05/04/2026
Un divorcio nunca es una experiencia neutra. Aunque a veces se viva como una salida necesaria, implica pérdidas para todos. Se pierde el proyecto de familia, las rutinas compartidas, la sensación de estabilidad que daba una vida en común. Cambian las dinámicas, los espacios, incluso la relación con la familia extensa. Si somos honestos, en un divorcio todos pierden algo.
Sin embargo, en medio del dolor y de la reorganización que supone una separación, muchas veces los adultos quedan atrapados pensando en lo que ellos sienten que perderán: tiempo con los hijos, control sobre las decisiones, cercanía emocional. Es comprensible. Pero mientras los padres están procesando su propia pérdida, los hijos están tratando de entender algo mucho más básico: si seguirán teniendo a sus dos padres en su vida.
Desde la psicología familiar actual se sabe que, cuando las condiciones lo permiten, la tenencia compartida puede ayudar a proteger ese vínculo. No se trata de dividir al niño ni de repartir tiempos como si fuera una agenda, sino de sostener algo fundamental para su desarrollo emocional: la continuidad del apego con ambos padres. Para un niño, saber que mamá y papá siguen siendo figuras presentes y responsables, aunque ya no vivan juntos, aporta seguridad y estabilidad en un momento que ya es suficientemente confuso.
En Perú, en los últimos años se ha empezado a reconocer con más claridad este enfoque a través de la promoción de la corresponsabilidad parental. La idea es simple: que la separación de la pareja no implique necesariamente la pérdida cotidiana de uno de los padres para el hijo.
Aun así, en la práctica muchas veces no ocurre. Persisten creencias culturales muy arraigadas, como la idea de que la madre es la cuidadora natural y el padre el proveedor. A esto se suman emociones intensas propias de una ruptura: resentimiento, miedo a perder el lugar en la vida del hijo o la necesidad de mantener algún control después de la separación. Cuando el conflicto de pareja invade la parentalidad, los hijos pueden quedar atrapados en lealtades divididas o tensiones que no les corresponden.
También es importante decirlo con claridad: la tenencia compartida no siempre es lo mejor. Cuando hay violencia, conflicto destructivo permanente, negligencia o dificultades serias en la capacidad de cuidado de alguno de los padres, lo prioritario es la protección emocional y física del niño.
Por eso, más allá de cualquier modelo legal o ideal teórico, el punto de partida debería ser siempre el mismo. No preguntarnos qué es lo que cada adulto siente que pierde con el divorcio, sino qué necesita realmente el hijo para seguir creciendo con vínculos seguros, estables y protectores. Ahí es donde empieza la verdadera responsabilidad parental.