11/11/2025
📖 Cuando nos enamoramos del caos y lo llamamos amor...
He visto muchas veces el mismo patrón en consulta: alguien que se enamora no de una persona armada y estable, sino del desorden ajeno. No es raro o moralmente reprochable; es humano y explica mucho de lo que nos pasa en la vida afectiva.
Esa persona que se enamora del caos no es una figura romántica ni una “salvadora” mística: es alguien que, en el fondo, busca ordenar algo pero ese algo muchas veces no es (solo) el otro; es una parte propia. Suele atraerse por perfiles que parecen necesitados de arreglo: vidas desordenadas, rutinas caóticas, comportamientos adictivos o irresponsables. A primera vista hay intensidad, drama y una sensación de utilidad: “si yo lo arreglo, todo tendrá sentido”.
Lo atractivo no está tanto en el “chico malo” como en lo que despierta en quien ayuda: la ilusión del reto, la sensación de ser indispensable, la fantasía de que con amor y esfuerzo todo se transforma.
Clínicamente esto se traduce en reforzadores potentes y rápidos: ver que el otro depende, notar que tu ayuda calma tu propio malestar, recibir pequeñas señales de gratitud que actúan como refuerzos intermitentes.
Pero las consecuencias suelen ser dolorosas para ambos. El “caótico” puede volverse cada vez más dependiente, sin aprender a responsabilizarse; el “salvador” termina agotado, con su vida subordinada a la de alguien que no ha aprendido a sostenerse. Lo que en apariencia nace como ayuda termina perpetuando un bucle: la persona que es “salvada” no desarrolla autonomía; la persona que “salva” refuerza su valor personal a costa de sostener un problema.
A nivel emocional esto no es raro: aparecen pensamientos como “si no lo hago yo, nadie lo hará”, “si lo dejo, me quedaré sola o solo”, o “si no lo arreglo es porque no valgo”. Esos pensamientos, aprendidos por historia, mantienen la conducta.
Socialmente, además, la cultura complica el cuadro: romantiza el sacrificio, celebra al héroe y naturaliza las relaciones intensas y caóticas. Así, el disfuncionamiento se reviste de épica y el daño se minimiza hasta que ya duele demasiado.
En pocas palabras: muchas veces no amamos al otro...
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