18/07/2025
Todo hombre desea, en lo más profundo de su corazón, una mujer que le traiga PAZ, una presencia cálida, a veces silenciosa, pero profundamente sanadora, un ALMA que lo envuelva con dulzura en las noches más difíciles y lo reciba con una sonrisa serena por la mañana, cuando el mundo parece hostil y ruidoso.
Sueña con una mujer que no discuta, que no juzgue, que no huya, que no se resista, que simplemente ame y se quede.
Pero lo que muchos olvidan, o quizás no comprenden del todo, es que esa mujer no nació con PAZ en los ojos.
La aprendió. La construyó.
Y, la mayoría de las veces, fue influenciada por la forma en que fue amada.
La PAZ de una mujer no es un regalo que trae con su naturaleza femenina, es una flor rara que solo florece en jardines protegidos, solo en relaciones donde el respeto es la raíz, la dulzura es el aire, la seguridad es la tierra y el amor constante es el sol que la mantiene viva.
Un hombre que pide PAZ sin cultivarla es como quien busca fruto sin siquiera cavar la tierra.
Una mujer estará tranquila cuando no tenga que explicar diez veces lo que le duele, cuando no tenga que justificar sus lágrimas, cuando sepa que la mano que la sostiene no la abandonará en medio de la tormenta.
Callará, pero no por miedo; serena, pero no resignada; presente, pero no sofocada.
Y todo esto no surgirá de un deber, sino de un amor que ha crecido en tierra fértil, no entre piedras.
Esa mujer que parece un refugio en medio del mundo es, en realidad, el fruto del amor de un hombre maduro.
Porque cuando un hombre ama con respeto, con cariño, con intenciones claras y con todo el corazón, solo abre las puertas de un ALMA que, tal vez, ha estado cerrada durante años.
Y entonces, sí, ella se convierte en su PAZ.
Pero esa PAZ es el eco de cómo fue tratada.
Así que, antes de pedir PAZ, pregúntate:
¿Eres tú el hombre que sabe cómo crearla?
Porque una mujer feliz, equilibrada y serena, no es un milagro, sino un espejo.
Y si tienes frente a ti a una mujer que calla ante el dolor, que tiembla en la soledad, que parece perdida, pero que aún te ama, entonces no preguntes por qué no te ofrece paz.
Pregúntate qué hiciste con sus tormentas.