05/01/2026
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Dejó la civilización para vivir en el bosque con un lince, un jabalí y un cuervo ladrón. Algunos la llamaron loca. Ella les demostró lo contrario.
En 1971, una joven científ**a polaca llamada Simona Kossak tomó una decisión que dejó a todos desconcertados.
Tenía formación. Tenía credenciales. Venía de una de las familias artísticas más prestigiosas de Polonia: su abuelo era Wojciech Kossak, el pintor legendario cuyas obras cuelgan en museos.
Podría haber tenido un puesto cómodo en la universidad. Un apartamento moderno en Varsovia. Una carrera convencional estudiando la naturaleza desde una distancia segura.
En cambio, Simona hizo la maleta y se internó en el bosque de Białowieża.
Y se quedó allí más de treinta años.
Białowieża no es un bosque cualquiera. Es uno de los últimos fragmentos de bosque primario de Europa: antiguo, casi intacto, anterior a la memoria escrita. Allí los árboles crecen tan altos que parece que sostienen el cielo. Los lobos aún aúllan por la noche. Y el bisonte europeo sigue siendo parte del paisaje.
Es el tipo de lugar donde todavía se puede escuchar cómo sonaba el mundo antes de que los humanos empezaran a construir ciudades.
Simona encontró una vieja casa forestal en un claro, en el corazón del bosque. Sin electricidad. Sin agua corriente. Sin vecinos a kilómetros.
Solo árboles. Silencio. Y lo salvaje.
La mayoría habría aguantado una semana.
Simona aguantó décadas.
Pero no estaba sola.
Compartió su vida con un lince. No era una mascota: un lince no se convierte en “mascota”. Pero aquel animal había quedado huérfano y Simona lo sacó adelante. Por las noches, el gran felino se acurrucaba cerca, con ese ronroneo grave que suena como un trueno lejano.
También crió a un jabalí llamado Żabka, que la seguía por el bosque como un perro fiel, gruñendo bajito cuando ella le hablaba.
Y luego estaba Korasek.
Korasek era un cuervo, pero no cualquier cuervo. Era brillante, travieso y absolutamente devoto del caos. Se lanzaba en picado contra ciclistas que pasaban por el bosque, robaba objetos brillantes a los despistados y le llevaba a Simona “regalos”: monedas, botones, trocitos de papel metálico.
Se posaba en su hombro mientras ella trabajaba, graznando comentarios sobre todo lo que hacía.
Los vecinos susurraban que Simona era una bruja. ¿Cómo si no explicarlo? Los animales la seguían. Las aves se posaban en su mano extendida. Los ciervos se acercaban sin miedo.
Ella les hablaba y, de algún modo, parecían entender.
Pero Simona no estaba lanzando hechizos.
Estaba escuchando.
La mayoría camina por la naturaleza hablando, haciendo ruido, imponiendo su presencia. Simona hacía lo contrario. Aprendió a moverse en silencio, a observar con paciencia, a dejar que el bosque le enseñara su ritmo.
Estudió el comportamiento animal no desde los libros, sino viviendo entre ellos. Observó y describió conductas que rara vez se registraban de cerca. Y ayudó a recordar algo simple: los animales no son máquinas de instinto; tienen temperamento, vínculos y formas complejas de relacionarse.
Su trabajo influyó en la manera en que mucha gente entendía la vida salvaje.
Pero su labor más importante no estaba solo en artículos.
Estaba en el propio bosque.
Porque mientras Simona estudiaba la naturaleza, otros querían destruirla.
Había presión para talar árboles antiguos. Había planes para abrir caminos. Había burócratas diciendo que el bosque era “demasiado salvaje”, que debía “gestionarse”, controlarse, volverse productivo.
Simona se enfrentó a todo eso.
Escribió. Denunció. Dio entrevistas donde hablaba sin rodeos de lo que se perdería si el bosque caía. Se plantó delante de máquinas.
Se ganó enemigos poderosos.
No le importó.
“Este bosque ha sobrevivido miles de años”, decía. “¿Quiénes somos para decidir que termine en nuestras manos?”
Su casa se volvió un símbolo. Llegaron periodistas de distintos lugares para fotografiar a la mujer que vivía entre animales. Se hicieron reportajes y documentales. Su historia se extendió.
Y, poco a poco, algo empezó a moverse.
La atención pública creció. La presión social aumentó. El bosque, cada vez más observado y discutido, fue sumando medidas de protección y reconocimiento.
Los árboles que ella amaba, en gran parte, siguieron en pie.
Simona Kossak vivió allí hasta 2007, cuando la enfermedad por fin la obligó a alejarse. Murió el 15 de marzo de 2007, a los 63 años.
Pero su legado no murió con ella.
Hoy, el bosque de Białowieża sigue siendo uno de los últimos grandes refugios de vida salvaje en Europa, un recordatorio vivo de lo que el continente fue. Hay senderos que la gente recorre donde Simona caminó durante años. Y en los claros aún se ven bisontes pastando.
Científicos y naturalistas siguen aprendiendo allí, con una mirada más cercana, más humilde, más atenta.
Y en algún lugar entre esos árboles antiguos, quizá, un descendiente de Korasek esté robando algo brillante a un caminante distraído.
Simona Kossak demostró algo que el mundo moderno necesita recordar con urgencia:
Que no tienes por qué elegir entre ciencia e intuición. Entre civilización y naturaleza. Entre ser humano y formar parte de ella.
Demostró que, a veces, la ciencia más rigurosa empieza con algo tan simple como prestar atención. Que la comprensión más profunda nace del respeto, no del dominio.
Demostró que una sola persona, viviendo de verdad y defendiendo con fiereza lo que ama, puede cambiar el destino de un ecosistema.
La llamaron bruja porque hablaba con los animales.
Ella se llamó científ**a porque escuchaba.
Y pasó más de treinta años en una casa en el bosque, sin electricidad, rodeada de vida salvaje, protegiendo un lugar antiguo de un mundo moderno que había olvidado cómo quedarse quieto.
Simona Kossak no estaba huyendo de la civilización.
Estaba protegiendo algo mucho más valioso de lo que la civilización podía ofrecer.
Y gracias a ella, ese bosque sigue en pie.
Fuente: Culture.pl ("La vida extraordinaria de Simona Kossak", 22 de julio de 2015)