30/01/2026
Ellos dejaron de ser cuerdos y se convirtieron en locos, en el instante que cruzaron la puerta del hospital psiquiátrico. Y no, no estaban enfermos, pero una vez decían que si lo estaban, ya no había vuelta atrás.
Corría el año 1973, y el psicólogo David Rosenhan desarrollo un plan maestro que hizo sacudir las bases de la psiquiatría moderna.
Para llevar a cabo su operación, reclutó a ocho personas que personas mentalmente sanas, entre ellas un pediatra, un psiquiatra y una ama de casa. La idea era que ellos se presentaran en diferentes hospitales mentales de EE. UU, diciendo que escuchaban una voz que susurraba palabras como "vacío" o "hueco".
Y una vez los admitieron e ingresaran, debían dejar de fingir.
Su misión era volver a la normalidad, y decir a los médicos que ya se sentían bien. Un plan simple que constaba en demostrar que la cordura quizás sería evidente.
Se equivocaron.
Una vez dentro, la "normalidad" se volvió invisible. El diagnóstico fue esquizofrenia y se convirtió en un prisma que deformaba la realidad.
Cuando las personas tomaban notas en un cuaderno para el estudio, los médicos reportaban en el historial: "El paciente muestra un comportamiento de escritura compulsiva".
¿Hacían fila para el almuerzo antes de tiempo por aburrimiento? "Conducta de adquisición oral".
¿Eran amables con el personal? "Disfunción afectiva".
La ironía fue tan grande, que mientras los médicos, cegados por su autoridad, no notaban nada, los verdaderos pacientes sí.
Treinta y cinco internos se acercaron a los infiltrados susurrando: "Tú no estás loco. Tú eres periodista o profesor".
Esta idea los dejó atrapados un promedio de 19 días. Se les obligó a aceptar que estaban locos para poder salir, también les recetaron más de 2.100 pastillas antipsicóticas (que arrojaban al inodoro cuando nadie miraba).
Cuando Rosenhan publicó los hallazgos en la revista Science, el sistema colapsó.
Un famoso hospital universitario se indigno por lo sucedido, y desafió a Rosenhan: "Envíenos a sus impostores en los próximos tres meses; u nosotros detectaremos a cada uno de ellos". Rosenhan aceptó.
Pasaron tres meses y el hospital anunció orgulloso que, de 193 nuevos pacientes, habían identificado con certeza a 41 infiltrados enviados por Rosenhan.
La respuesta de Rosenhan fue un golpe seco y final: "No envié a nadie".
El "Efecto Rosenhan" demostró que las etiquetas no describen a las personas; las crean. No hacía falta una conspiración, solo el sesgo humano de ver lo que espera ver, anulando la humanidad del individuo frente al diagnóstico.
Como la historia demostró, la prisión más difícil de escapar no tiene barrotes, sino prejuicios.
Basado en la fuente de Rosenhan, D. L. (1973). "On Being Sane in Insane Places". Science, 179(4070), 250–258. Contenido con fines históricos y científicos.