Tal vez porque el entorno social, político y económico ha ido cambiando. Las efervescencias que alimentaron el teatro en la década del 70, que luego se convertirían en un polvorín en los 80, terminó, o por lo menos es lo que aparenta, los grupos dejaron de lado el querer decir algo por la búsqueda del “correcto montaje”, la visceralidad dio paso a la búsqueda del virtuosismo. Ante esta situación, concebimos el teatro como un espacio de resistencia a la comodidad de caer en la fórmula de lo conocido. Revaloramos la investigación y la experimentación como fundamento de todo proceso artístico creativo, siempre provocador, y que conlleva una gran dosis de riesgo. Nos resistimos a que el teatro deje su espíritu trasgresor y movilizador. Nos resistimos a darle al público pasivo y aletargado lo que espera, buscamos darle una puerta abierta a nuevas experiencias buscando siempre un espacio de reflexión. Nos resistimos a la desaparición del grupo como conjunto de artistas-creadores que comparten ideología y objetivos, que se encuentran más allá de cualquier montaje. Hacemos teatro peruano porque nuestro quehacer es aquí y ahora, porque nos sentimos inmersos en una realidad que nos toca diariamente y nos presiona, ante la cual tenemos cosas que decir, como individuos y como colectivo. ACERCA DE NUESTRA ESTETICA
Encaramos la puesta en escena desde el concepto de objeto de arte, esto nos exige el asumirnos como artistas. El artista asume la re-creación del mundo que lo circunda y plantea una nueva forma de mirar ese mundo (social, económico, de ideas, de sentimientos, político, etc.) para lo cual hace uso de su medio de expresión, cuya principal herramienta es el cuerpo y su soporte el espacio escénico con todas sus implicancias de relación en un proceso de comunicación. Es entonces que el cuerpo como herramienta es exigido en este proceso de (re)creación, desde la punta de un cabello hasta el dedo del pie, desde la piel hasta las profundidades de nuestro cuerpo. El riesgo de nuestro trabajo a todo nivel, conceptual, estético y formal, pone en riesgo también la idea de la correcta puesta en escena. Es por eso que el no buscamos, únicamente, un actor virtuoso, si no un actor artista, un actor creador (o re-creador). Sin embargo no estamos metidos en una campana de cristal trabajando para nosotros mismos, el proceso de creación artística nos involucra en un proceso de comunicación con el público, ya que este en última instancia será quien convertirá nuestro trabajo en un objeto de arte. TDLR exige otra manera de ser visto, estamos en la búsqueda de nuestro lenguaje. La historia no pasa en vano y nosotros nos asumimos parte de ella, por lo tanto ella se verá en nosotros porque finalmente somos producto de esa historia. En este sentido, concepto y forma deben de tratar de ser leídos y aprehendidos con ojos frescos. Para lograr esto la honestidad es importante, honestidad en nuestro trabajo reclamará honestidad en el público.