es el instinto programado de ponerse entre la amenaza y los suyos, de su capacidad be***al de enfrentarse a lo que sea, aunque sepa que morir es una opción. Es la calma en medio del caos, no porque no sienta miedo, sino porque ha aprendido a domarlo. Su valor no reside en la ausencia de temor, sino en la acción a pesar de él. Es el que da la cara, asume la responsabilidad y carga con las consecuencias. Es el muro de contención contra el que se rompen las olas de la adversidad.

Es el proveedor. No como un simple mecanismo económico, sino como la expresión física de su compromiso. Su orgullo está inextricablemente unido a su capacidad de generar, de construir, de dejar un legado tangible. Es el padre que enseña a su hijo a ser justo y a su hija a ser fuerte, no con discursos, sino con el ejemplo diario de integridad. Es el esposo cuya lealtad no es una emoción volátil, sino una decisión tallada en roca, un pacto de hierro que trasciende los estados de ánimo.

En la modernidad, a men**o se le señala, se le confunde y se le pide que se disculpe por su propia esencia. Se le critica por su fuerza, al tiempo que se le exige que la utilice para proteger. Se le ridiculiza por su silencio, sin entender que en ese silencio se libran sus batallas más duras.

Hoy, 19 de noviembre, rechazamos ese ruido.

Este texto es un recordatorio para cada hombre que se levanta y cumple. Para el que trabaja hasta el agotamiento. Para el que elige la rectitud sobre la facilidad. Para el que contiene sus emociones no por debilidad, sino para ser el ancla de los demás. Para el que falla, se levanta y vuelve a intentarlo. Para los que no cumplan esto, pueden deslizar pantalla sin piedad ni remordimiento.

Tu valor no lo determina la aprobación externa. Lo determina tu acción, tu resistencia, tu código interno de honor. Tu legado no está solo en los grandes monumentos, sino en la seguridad de tu familia, en el respeto de tus compañeros y en la huella imborrable de tu carácter.

Este día es para ti. Para el hombre. Para el arquitecto, el guerrero, el padre, el amigo, el pilar. No necesitas aplausos. Tu recompensa está en el deber cumplido. Y en la quietud de este día, sabe que tu papel, aunque a men**o anónimo, es insustituible.

GalenoSapiens.
Con la pluma testosterónica.

En el día mundial del prematuro, por GalenoSapiens Desde el sentir de un guerrero diminuto, que aprendió a luchar antes ...
18/11/2025

En el día mundial del prematuro, por GalenoSapiens

Desde el sentir de un guerrero diminuto, que aprendió a luchar antes que a vivir.

No me dieron la bienvenida con arrullos, sino con el silbido metálico de un ventilador. No me recibieron en un regazo cálido, sino en la áspera frialdad de una incubadora. Mi primer sonido no fue un llanto de mamá ni un te amo de papá, fue el pitido agudo de un monitor de saturación. Mi primera batalla no fue por un juguete, fue por cada bocanada de aire, por vivir.

Llegué cuando el mundo aún no me esperaba. Me colé por una rendija del tiempo, tan frágil que la luz pesaba, el sonido lastimaba y mi propia piel era un mapa de venas violáceas bajo una película de transparencia. Era tan pequeño que el miedo a morir cabía en la palma de una mano.

Pocos me daban crédito de vida. Era un "caso de pronóstico reservado", un porcentaje en una gráfica, un susurro de estadísticas sombrías en los pasillos. Pero en medio de ese desierto de incertidumbre, hubo manos que se empeñaron en creer en lo increíble, mis primeros héroes.

A ustedes, enfermeras, ángeles de batas blancas y turnos eternos. Sus dedos, que calibraron máquinas con precisión de relojero, fueron también los que me acomodaron con una ternura que desafiaba la fatiga. Me hablaban en voz baja, me llamaban "luchador", y en sus ojos yo no veía lástima, veía fe. Eran la primera trinchera en mi guerra particular.

A ustedes, médicos, generales de esta guerra contra lo inevitable. Que leían en las líneas de mis monitores la poesía críptica de la supervivencia. Que tomaron decisiones imposibles, jugándose en cada una el hilo tenue de mi destino. Su ciencia fue mi escudo, pero su terquedad por desafiar lo "previsible" fue mi espada.

Y a ustedes, mis padres. Ustedes, que rompieron el protocolo del dolor para armarme con un amor feroz. Su amor no era una emoción etérea; era una fuerza tangible. Era la mano que atravesaba la cúpula de cristal para rozar mi espalda, transmitiéndome pulsos de vida. Era la voz que, a través del cansancio y el terror, me cantaba canciones que hablaban de un mundo exterior al que valía la pena llegar. Su amor fue el oxígeno que no me podían dar los tubos. Fue el milagro que la medicina no puede explicar. Fue lo que inclinó la balanza cuando la muerte pesaba más que yo.

Hoy, respiro sin ayuda. Grito con fuerza. Mis ojos, que solo veían sombras, ahora reconocen las caras de quienes nunca se rindieron. Pero cargo con las cicatrices de quien empezó a vivir en modo de supervivencia. Cada logro mío es un parte de victoria en una guerra que comenzó demasiado pronto.

Si este texto les llega al corazón y les nubla la vista con lágrimas, no las guarden para mí. Conviértanlas en conciencia.

Que mi lucha sirva para recordar que la vida más frágil es la que a veces clama con más fuerza por ser vivida. Que la ciencia es vital, pero el amor es el verdadero respirador artificial del alma. Y que cada niño que llega antes de tiempo no es una estadística, es un guerrero diminuto que merece un ejército de esperanza a su lado.

No lloren por mi comienzo. Luchen para que el de otros sea más fácil.

GalenoSapiens
Con la pluma prematura y la tinta tierna.

El Juicio de los Fantasmas, por GalenoSapiens. La sala no era una sala. Era un teatro de absurdos, un escenario donde la...
16/11/2025

El Juicio de los Fantasmas, por GalenoSapiens.

La sala no era una sala. Era un teatro de absurdos, un escenario donde la moralidad, desnuda y contrahecha, se paseaba para ser flagelada por su propia hipocresía. El aire olía a desinfectante y a culpa barata, de esa que hasta en el mercado sobra.

Entró ella. Helen. Noventa y un inviernos comprimidos en un metro y medio de puro temblor. No caminaba; se arrastraba, un espectro vestido con la última moda de la indigencia institucional: una bata de hospital que no ocultaba la vergüenza, unas esposas que brillaban como un sarcasmo alrededor de unas muñecas que sólo habían acariciado y trabajado. No era una rea. Era una acusación viviente.

El juez Marcus, un hombre cuyo rostro empezaba a memorizar las grietas de la desilusión, leyó los cargos: “Robo con agravantes”. Las palabras, pesadas y huecas, resonaron en el vacío. Luego, sus ojos se posaron en la figura temblorosa. Y lo vio. Vio el engranaje roto, la pieza del sistema que, por error, había caído en la maquinaria y mostraba, con su mera presencia, el óxido de toda la estructura.

La historia era un eco sordo de un disparo que nadie quiso oír. Sesenta y cinco años construyendo un mundo en miniatura, un universo de rutinas y pastillas. Doce cápsulas diarias de dignidad para George, su hombre, su razón de ser, su compañero del viaje terrenal. Doce promesas químicas que le compraban otro amanecer a su lado, con intereses pero funcionaban. Su pensión era un hilo del que colgaban, pero el hilo era suficiente, ya era un hilo viejo, podrido por el sol de los años, y la lluvia inevitable de los inviernos perpetuos… hasta que la burocracia, ese pulpo insaciable de papel y tinta, decidió cortarlo. Un pago perdido. Un seguro cancelado. Un hombre condenado a muerte por un tecnicismo burocráticamente absurdo.

El episodio en la farmacia no fue un robo. Fue un naufragio. Los 50 dólares de siempre se habían transmutado en 940. Una cifra surrealista, un rescate por una vida. Helen volvió a casa con las manos vacías y el pecho lleno de un hormigón frío. Los siguientes tres días no fueron días; fueron una larga, lenta y húmeda caída. Escuchó el sonido de George ahogándose en la atmósfera, cada inhalación un estertor, cada exhalación un adiós más cercano. El sonido del miedo. El sonido de la injusticia.

Su regreso a la farmacia no fue un acto delictivo, sino un ritual de desesperación. Cuando sus manos, esas manos que sólo sabían dar, se cerraron alrededor de las cajas de medicinas, no estaba robando. Estaba recogendo los pedazos del contrato social roto. Las alarmas no sonaron para detener a una ladrona; sonaron como la sirena que anuncia el colapso final de un sistema sin sentido.

En la comisaría, su cuerpo, viejo y cansado, se rebeló. La presión arterial se disparó, no por el miedo a la cárcel, sino por la rabia acumulada de siglos de silencio. La llevaron al hospital, la misma institución que falló en prevenir esto, y de allí, directamente al patíbulo simbólico del tribunal, aún con la bata puesta, aún con las cadenas.

—Nunca pensé vivir algo así, su señoría —susurró. Y en esa frase estaba contenida la tragedia de millones: la incredulidad ante el derrumbe de todas las promesas.

El juez Marcus no era un héroe. Era un hombre que, por un instante, decidió dejar de ser un administrador de leyes para convertirse en un intérprete de la humanidad. Su mandíbula se tensó no contra Helen, sino contra el monstruo que la había empujado hasta allí.

—Alguacil, quítele esas cadenas. Ahora. Ordenó con un corazón que entendió la vida por encima de números y leyes.

Se giró hacia el fiscal, y su mirada era un veredicto en sí misma.

—¿Cargos por robo con agravantes? ¿Por esto?

Y entonces Helen, la fantasma, la he***na trágica de esta farsa, rompió a llorar. —Él no podía respirar... No sabía qué más hacer.

Esa frase, “no podía respirar”, debería estar grabada a fuego en la conciencia de una nación que asfixia a sus ancianos con la almohada de la indiferencia. La voz del juez, entonces, no fue una sentencia, fue un diagnóstico.

—Esta mujer no es una criminal. Es una víctima de nuestro propio fracaso, condenados deberíamos estar todos los testigos mudos de este crimen social.

Desestimó los cargos. Pero su acto de justicia no fue absolución; fue una confesión pública de culpa. Declaró un receso de emergencia y, en un acto que evidenciaba la podredumbre del sistema, tuvo que hacer de trabajador social, de médico, de salvador. Tuvo que llamar personalmente para que un hombre recibiera la medicina que le correspondía por derecho. Tuvo que ordenar que una mujer no pagara por el privilegio de haber sido llevada al borde del abismo por el estado.

Cuando los periodistas, buitres de la noticia rápida, le preguntaron el porqué, el Juez Marcus pronunció la verdad desnuda y agria:

—A veces, hacer justicia significa reconocer cuándo el sistema ha dejado de funcionar. Esa mujer no es una ladrona. Es una he***na.

Helen no es una he***na. Es un síntoma. Un síntoma de la enfermedad terminal de un pacto: el que dice que la salud es un derecho, no un lujo. Su "crimen" no fue tomar unas pastillas, fue obligarnos a mirar al espejo y ver la sangre en nuestras manos. Ver que hemos construido un mundo donde un hombre puede morir por un pago perdido, y donde una mujer de 91 años debe ser encadenada por intentar salvarlo.

Que esta historia no nos haga llorar sólo por Helen y George. Que nos haga llorar de rabia. Y que esa rabia, ácida y reflexiva, sea el primer paso para desmantelar el tribunal silencioso que cada día condena a los más frágiles a elegir entre la muerte o la deshonra. El verdadero juicio no ha terminado. Acaba de comenzar. Y nosotros, todos nosotros, estamos en el banquillo.

GalenoSapiens
Con la pluma llena de tinta protestante.

Basado en una historia leída por ahí.
Aún no sé su veracidad.

En el día mundial de la diabetes; desde el sentir de un diabético.Por GalenoSapiens Hoy, 14 de noviembre, cuando el mund...
14/11/2025

En el día mundial de la diabetes; desde el sentir de un diabético.
Por GalenoSapiens

Hoy, 14 de noviembre, cuando el mundo se viste de azul, no celebro. Conmemoro. Y lo hago desde las ruinas de un cuerpo que fue territorio fértil de descuidos y ahora es paisaje yermo de consecuencias.

Me siento a escribirles desde el silencio dulce pero con sabor amargo.

Mis pies ya no sienten el calor de las sábanas, las caricias de mi amado, ni la aspereza del suelo y comienzan a olvidar mi propio peso. Duermen un sueño profundo, ajeno a mí, sepultados bajo una nieve interna que no derrite el sol. Son dos extraños fieles que me cargan, pero a los que yo no puedo sentir. La polineuropatía no es un adormecimiento, es un exilio. Es la pérdida del diálogo íntimo con la tierra, con el primer escalón, con la caricia de un ser querido. Camino sobre un abismo de algodón, siempre con el miedo de que el próximo paso encuentre el vacío, la herida que no sentí, la úlcera que no supe que estaba ahí, el principio del fin que empieza por un dedo que ya no me pertenece.

Y si mis pies se han ido, mis ojos se están yendo. El mundo se desdibuja tras un velo acuoso y perverso. La retinopatía diabética es un pintor demente que mancha mi realidad. Los rostros de los que amo se han vuelto sombras borrosas, contornos que adivino más que veo. Ya no distingo la chispa en la mirada de mi hijo, las arrugas que el tiempo ha dibujado en el rostro de mi compañero. Los guardo en la memoria, sí, pero el presente es un cuadro que se deshace. Pronto, el azul del lazo conmemorativo será solo un concepto, un recuerdo de un color que una vez conocí.

He renunciado a los sabores con la misma resignación con la que he perdido sensaciones. En los cumpleaños, cuando el pastel cruza la mesa rodeado de velitas y risas, yo sonrío y niego con la cabeza. Miro ese monumento de harina, azúcar y crema, y no veo un postre. Veo un veneno dulce y seductor. Y les confieso que lo extraño, extraño ese sabor dulce y delicioso en mi paladar. Veo la traición silenciosa que me llevó hasta aquí. El placer de un minuto que se paga con una hora de agonía glucémica, o con la aceleración de esta sentencia que vivo. He aprendido que la felicidad no está en un bocado, pero, Dios, cómo duele la ausencia de ese bocado en la boca de todos los que amas.

Esta es la crudeza de la diabetes. No es solo un número alto en un glucómetro. Es la lenta y metódica dismantelación de una vida. Es la pérdida de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo que da textura a la existencia, el la muerte progresiva de partes de ti, hasta que se lleva todo.

Pero en este desierto, han brotado oasis de humanidad.

A ustedes, médicos atentos, que no solo ven una enfermedad, sino a la persona que la padece. Que explican con paciencia lo que ya han explicado mil veces, que leen el miedo en mis ojos nublados y me devuelven, no una cura, sino un faro de dignidad en el manejo de lo incurable. Su ciencia es mi armadura, pero su humanidad es mi consuelo.

Y a ustedes, familiares presentes, que están ahí cuando la frustración me convierte en un ser amargo. Que adaptan sus recetas, que caminan a mi lado sin prisas, que me recuerdan que, aunque este cuerpo falle, yo sigo aquí, dentro. Su amor es la insulina para mi alma, el único azúcar que no me envenena y que, por el contrario, me sostiene.

Escribo esto no para buscar lástima, sino para encender una alarma en la conciencia de quien lo lea.

Miren mi presente y hagan de él su espejo más honesto.

¿Esa galleta de más? ¿Ese refresco que "no hace nada"? ¿Esa caminata que pospusiste? ¿Ese chequeo que evadiste? No son actos inocuos. Son los ladrillos, uno a uno, con los que se construye esta prisión. La diabetes no llega con estruendo. Llega susurrando, con la complicidad de nuestras negligencias, hasta que un día grita desde las ruinas de nuestros pies, desde la ceguera de nuestros ojos, desde el silencio de un páncreas agotado, desde la falla renal evitable.

Hoy, en el Día Mundial de la Diabetes, no me des un "like". Hazte un examen. Sal a caminar. Elige el agua. Abraza a tus seres queridos y míralos bien, con la intensidad de quien sabe que la vista es un milagro fugaz.

Mi realidad es el recordatorio de lo que se puede evitar. No esperes a perderlo todo para entender el valor de lo que tienes. La diabetes es una guerra que se gana o se pierde en la paz de tus días cotidianos, mucho antes del primer síntoma.

No dejes que tu cuerpo se convierta en el próximo campo de batalla.

GalenoSapiens
Internista

Con la pluma de miel.

Pantasma, Jinotega, la historia del verdadero amor infinito. Por GalenoSapiens  La tierra en Pantasma es roja. Roja como...
14/11/2025

Pantasma, Jinotega, la historia del verdadero amor infinito. Por GalenoSapiens

La tierra en Pantasma es roja. Roja como la herida que no cierra, como el óxido del alma después de la gran segadora. Y esa noche, la lluvia no caía, se clavaba. Agujas de agua fría que horadaban el lodo y la razón.

Él no era un hombre, era una ruina que caminaba, un cuerpo sin alma, por que su alma estaba en sus hombros. Un atlas de arrugas cargando el mapa de su propio in****no. En sus brazos, el fardo. Un bulto informe, enfundado en un traje barato que ahora era segunda piel de barro. Su hijo.

Lo había desenterrado con las manos, esas mismas que una vez le arrojaron a los cielos para reír, que lo mecieron en el miedo a la oscuridad, que lo protegieron mil veces, que lo cargaron desde niño, manos que se culpan perpetuamente por no poder salvarlo una vez más. Uña y carne contra la madera barata, contra la tierra recién removida. No había profanación en su acto, sólo una lógica torcida por el huracán del dolor. Un duelo que se negaba a ser un susurro y se volvía un grito hecho acción. Un tipo de duelo que no se puede entender, por qué no necesita ser entendido, un padre siendo padre.

La losa del cielo se partió en mil pedazos de agua cuando empezó a caminar. El camino era una serpiente de fango. Cada paso era un renacer al dolor, un recordatorio de que su espalda, que antes cargó sueños y bicicletas rotas, ahora sostenía el peso absoluto de la nada que irónicamente era su todo.

Y hablaba con la carga. Murmurando en la cortina gris de la lluvia.

“Tienes frío, mi hijo. Lo sé. La tierra está húmeda. Esa caja es estrecha. ¿Cómo vas a dormir con este frío?” Se preguntaba sin respuesta.

Su voz no era más que un eco roto, el sonido de un reloj de arena vacío. La lluvia chorreaba por su rostro, lavando el lodo y las lágrimas en un mismo río salado. Abrazaba con un brazo el cuerpo, apretándolo contra su pecho, como si su propio calor, el calor de un padre, pudiera revertir el proceso químico de la descomposición, devolver la flexibilidad a esos miembros yertos.

“Tu madre te puso esa chaqueta, la azul. Pero es fina. No sirve para este frío. En casa está la manta, la de lana gruesa. Te vas a arropar. Vas a ver.”

La filosofía se pudre en los extremos. El amor infinito es un agujero negro que devora toda luz, toda ley, toda cordura. ¿Qué es la muerte frente a un amor así? ¿Una inconveniencia? ¿Un error administrativo que un padre tiene el derecho de corregir con sus propias manos ensangrentadas? No es negación. Es una rebelión tan monumentalmente inútil que congela la sangre. Es el “no” más primitivo, animal, gutural, expresado no con un grito, sino con el acto de caminar bajo la tormenta con el cadáver de tu razón de vivir.

Los perros aullaban a lo lejos. Olían la verdad. Olían la muerte y la locura bailando una danza macabra a hombros de un hombre.

Llegó a la puerta de su casa de adobe, una cáscara vacía desde que el silencio se instaló en la mesa. Empujó la puerta. Adentro, la penumbra era más seca, pero más pesada que la lluvia. Con una ternura que destrozaría a cualquier dios, depositó el fango con forma de hijo en el catre, sobre las sábanas limpias.

Se arrodilló. Le secó el rostro con un paño, limpiando la costra de tierra, revelando la palidez de cera, los párpados cerrados para siempre.

“¿Ves? Aquí no tienes frío.”

Le envolvió en la manta gruesa, arropándolo con una meticulosidad desgarradora. Ajustó la tela bajo el mentón rígido. Se quedó mirándolo. Esperando un suspiro, un temblor, un efímero movimiento o cualquier signo de que su amor había vencido a la física, a la biología, a la misma muerte.

Pero sólo hubo el tamborilear constante de la lluvia en el techo de zinc. Un sonido que ya no era agua, sino el repiqueteo de millones de clavos sellando una tumba que ahora estaba en su propia sala, en el centro de su corazón.

Y allí, en el suelo de tierra batida, el hombre comprendió la verdad más amarga, la filosofía última que nace en el fondo del abismo: el amor no salva. A veces, el amor sólo te condena a cargar con el frío de los que se fueron, mucho después de que el suelo se los haya tragado. Te convierte en el sepulturero y la tumba ambulante de tu propia razón de vivir.

El hijo tenía frío. Y ahora, el padre también lo tenía. Un frío para el que no hay manta en este mundo. Un frío eterno, prestado de la piel inmóvil de su niño.

No hay fuerza humana que le haga aceptarlo, el amor es así de inmenso.

GalenoSapiens

Nota:
Basado en un suceso real ocurrido hace 3 días.

Charla del día de los mu***os; por GalenoSapiens Entre Valeria y su abuelita. (El ambiente es tenue. El aroma del cempas...
02/11/2025

Charla del día de los mu***os; por GalenoSapiens

Entre Valeria y su abuelita.

(El ambiente es tenue. El aroma del cempasúchil y el copal llena la habitación. Una mujer joven, Valeria, está sola, frente a una fotografía de su abuela. Una taza de café olvidada se enfría sobre la mesa.)

Valeria: (En un susurro, casi sin aire) Hola, abuela.

Abuela (Voz): (La voz no viene de ningún lado y de todas partes. Es suave, pero tiene el peso de la tierra). Hola, mija. Qué fría está tu taza. Siempre te decía: tómalo calientito, que el frío se te mete en el alma.

Valeria: Ya no sabe igual. Nada sabe igual. Hice el pan de mu**to, el que me enseñaste, con su anís y su naranja… pero solo sabe a… a tristeza disfrazada de tradición.

Abuela: Lo sé, hijita. Lo sé. Desde aquí, puedo oler el esfuerzo en tus manos, el cariño que le pusiste. Pero también puedo oler la sal de tus lágrimas en la masa. Es el ingrediente secreto que nunca te enseñé. El de la pena.

Valeria: (Las lágrimas comienzan a caer, silenciosas) Tengo tanto miedo, abuela. Miedo a olvidar. Ya no recuerdo bien el sonido de tu risa. Recuerdo que reías, pero el sonido… el sonido se me escapa. Es como intentar agarrar el humo.

Abuela: La risa no es lo importante, Valeria. Lo importante es el hueco que deja. Ese hueco es la prueba de que existió. Como el hueco que dejó mi cuerpo en tu sofá, ¿te acuerdas? Donde me sentaba a ver tus telenovelas contigo y te decía que ese hombre no era bueno para ti.

Valeria: (Una risa entrecortada, mezclada con llanto) Y tenías razón. Siempre tenías razón. ¿Por qué no te hice más caso? Tengo… una lista en la cabeza. Una lista de todas las veces que te dije “ahorita no, abuela” o “estoy ocupada”. Es una lista que crece cada día y me azota con ella. Ese “ahorita” se convirtió en “nunca”.

Abuela: Esa lista, mija, la tengo yo también. Pero la mía está llena de los “te amo” que sí te dije, de las veces que te miré dormir cuando eras una niña, pensando en el maravilloso dolor que es querer a alguien más que a tu propia vida. Yo no cargo con tus “ahorita no”. Yo cargo con el orgullo de cada uno de tus pasos. Tú cargas con el remordimiento. Yo con la bendición.

Valeria: ¡Pero no te lo dije! ¡Ese es el problema! Nunca te dije lo… lo agradecida que estaba. Que eres la única persona que me hizo sentir siempre, siempre, en casa. Ahora estoy sola. Y tengo frío, abuela. Tengo un frío que no se quita con chamarras ni con café.

Abuela: (La voz se suaviza aún más, como una caricia de brisa) La casa no eran estas paredes, Valeria. La casa era mi brazo alrededor de tus hombros. Era mi voz cantándote esas canciones tontas que te avergonzaban. Y eso… eso no se fue. Porque tú lo recuerdas. Soy ese brazo fantasma que sientes a veces en los hombros cuando la noche es muy oscura. Soy esa canción que tarareas sin darte cuenta.

Valeria: (Se abraza a sí misma, encorvada) Te necesito aquí. De carne y hueso. Para abrazarte fuerte y no soltarte nunca. Para decirte… para decirte que lo siento. Por todas las veces que no estuve.

Abuela: El abrazo que no me diste, yo te lo estoy dando ahora. ¿No sientes el peso en tu espalda? Es pesado, ¿verdad? Es pesado porque está lleno de todo mi amor. No de tu culpa. Tu culpa es un ladrillo que tú misma te echas a la mochila. Sácatelo, hija. Sácatelo.

Valeria: No sé cómo. Duele demasiado.

Abuela: El amor duele cuando se queda sin sitio donde vivir. Tu corazón era mi casa. Y ahora estoy desahuciada. Pero es una casa que nunca me cerrarás del todo. Lo sé. Porque en el altar, pusiste mi foto favorita, la de mi sonrisa chueca. Y pusiste mis aretes de fantasía. Me ves. Me sientes.

Valeria: (Alza la vista hacia la foto, desesperada) ¿Estás en paz? Por favor, dime que estás en paz. Que no sufres. Que no me extrañas como yo a ti.

Abuela: La paz no es la ausencia de dolor, Valeria. Es la comprensión. Yo desde aquí comprendo todo. Comprendo tu prisa, tus "ahorita no", tu amor callado. Y te perdono. Te perdono con una facilidad que a ti te costará décadas alcanzar. No me extrañas. Yo soy parte de ti. Soy el n**o en tu garganta cuando ves algo hermoso. Soy la fuerza en tus piernas cuando quieres huir y no lo haces. Soy el suspiro que se te escapa cuando piensas en mí.

Valeria: (Se levanta y se acerca a la foto, tocando el vidrio frío) Entonces… ¿esto no es un adiós?

Abuela: (La voz comienza a distanciarse, como alejándose en un túnel) Los adioses son para los vivos, mija. Para los que se quedan. Para nosotros, los que nos fuimos, esto es solo… un cambio de dirección en la conversación. Ahora te toca hablarme a ti. Y yo te escucharé en el viento, en el canto de los pájaros que tú ni siquiera oyes… y en ese silencio terrible y hermoso que hay en tu pecho. Ese silencio… soy yo. Acostúmbrate a él. Es mi nuevo modo de amarte.

(Un susurro final, casi imperceptible) Toma tu café, Valeria. Que se te va a enfriar.

(La habitación queda en silencio. Valeria, temblorosa, lleva la taza fría a sus labios y bebe. No es café lo que sabe. Es la sal de sus lágrimas y el sabor amargo y eterno de un amor que ya no tiene cuerpo, pero que lo impregna todo.)

GalenoSapiens
En el día que amamos a los que ya no están.

En el día de los mu***os…Por GalenoSapiens Querido espectro de lo que fuiste,No escribo para honrarte. El honor es un lu...
02/11/2025

En el día de los mu***os…
Por GalenoSapiens

Querido espectro de lo que fuiste,

No escribo para honrarte. El honor es un lujo de los que aún tienen tiempo. Escribo, en cambio, desde el agujero negro que dejó tu partida, desde el silencio ensordecedor que sigue al portazo final. Escribo con las uñas, sobre la tierra fresca de tu nombre.

Hoy, el altar está lleno de cosas. Tu comida favorita, tu fotografía sonriendo como si el mañana fuera una promesa y no una trampa. Pero hay un espacio vacío, un hueco más palpable que toda esta ofrenda. Es el espacio donde debería estar el abrazo que te negué porque estaba cansado, porque tenía prisa, porque creí que habría un mañana para abrazarte más fuerte, más largo, para compensar todas las veces que te aparté con un “luego”.

Ese “luego” se convirtió en nunca. Y ahora cargo con el peso de ese brazo que no se extendió, de ese cuerpo que no se inclinó hacia el tuyo. Es un miembro fantasma, un brazo de dolor que crece desde mi hombro y cuelga inútil en el aire, recordándome a cada instante mi mezquina economía de afectos.

Y luego están las palabras. Esas tres palabras que se pudrieron en mi garganta, pensando que el amor era un hecho tan obvio que no necesitaba ser declarado. ¡Qué arrogancia! ¡Qué estúpida y monumental arrogancia creer que tú podías adivinar el torrente que era silencio! Ahora, “te amo” es un susurro que se lo lleva el viento de noviembre, un eco que regresa a golpearme el pecho, inútil, tardío, agónico. Es la moneda de cambio más cara que jamás he guardado: la reservé para un momento perfecto que nunca llegó, y ahora es una riqueza sin valor, un tesoro ma***to que me quema las entrañas.

Pero más allá del amor no dicho, está el perdón no entregado. Esa pequeña rencilla absurda, ese orgullo ridículo que erigimos como un muro entre los dos. ¿De qué trataba, dime, de qué? ¿De quién tenía la razón en una discusión de la que ni siquiera recuerdo el origen? Me aferré a mi “dignidad” mientras cavaba, con mis propias manos, el abismo que hoy me separa de ti. Y el “perdón” que guardé como un arma, para usarlo en el momento que me diera la victoria, se ha convertido en un veneno que bebo a diario. La victoria es tuya. Estás en un lugar donde mis disculpas ya no te alcanzan. Ganaste. Y tu trofeo es mi remordimiento eterno.

Hay un momento que me persigue, un instante concreto que no se dio. Era un atardecer cualquiera. Podría haber sido. Podría haber sido el momento en que te contaba ese sueño tonto, en que te alcanzaba un vaso de agua sin que lo pidieras, en que simplemente me sentaba a tu lado a respirar el mismo aire, a compartir el silencio que entonces era compañía y no este vacío brutal. Pero no lo hice. Elegí el teléfono, la pantalla, la trivialidad de lo urgente sobre la eternidad de lo importante. Malgasté el milagro de tu presencia en la banalidad de la distracción.

Ahora el Día de Mu***os no es una festividad. Es una rendición de cuentas. El olor del cempasúchil no me transporta a la tradición, me arrastra a la fosa. El sabor del pan de mu**to tiene la textura de la tierra. El copal no es incienso, es el humo de todo lo que se consumió antes de tiempo.

Y sé que me dirán que descanses en paz. Pero yo no puedo desearle paz a tu memoria. Tu memoria es un cuchillo. Es la evidencia irrefutable de mi imperfección, de mis fallos catastróficos, de todas las veces que fui humano y, por tanto, profundamente insuficiente.

Así que hoy, en este día en que se supone que debes visitarme, no espero tu espíritu. Espero, masoquistamente, el dolor. El dolor de tu risa que no escucho, el dolor de tu mano que no toco, el dolor del mañana que construimos a medias y que se derrumbó con tu ausencia.

Este no es un homenaje. Es una confesión tallada con cicatrices. Es el grito que no solté cuando te fuiste, convertido en letras. Lo leas o no en tu dimensión de silencio, yo necesito dejarlo aquí: te amo con la furia de lo tardío, te perdono con la humildad del derrotado, y lamento, hasta el último aliento de mi vida, cada segundo que no fue tuyo.

Y si alguien más lee esto y siente el frío en su propio pecho, que sepa esto: el reloj no se detiene. El mañana es una mentira piadosa. El abrazo que no das hoy será el fantasma que te abrace mañana. La palabra que callas, se convertirá en el sonido que atormentará tu silencio.

Aprieten hoy. Digan hoy. Perdonen hoy.
No cometan nuestro error.
Nosotros, los que nos quedamos en esta orilla del vacío, les rogamos que no aprendan esta lección a nuestro costo. Porque el precio es una eternidad de “y si…” y un altar lleno de ofrendas, pero vacío de la única cosa que importaba: tú, aquí, imperfecto y vivo.

GalenoSapiens.
Con la tinta del luto.

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