13/04/2026
Cuántas historias similares, en diferentes ámbitos y contextos, tienen el mismo trazo…hombres “inteligentes, formados, profesionales” que brillan con luz propia, mientras detrás, al lado o dentro de su equipo de trabajo, cuentan con mujeres tan valiosas que no solo contribuyen a sus resultados, sino que son las que verdaderamente llevan los procesos y organizan a los “genios protagonistas”. Y esto se debe a que, aun vivimos en una sociedad machista, que minimiza el valor de que todos somos iguales y nos debemos medir por habilidades, capacidades, aptitudes y actitudes, y no solo por el género o la profesión. Todos los roles son significativos y hay que darles reconocimiento.
Impresionante El FBI poseía cajas enteras de confesiones de asesinos en serie que no servían para nada… hasta que un día, una enfermera de 42 años entró en la sala y formuló la pregunta que lo cambió todo:
«Háblenme de las mujeres que mataron.»
Quantico, Virginia.
Los agentes del FBI Robert Ressler y John Douglas habían pasado meses recorriendo los Estados Unidos, sentándose en celdas de prisión, grabando entrevistas con algunos de los criminales más violentos del país.
Tenían horas de grabaciones. Confesiones detalladas. Un acceso directo a la mente de los asesinos en serie.
Y absolutamente ninguna idea de cómo hacer que todo eso fuera útil.
Ann Burgess escuchó la primera grabación y pronunció el veredicto que transformaría para siempre las investigaciones criminales:
«Esto no es investigación. Son solo historias.»
Los agentes la miraron.
Ella continuó:
«Les piden que hablen sobre ellos mismos. Pero no están recopilando datos. No están usando ninguna metodología. No pueden comparar una entrevista con otra porque cada conversación es diferente.»
Silencio.
«Están sentados sobre algo extraordinario, dijo Burgess. Pero la forma en que lo están manejando lo hace científicamente inútil.»
Ella tenía razón.
Ann Burgess nunca tuvo la intención de transformar la justicia penal.
Era profesora de enfermería psiquiátrica en el Boston College. Investigadora especializada en traumas. Madre de tres hijos.
El FBI la descubrió gracias a un artículo revolucionario que publicó en 1974 sobre el trauma del violador, demostrando que las agresiones sexuales causaban daños psicológicos duraderos en una época en la que los tribunales apenas los reconocían.
Un agente leyó ese artículo y pensó: Necesitamos a esta mujer.
La invitaron a Quantico para dar una sola conferencia sobre la victimología de la violación.
Terminó por remodelar la forma en que el FBI investigaba los crímenes violentos.
Una vez que el problema fue puesto de manifiesto, se hizo evidente.
La unidad de ciencias del comportamiento era brillante pero desorganizada. Creían que podían perfilar a los criminales desconocidos estudiando los patrones delictivos, una idea radical en los años 70, cuando muchas fuerzas de seguridad lo consideraban pseudociencia.
Pero sus entrevistas con asesinos en serie no eran más que un caos narrativo.
Los asesinos jugaban un papel. Contaban historias impactantes para controlar la sala. Les daban a los agentes exactamente lo que querían escuchar: confesiones cuidadosamente construidas en torno a su propia supuesta inteligencia.
Y los agentes, fascinados por el acceso a esas mentes infames, no habían notado lo más importante en cada crimen.
La víctima.
Entonces Burgess hizo la pregunta que lo cambió todo:
«Háblenme de las mujeres que mataron.»
Los agentes parecían perplejos.
«¿Quiénes eran? ¿Cuántos años tenían? ¿Dónde las encontraron los agresores? ¿Qué hacían cuando se acercaron? ¿Qué les dijo el asesino para convencerlas? ¿Cómo tomó el control?»
«Hicimos esas preguntas...»
«No», interrumpió Burgess. «Les pidieron a los asesinos que describieran a sus víctimas. Eso les da información sobre sus fantasías. Yo les pido que me digan quiénes eran realmente esas mujeres, como seres humanos.»
Hizo una pausa.
«Porque si estudian a las víctimas —de verdad— verán el patrón: el proceso de selección, los métodos de acercamiento, las técnicas de dominación. Eso les enseñará más sobre el criminal que todo lo que pueda decir en esta sala.»
Esta idea lo cambió todo.
Durante seis años, Burgess había estado entrevistando a sobrevivientes de violación. Había documentado cómo funcionaba el trauma: sus fases, los mecanismos de adaptación, las reacciones de miedo que llevan a las víctimas a obedecer para sobrevivir.
Había demostrado que la violencia sexual no era una cuestión de deseo, sino de poder y control.
Ahora aplicaba ese marco de análisis al as*****to.
Redibujó completamente el proceso de entrevista.
Creó cuestionarios estructurados para que cada entrevista proporcionara datos comparables. Introdujo la victimología como base para el perfilado: entender a las víctimas permite entender cómo los criminales eligen a sus objetivos. Distinguió el «modus operandi» (MO), que evoluciona con la experiencia, de la «firma», una necesidad psicológica constante. Mapeó los patrones de escalada para identificar más rápidamente a los agresores. Explicó que la sumisión de las víctimas era una estrategia de supervivencia, no una debilidad ni un consentimiento.
Finalmente, una metodología científica.
En 1983, se puso a prueba este enfoque.
Chicos desaparecían en Nebraska. Adolescentes. Asesinados.
Burgess participó en la elaboración del perfil.
Las víctimas: chicos en la pubertad.
Los lugares: espacios públicos que ofrecían momentos de aislamiento.
Las heridas: violencia cercana que mezclaba rabia y elementos sexuales.
El perfil predijo a un joven blanco, de constitución débil, con una posición de confianza frente a los niños — maestro, entrenador o jefe scout. Conservaba recuerdos. Revistas policíacas. Tenía un historial de pequeñas infracciones desatendidas.
La policía arrestó a John Joseph Joubert IV.
Veinte años. Asistente jefe scout.
En su posesión: una revista policial con una página marcada mostrando el secuestro de un niño.
Fue condenado por varios as*****tos.
La unidad de ciencias del comportamiento del FBI pasó casi de un día para otro de ser una experiencia marginal a convertirse en un recurso legítimo de investigación.
El caso salió en los titulares de los periódicos nacionales. En el Congressional Record. En las primeras páginas.
Y en casi todos los artículos, el mérito fue atribuido a los agentes Ressler y Douglas.
El nombre de Ann Burgess apareció una vez, a veces dos, enterrado al fondo del relato.
Eso se convirtió en la norma.
Burgess coescribió investigaciones clave, como Sexual Homicide: Patterns and Motives en 1988, el Crime Classification Manual en 1992 — trabajos que todavía utilizan las fuerzas de seguridad de todo el mundo.
Pero en el imaginario colectivo, la historia seguía siendo la de unos brillantes agentes del FBI descifrando la mente criminal.
¿La enfermera que les enseñó la victimología? ¿La que diseñó la metodología? ¿La que sentó las bases científicas?
Una simple nota al pie.
En 1995, John Douglas publicó Mindhunter. El libro se convirtió en un best-seller y un fenómeno cultural.
En 2017, Netflix lo convirtió en una serie aclamada por la crítica.
Crearon un personaje inspirado en Burgess: la doctora Wendy Carr.
Pero casi todo fue modificado.
Se convirtió en psicóloga en lugar de enfermera, creyendo que el público se identificaría más. Se la presentó como lesbiana, sin hijos, dejando su carrera para mudarse a Quantico.
Nada de eso era cierto.
Burgess estaba casada. Madre de tres hijos. Trabajaba desde Boston mientras continuaba su carrera académica y criaba a su familia.
Cuando su hijo vio la serie, quedó perplejo. Esa no era la vida de su madre.
La mayoría de los espectadores ignoraban que Wendy Carr estaba inspirada en una persona real.
Y aquellos que lo sabían pensaban que la representación era fiel.
Durante años, la gente se acercó a Burgess durante conferencias para preguntarle si vivir oculta en el FBI en los años 70 había sido difícil.
Ella sonreía y corregía:
«No soy lesbiana. No me mudé a Quantico. No soy psicóloga. Soy enfermera psiquiátrica. Y tengo tres hijos.»
La gente seguía desconcertada.
Como si su verdadera historia —madre de tres hijos, enfermera psiquiátrica, revolucionando el perfilado criminal mientras hacía el trayecto de Boston— no fuera lo suficientemente espectacular.
Esto es lo que Ann Burgess realmente logró:
Demostró que la violación provoca un trauma psicológico duradero mientras que el sistema judicial lo negaba. Creó el término «síndrome del trauma del violador», reconocido en más de 300 decisiones judiciales. Enseñó al FBI que entender a las víctimas es la clave para encontrar a los depredadores. Desarrolló la metodología del perfilado criminal que aún se usa hoy. Testificó como experta en cientos de casos. Publicó más de 150 artículos y varios libros. Formó parte del Institute of Medicine de la National Academy of Sciences.
Y durante la mayor parte de su carrera, cuando se pensaba en perfilado criminal, se imaginaba a hombres con traje en Quantico.
No la enfermera psiquiátrica que les enseñó cómo hacerlo realmente.
Solo en 2021, a los 85 años, Burgess publicó su propio relato: A Killer by Design.
Finalmente, la historia completa. No una nota al pie. No una ficción. No una versión borrada o reescrita.
Su propia voz. Su propia historia.
En 2024, Hulu emitió Mastermind: To Think Like a Killer, una serie documental que finalmente coloca a Burgess en el centro de la historia, allí donde siempre estuvo.
El público quedó asombrado.
Habían visto Mindhunter. Leído los libros. Pensado que conocían el origen del perfilado criminal en el FBI.
Ignoraban que una mujer había estado allí desde el principio.
No simplemente presente. Esencial.
No solo contribuyente. Pionera.
No solo ayudante. Líder.
Ann Burgess tiene hoy 88 años.
Sigue enseñando en el Boston College. Continúa publicando. Sigue dando asesoramiento.
Y finalmente —finalmente— recibe el reconocimiento por lo que ha construido.
No como la inspiración de un personaje ficticio.
No como una nota al pie en las memorias de otra persona.
Sino como ella misma.
Como la mujer que entró en una sala llena de agentes del FBI sentados sobre cajas de entrevistas inutilizables y dijo:
«Van por el camino equivocado.»
Luego les mostró cómo hacerlo correctamente.
La mujer que hizo la pregunta:
«Háblenme de las mujeres que mataron.»
Y lo cambió todo.
Este texto se inspira en hechos reales relacionados con Ann Burgess, con algunas escenas reconstruidas con fines narrativos.
Fuente: El País