EITA: Equipo de Investigación y Trabajo en Autismo

EITA: Equipo de Investigación y Trabajo en Autismo Director: Ps. Ernesto Reaño - 973 953 684 / informes@eita.pe
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El enfoque de EITA parte de una profunda reflexión filosófica y ética siempre en constante renovación sobre lo que es el autismo y el trabajo con personas autistas.

No se debe negar ni la identidad ni experiencias, pero si se puede exigir prudencia ante los procedimientos
14/04/2026

No se debe negar ni la identidad ni experiencias, pero si se puede exigir prudencia ante los procedimientos

TRATAMIENTOS MÉDICOS DE TRANSICIÓN DE GÉNERO Y RIESGO PSIQUIÁTRICO EN ADOLESCENTES. LECCIONES PARA EL AUTISMO.

Acaba de aparecer un estudio finlandés que ha remecido varios de los supuestos que se daban por válidos respecto de las reasignaciones médicas de género en adolescentes (menores de 23 años). Entre quienes recibieron intervenciones médicas, la necesidad de atención psiquiátrica aumentó de forma marcada en términos descriptivos, pasando del 9,8 % al 60,7 % en la reasignación feminizante y del 21,6 % al 54,5 % en la masculinización. El estudio abarca el período entre 1996 a 2019.

Esto obliga a revisar una narrativa ampliamente difundida, según la cual estas intervenciones constituyen una respuesta clara y eficaz frente a la depresión y el riesgo suicida en población trans. El estudio no muestra una reducción del riesgo psiquiátrico tras dichas intervenciones. Por el contrario, evidencia una persistencia —e incluso incremento descriptivo— de severidad en trastornos psiquiátricos.

El estudio, realizado en Finlandia con 2.083 adolescentes derivados a servicios de identidad de género y 16.643 controles, con un seguimiento medio de 5,49 años (mediana 4,93; hasta 25 años), muestra que estos jóvenes presentan una carga mucho mayor de problemas psiquiátricos graves: 45,7 % ya había requerido atención especializada antes de la derivación (frente a 15,0 % en controles), cifra que asciende a 61,7 % dos años o más después (frente a 14,6 %). Solo el 23,4 % no tuvo ninguna necesidad de servicios psiquiátricos (vs. 74,0 % en controles), mientras que el 27,6 % tuvo más de 100 atenciones especializadas (vs. 4,3 %), lo cual refleja trayectorias clínicas prolongadas y especializadas. En los casos desde 2011, los trastornos psiquiátricos previos prácticamente se duplican en la población con disforia de género (23,7 % a 47,9 %), manteniéndose estables en torno al 15 % en la población general, y tras la derivación a terapias de afirmación de género siguen siendo elevados (61,3 % vs. 14,2 %).

El riesgo de requerir atención psiquiátrica especializada a largo plazo es similar en todos los adolescentes derivados, independientemente de si realizaron transición o no, situándose entre 3–4 veces por encima de las mujeres y 5–6 veces por encima de los hombres de la población general. En conjunto, los datos muestran una población con alta carga psiquiátrica previa, persistente en el tiempo y sin evidencia de reducción tras las intervenciones médicas, más bien con aumentos descriptivos relevantes en quienes las reciben.

Estos resultados no son un accidente, sino que deben leerse en el contexto de un campo donde la evidencia ha sido, con frecuencia, débil y sobreinterpretada. Justamente la semana pasada, antes de la publicación de este estudio, en un artículo donde me preguntaba si existe algo que podríamos denominar “autismo woke”, señalaba que pocas poblaciones como la autista han estado durante los últimos años expuestas a una narrativa poco sólida, como muestro en mi libro “El amor autista”, donde afirmaciones como que “el 70 % de los autistas son no heterosexuales” o que hay mayor prevalencia de identidades de género disidentes que en la población general se han difundido como verdades objetivas, cuando en realidad se sostienen en evidencia débil. El problema no es la legitimidad de estas posibles experiencias, sino que muchos de esos estudios presentan muestras sesgadas, falta de seguimiento longitudinal, uso impreciso de categorías y sobreinterpretación de resultados preliminares, lo que impide considerarlos conclusiones sólidas y generalizables.

En la adolescencia, etapa de cuestionamiento y redefinición identitaria, muchos autistas —al no verse reflejados en los modelos neurotípicos de hombre o mujer— pueden interpretar su diferencia en clave de identidad de género divergente sin que necesariamente sea así. Un hombre autista o una mujer autista no tiene por qué parecerse a sus equivalentes neurotípicos.

Cuando era adolescente, quienes nos sentíamos distintos buscábamos pertenencia en subculturas: metaleros, punks, góticos, anarcos, subterráneos, etc. Mirado en retrospectiva, muchos éramos claramente neurodivergentes. Hoy, en una sociedad hipersexualizada y con profundos vacíos de sentido y de representación, la diversidad de género puede cumplir en algunos casos una función similar a la de antaño: muchos pueden sentirse comprendidos, aceptados y representados.

Ciertamente existen personas cuya identidad de género entra en contradicción con su s**o de nacimiento. Pero su prevalencia tal vez no sea la que se pretende. El mismo estudio señala que desde el 2010 se dio un incremento de derivaciones a terapias de transición de género aproximadamente 10 veces más en relación a décadas anteriores. No todo malestar identitario en la adolescencia equivale a tener una identidad de género divergente, por otra parte.

Por eso, el punto no es negar experiencias, sino evitar respuestas precipitadas. El estudio finlandés no demuestra que las intervenciones médicas empeoren necesariamente siempre la salud mental, pero sí cuestiona con fuerza la idea de que la mejoren de forma consistente. Eso ya es suficiente para exigir prudencia.

No es raro escuchar quienes abogan por tratamientos médicos de transición para adolescentes bajo la certeza de salvarlos de la depresión y de un suicidio probable. Hoy, a la luz de este estudio, sabemos que otorgar dichas terapias no muestra evidencia de mejorar problemas de salud mental previos y que en un gran porcentaje se presentan aumentos en su severidad según las descripciones.

Si usted es cuidador de un adolescente autista, o si usted mismo es autista, tenga cuidado con lo que le prometen ciertos discursos y personajes. Como Roldán en el entremés “Los habladores”, atribuido a Cervantes, no piensan: repiten, hablan por hablar. Intentan aliviar un malestar real con un problema mayor.

¿Realmente sientes que tu identidad de género no corresponde con tu s**o de nacimiento? ¿O requieres orientación en la conformación de su identidad masculina o femenina autista? ¿Necesitarías de un espacio terapéutico donde aclarar dudas y exponer temores? ¿O precisas acaso de un grupo donde sentirse parte? Hoy, estas preguntas en modo alguno son invalidantes; no son preguntas ideologizadas, son, a la luz de los hechos, necesarias. Y urgentes.

Bibliografía

Arellano-Torres, Ignacio D. “El entremés de Los habladores, atribuido a Cervantes.” Anales Cervantinos 50 (2018): 299–323.

S.-M. Ruuska, K. Tuisku, T. Holttinen, and R. Kaltiala, “Psychiatric Morbidity Among Adolescents and Young Adults Who Contacted Specialised Gender Identity Services in Finland in 1996–2019: A Register Study,” Acta Paediatrica (2026): 1–9.

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https://ernestoreano.pe/tratamientos-medicos-de-transicion-de-genero-y-riesgo-psiquiatrico-en-adolescentes-lecciones-para-el-autismo/

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¿AUTISMO WOKE?

En la actualidad, de modo general y en el autismo en particular, algunos planteamientos se vuelven difíciles de discutir sin sanción moral o social. Esto se observa en la incomodidad, la indisposición e incluso la agresividad en lugar del debate. Hace unas semanas, por ejemplo, académicos autistas intentaron cancelar en redes a Naomi Fisher, psicóloga clínica especializada en autismo, por haber entrevistado a Uta Frith en el marco de la polémica sobre el espectro autista. Se trata de dinámicas propias de entornos donde se tiende a resguardar cierta ortodoxia “progresista” sobre lo que debería ser la realidad del autismo. Estoy en desacuerdo con Frith, pero eso no implica negar su derecho a exponer sus ideas ni la necesidad de debatirlas, no de cancelarlas.

El término “woke” surgió como una forma de estar alerta frente a la injusticia social. Sin embargo, en su uso actual no solo refiere a una sensibilidad ética, sino también a una forma de interpretar la realidad donde las ideas tienden a evaluarse no solo por su verdad, sino por su alineación con determinadas causas consideradas justas. El problema no es esta sensibilidad en sí, sino su extensión hacia ámbitos donde la pregunta central debería seguir siendo descriptiva: qué ocurre realmente, y no qué sería deseable que ocurra.

Hace casi tres décadas, Judy Singer sistematizó la noción de neurodiversidad como un subconjunto de la biodiversidad humana: la variabilidad irreductible de los cerebros. Posteriormente, Nick Walker distinguió tres niveles: la neurodiversidad como hecho biológico, como paradigma y como movimiento. Aunque relacionados, no son lo mismo. El movimiento se orienta a la justicia social y los derechos de las neurominorías; el paradigma, en cambio, constituye un marco para comprender la diversidad neurológica desde la diferencia y no desde el déficit. Cuando se confunden, el riesgo es epistemológico. El paradigma deja de operar como herramienta de comprensión y empieza a funcionar como vehículo de determinadas posiciones morales.

Sabemos que toda producción de conocimiento está situada y que la objetividad absoluta es inalcanzable. Sin embargo, no quiere decir que los hechos puedan ser sustituidos por lo que quisiéramos que fueran. Distorsionando la realidad no lograremos cambiarla. Como ha señalado el filósofo Michael Huemer, existe una forma de pensamiento que demonima “legislar la realidad”, es decir, primero se decide qué conclusión es moralmente aceptable y luego se ajustan los hechos a ella. En ese punto, las afirmaciones dejan de evaluarse por su verdad y pasan a juzgarse por su conveniencia.

Esto se visibiliza en ciertos debates actuales sobre el autismo. Como muestro en mi libro El amor autista, afirmaciones como que “el 70 % de los autistas son no heterosexuales” o que existe una mayor prevalencia de identidades de género disidentes en esta población se han difundido como si fueran conclusiones sólidas y generalizables. La cuestión no es la legitimidad de estas experiencias, sino la solidez de los datos con los que se pretende describir el fenómeno.
Muchos de estos datos provienen de estudios con limitaciones importantes: muestras sesgadas, ausencia de diseños longitudinales, uso acrítico de categorías complejas y una tendencia a convertir resultados preliminares en certezas.

A ello se suma un sesgo más grave: la exclusión sistemática de autistas con mayores necesidades de apoyo. La mayoría de estas investigaciones se basa en personas hablantes, con buena comprensión lectora y suficiente autonomía para responder encuestas, dejando fuera a autistas no hablantes, con discapacidad intelectual o que requieren apoyos extensos. En consecuencia, lo que se presenta como “diversidad sexual y de género en el autismo” describe, en realidad, a un subgrupo accesible al investigador, no al espectro en su conjunto. Sin embargo, estos resultados se extrapolan como si fueran representativos.

En este contexto, ciertas narrativas adquieren un estatuto incuestionable, y la crítica metodológica puede ser interpretada como una objeción moral. Se desplaza así el eje del debate: de la discusión sobre la validez de los datos a la evaluación de la aceptabilidad de quien los cuestiona. Esto no fortalece el conocimiento; lo restringe.

Como advierte Musa al-Gharbi en We Have Never Been Woke, parte de las élites académicas y culturales que sostienen discursos progresistas no necesariamente transforman las desigualdades que critican, sino que tienden a reconfigurarlas en el plano del lenguaje y las categorías. Los llama “capitalistas simbólicos”: actores cuyo poder reside en el manejo del discurso y que pueden promover causas legítimas sin alterar las estructuras que los sostienen. El problema su deriva hacia lo meramente discursivo, donde las ideas comienzan a valorarse menos por su capacidad de describir la realidad que por su alineación con determinados valores juzgados necesarios de antemano.

¿Podemos hablar, entonces, de un “autismo woke”? En la medida en que ciertas posiciones se vuelven difíciles de discutir sin sanción moral o social, y en que se privilegian narrativas deseables por sobre descripciones rigurosas, la respuesta es afirmativa. Conviene, sin embargo, recordar que el paradigma de la neurodiversidad no pertenece a ningún grupo ni agenda particular. Es una forma de estudiar la diferencia. Y para sostenerla, necesitamos algo más exigente que las buenas intenciones o ideología determinada: necesitamos la verdad y los hechos que la conforman. No debemos permitir que el paradigma de la neurodiversidad deje de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un instrumento de confirmación de tal o cual agenda política. Corremos el riesgo de dejar de estudiar y comprender el autismo para defender una versión sesgada de él.

Bibliografía.

Al-Gharbi, Musa. We Have Never Been Woke: The Cultural Contradictions of a New Elite. Princeton: Princeton University Press, 2024.

Huemer, Michael. “Legislating Reality.” Fake Noûs, March 28, 2026. https://substack.com/home/post/p-191712082.

Reaño, Ernesto. El amor autista: Pasión, afecto, amistad y espiritualidad autistas. Amazon, 2025.

Singer, Judy. Neurodiversity: The Birth of an Idea. Self-published, 2017.

Walker, Nick. Neuroqueer Heresies: Notes on the Neurodiversity Paradigm, Autistic Empowerment, and Postnormal Possibilities. Fort Worth, TX: Autonomous Press, 2021.

https://ernestoreano.pe/autismo-woke/

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