08/05/2024
"¿Abuelo, por qué le has dado una moneda a ese hombre?", preguntó Antón, ajeno a la amenaza de lluvia que se cernía sobre ellos, mientras observaba con curiosidad al indigente que acababa de recibir la limosna.
El anciano miró primero al cielo con ojo crítico y luego a su nieto con ternura antes de responder: "Porque todos merecemos un poco de ayuda en este mundo, Antón".
Mientras se dirigían hacia la parada del autobús, el cielo se oscureció aún más, como si la tristeza y la ira de la humanidad se reflejaran en las nubes grises sobre sus cabezas, o como si la oscuridad quisiera ocultar a los ojos de los mortales la horripilante escena que estaba a punto de representarse. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, borrando el ruido de la ciudad y dejando solo el sonido de sus pasos y la respiración agitada del indigente, que, abandonando su lugar habitual bajo los soportales, había comenzado a seguirlos.
Con su aspecto desaliñado y su mirada perdida, el indigente mantenía una conversación ininteligible consigo mismo. Solo de vez en cuando algunas palabras y frases inconexas se podían intuir entre su acalorada perorata. "... se lo merecen..., ...claro que voy a hacerlo..., ... no podrán escapar..., ...muerte segura..."
"¡Mira, abuelo! Creo que viene a darte las gracias porque antes se le ha olvidado, ¿no crees?" Observó Antón, ajeno a lo que podía significar que aquel hombre empezara a perseguirlos.
"No creo, cariño. Quizás solo se dirige en la misma dirección que nosotros", contestó su abuelo, echando la vista atrás. Pero pese a sus palabras, instó a su nieto a que apurara el paso. "¡Venga, que está empezando a llover y vamos a perder el autobús! Y además, si llegamos tarde, tu abuela me mata".
El indigente, al darse cuenta de que el anciano se había percatado de su presencia, aumentó su ritmo con el fin de acortar los 100 metros escasos que lo separaban de la pareja. Don Ángel, que no le había quitado el ojo de encima, se obligó a cargar con su nieto pese a su cansancio para intentar huir de aquel loco que los perseguía bajo la lluvia.
Mientras huían, el hombre miraba a ambos lados en busca de alguien que pudiera ayudarlo, pero el chaparrón que ahora descargaba toda su furia sobre la ciudad había ahuyentado a los pocos viandantes que quedaban.
Las piernas del hombre se doblaban bajo el peso de su nieto y se sentía desfallecer, pero aún así seguía corriendo con la esperanza de llegar a la parada, donde quizás alguien pudiera ayudarlos. Un grito de júbilo abandonó sus pulmones cuando al doblar la esquina de la calle, vislumbró con alivio la figura del autobús detenido en la parada.
Entonces creyó que estaban salvados y sin embargo, se equivocó. Faltaban unos pocos metros para alcanzar su destino, cuando el loco saltó sobre él, haciéndolo caer al suelo con un golpe sordo.
Antón gritó horrorizado mientras el indigente forcejeaba con su abuelo en el suelo, luchando por algo que solo él entendía. El conductor del autobús, desde su asiento, observó la escena a través del espejo retrovisor, pero no se movió para ayudar. Con un gesto impasible, puso en marcha el vehículo y partió, perdiéndose entre la lluvia que arreciaba con más fuerza.
"¡Déjanos en paz! ¡Le has hecho daño a mi abuelo!", chilló Antón, dando golpes con sus pequeños puños al indigente, que una vez que el autobús hubo partido, pareció perder todo el interés que tenía en su presa.
En ese instante, un ruido horrible rompió la quietud. El autobús acababa de sufrir un accidente a menos de un kilómetro de donde se encontraban. El anciano y su nieto observaron con horror la macabra imagen del autobús en llamas.
Mientras el fuego devoraba el vehículo y el humo oscurecía aún más el cielo, el indigente se levantó, murmurando para sí mismo, y comenzó a alejarse, volviendo hacia su sitio bajo los soportales. Sus palabras se perdieron entre el estruendo del incendio y la lluvia que seguía cayendo implacable. Pero si alguien hubiese prestado atención, habría escuchado:
"Lo he hecho porque me caían bien".
Y tal vez, si el observador hubiese tenido una sensibilidad muy especial y hubiese estado muy atento, habría comprobado que el indigente no estaba solo, sino que una figura alta, delgada y cadavérica que portaba una guadaña caminaba orgullosa a su lado.