28/11/2025
A veces la escucho…
esa niña que guardé en un rincón del alma,
la que aprendió a callar para no molestar,
la que escondía las lágrimas en la almohada
porque nadie debía verlas.
Sanar duele.
Duele recordar que un día me prometí no sentir,
que preferí ser fuerte
porque nadie vino a serlo por mí.
Pero un día la encontré.
Estaba ahí, temblando,
con los mismos miedos de siempre
y las manos vacías de abrazos.
Me miró con esos ojos que un día fueron míos
y preguntó con un hilo de voz:
“¿Ya está bien romperte?”
Y lloré. Lloré como si el tiempo se hubiera detenido,
como si todas las lágrimas que nunca dejé caer
hubieran estado esperando ese instante.
La tomé de la mano.
Le dije que ya no estaba sola,
que esta vez sí habría alguien para cuidarla,
para defenderla,
para decirle que es suficiente,
que no tiene que ganarse el amor de nadie.
Y al abrazarla,
sentí cómo algo en mí se rompía
pero, al mismo tiempo,
cómo algo al fin empezaba a sanar.
Sanar a mi niña interior
no fue pintarle sonrisas falsas,
fue sentarme a su lado mientras temblaba,
fue escuchar lo que nunca dije,
fue llorar por todo lo que mereció
y nunca tuvo.
Y entonces entendí:
que no era débil,
que nunca lo fue,
que sobrevivió a tanto con un corazón tan pequeño
que hoy late dentro de mí
pidiéndome una sola cosa:
“No me dejes otra vez”.
Y no la dejaré.
Porque al final,
sanarla a ella
fue aprender —por fin—
a amarme a mi.
Una voz silenciosa 🌻♥️