06/03/2026
"Cuando las relaciones pierden el amor, la sociedad se vuelve utilitaria"
Desde una mirada psicológica del amor, la sociedad no es únicamente un conjunto de instituciones, leyes o estructuras económicas. En esencia, la sociedad está formada por millones de relaciones humanas entrelazadas: parejas, familias, amistades, compañeros de trabajo, vecinos. Es en ese tejido relacional donde realmente se construye o se deteriora la salud emocional de una comunidad.
Cuando en estas relaciones el amor desaparece, suele ser reemplazado por dinámicas de utilidad. Las personas comienzan a relacionarse desde el interés, la conveniencia o la necesidad. En lugar de vínculos basados en la empatía y el respeto, se desarrollan vínculos basados en el beneficio personal. Desde la psicología social, esto se conoce como relaciones instrumentales, donde el otro deja de ser visto como persona y empieza a ser visto como medio.
En ese escenario surge lo que podríamos llamar una forma silenciosa de explotación mutua. No siempre es una explotación evidente o agresiva. Muchas veces se manifiesta de maneras más sutiles: relaciones donde uno busca reconocimiento, otro busca seguridad emocional, otro busca poder, y todos intentan llenar vacíos personales utilizando al otro como recurso.
Incluso el consuelo puede volverse utilitario cuando no nace del amor sino de la dependencia emocional. En lugar de acompañarnos desde la libertad, nos aferramos al otro para evitar nuestra propia soledad, nuestros miedos o nuestras carencias internas. Así, el vínculo deja de ser un espacio de crecimiento y se convierte en una forma de refugio psicológico que, aunque reconforta momentáneamente, no transforma la raíz del vacío.
Desde esta perspectiva, la corrupción social no empieza en los grandes sistemas; empieza en las pequeñas relaciones cotidianas. Cuando normalizamos la manipulación emocional, el interés disfrazado de afecto o la conveniencia disfrazada de amistad, estamos replicando en lo micro aquello que luego criticamos en lo macro.
El amor, en cambio, introduce una lógica completamente distinta: la del reconocimiento del otro como un ser valioso por sí mismo. Amar implica ver al otro no como un recurso, sino como una persona con dignidad, historia y emociones. En el amor hay reciprocidad, pero no cálculo. Hay cuidado, pero no apropiación.
Por eso, cuando en las relaciones humanas el amor es reemplazado por la utilidad, la sociedad comienza lentamente a corromperse. No porque las personas sean inherentemente malas, sino porque el vínculo pierde su dimensión humana y se convierte en una transacción.
En última instancia, la calidad de una sociedad no se mide solo por su progreso material, sino por la profundidad de sus relaciones. Y allí donde el amor está presente en la comprensión, el respeto y la empatía, la convivencia deja de ser una lucha silenciosa y se transforma en una verdadera comunidad.
Victor Zegarra.