04/01/2026
En algunas relaciones de pareja, las palabras se convierten en una forma de ataque.
No siempre hay gritos, pero sí estallidos rápidos, reproches constantes y una tendencia a culpar al otro por reacciones que no sabe cómo manejar.
Cuando la conversación se vuelve incómoda, el diálogo se rompe.
Se interrumpe, se niega lo dicho, se minimiza el daño y se justifica todo como si reconocer un error fuera una amenaza.
Quien está del otro lado puede identificarlo con claridad o tolerarlo por cansancio, apego o por la esperanza de que algo cambie.
Desde la psicología, el foco no está en una discusión aislada, sino en el patrón que se repite.
Cuando las palabras hieren de manera constante y no hay responsabilidad ni cambios reales, el vínculo se va deteriorando, incluso cuando existe afecto.
Reflexionar no implica decidir de inmediato, pero sí dejar de normalizar lo que lastima.
Un vínculo saludable no exige callar, ni asumir culpas ajenas, ni aceptar formas de trato que dañan bajo la idea de que “así es” o que “ya se le pasará”.