08/12/2025
A veces uno deja de creer en el amor, no por falta de ganas, sino por exceso de heridas.
Porque hoy muchos confunden cariño con deseo, conexión con costumbre, interés con entretenimiento.
Hoy te buscan cuando les conviene, cuando la soledad les aprieta, cuando el cuerpo les pide compañía… pero no cuando tu alma necesita cuidado.
Y duele.
Duele porque tú no amas a medias.
Duele porque tú no juegas, no finges, no prometes en vano.
Y encontrarte con gente que solo busca s**o, que te ilusiona para luego desaparecer como si nada, te va rompiendo algo por dentro que no debería romperse nunca: la fe en el amor.
¿En qué momento el físico se volvió más importante que los sentimientos?
¿En qué momento la profundidad dejó de importar?
Vivimos en un tiempo donde muchos se quedan con lo que ven, pero no con lo que eres.
Les importa tu cuerpo, no tu historia; tus curvas, no tus cicatrices; tu sonrisa, no lo que te costó recuperarla.
Y entonces te preguntas si vale la pena seguir creyendo.
Si vale la pena abrir el corazón cuando tanta gente no sabe sostenerlo.
Y la verdad… sí vale, pero no para cualquiera.
El amor aún existe, pero está escondido entre todo lo superficial que hoy lo disfraza.
No has dejado de creer en el amor.
Has dejado de creer en el amor barato, en el que no profundiza, en el que no siente, en el que no sabe quedarse.
El amor real sigue ahí, esperando que alguien tenga el valor de sentir como tú: con verdad, con entrega, con alma.
No eres tú la que pide demasiado.
Son ellos los que ofrecen muy poco.
Y cuando llegue alguien que entienda la diferencia entre tocar tu cuerpo y tocar tu corazón, entonces recién vas a recordar por qué valía la pena no rendirse.