04/02/2026
"Los colegios internados y su repercusión en los adultos de hoy: entre la formación del carácter y la herida silenciosa"
Desde una perspectiva psicológica y sociológica, los colegios internados no pueden entenderse únicamente como instituciones educativas, sino como dispositivos sociales de formación del individuo. Históricamente, estos espacios surgieron para disciplinar, contener o “enderezar” conductas, respondiendo a modelos sociales donde la obediencia, el orden y la adaptación al sistema eran valores prioritarios. El costo emocional de ese modelo, sin embargo, suele hacerse visible recién en la adultez.
A nivel psicológico, la experiencia del internado implica una separación temprana del núcleo afectivo primario, muchas veces normalizada por el discurso social del “bien mayor”: mejor educación, carácter fuerte, futuro asegurado. Desde la sociología, esta separación responde a una lógica estructural donde el individuo se subordina a la institución. El niño aprende pronto que sus emociones deben ajustarse a normas, horarios y jerarquías, incluso cuando estas contradicen sus necesidades afectivas.
Esta vivencia genera adultos altamente funcionales para el sistema: disciplinados, responsables, con alta tolerancia a la frustración y capacidad de adaptación. Sin embargo, también produce sujetos emocionalmente autoexigentes, desconectados de su mundo interno y con dificultad para identificar el cuidado como un derecho, no como un privilegio que debe ganarse.
En la vida adulta, estas huellas se expresan en patrones relacionales repetidos. Desde lo psicológico, muchos ex internos desarrollan vínculos basados en el deber más que en el deseo; desde lo sociológico, reproducen estructuras de poder similares a las que conocieron: relaciones jerárquicas, afectos condicionados y una fuerte resistencia a la dependencia emocional. Amar se vuelve una función que se cumple, no un espacio donde se descansa.
El internado también opera como un microcosmos social donde el afecto es escaso y la competencia constante. Esto moldea adultos que, aunque socialmente exitosos, suelen vivir bajo la lógica del rendimiento: valgo si cumplo, pertenezco si obedezco, soy querido si no molesto. Estas creencias, profundamente internalizadas, refuerzan modelos sociales que priorizan la productividad por encima del bienestar emocional.
Desde una lectura sociológica más amplia, el internado refleja una sociedad que delega el cuidado emocional a las instituciones, invisibilizando el impacto a largo plazo. El adulto resultante suele normalizar la soledad, minimizar el dolor y deslegitimar su propia historia afectiva, perpetuando así un ciclo intergeneracional de desapego emocional.
No obstante, también emergen procesos de conciencia y resignificación. Muchos adultos comienzan a cuestionar estos modelos, especialmente en contextos donde la salud mental cobra mayor relevancia. Al comprender que su fortaleza se construyó muchas veces a costa de su sensibilidad, se abre la posibilidad de integrar ambas dimensiones: la disciplina aprendida y la ternura negada.
Reconocer la repercusión de los colegios internados no implica demonizarlos, sino analizar críticamente el tipo de sujeto que la sociedad ha promovido. Sanar no es rechazar el pasado, sino dejar de repetirlo de forma inconsciente. Cuando el adulto logra reconciliar su historia personal con una mirada social más humana, deja de sobrevivir dentro del sistema y comienza, por fin, a habitar su propia vida.
Porque una sociedad emocionalmente sana no se mide por la obediencia de sus individuos, sino por la capacidad que estos tienen de vincularse sin miedo.
Victor Zegarra.