05/10/2024
Queridos pacientes, estimados colegas y amigos:
Hoy, en el Día de la Medicina, quiero compartirles algunos de los momentos más significativos de mi trayectoria de veinticinco años como médico. A lo largo de estos años, la medicina ha sido mucho más que una profesión para mí; ha sido un viaje lleno de luces y sombras, un constante diálogo con la vida y la muerte, con el dolor y la esperanza, y con la profundidad del espíritu humano.
Recuerdo mis primeros días, la bata blanca aún sin arrugas, mi rostro joven marcado más por el entusiasmo que por la experiencia. En aquellos pasillos de hospital, los ecos de risas, sollozos y el clamor del sufrimiento me hicieron comprender que la medicina no es sólo ciencia, sino también el arte de saber escuchar y acompañar. Aprendí que no hay palabras adecuadas para un diagnóstico duro, pero sí hay gestos que pueden ser un refugio, como apretar la mano de alguien que teme perderlo todo.
He sido testigo de milagros inesperados, de vidas que, contra toda predicción, florecieron nuevamente. He visto a madres llorar de alegría al sostener por primera vez a sus bebés, a hijos sentarse al borde de la cama de sus padres y pronunciar palabras de perdón, palabras que se habían quedado atrapadas en algún rincón del pasado. He sido parte de la alegría de pacientes que recuperaron la salud, pero también he sentido el peso de la impotencia cuando nada más podía hacerse, más que acompañar y aliviar el dolor de aquellos que estaban en su última travesía.
La verdadera labor de un médico no es sólo curar cuerpos, sino también encender luces donde sólo parece haber sombras.
Pero también están los días difíciles, en los que la medicina nos enfrenta a la fragilidad humana. En estos años, he aprendido a aceptar que la vida no siempre nos otorga el poder de salvar, y que no hay palabras suficientes para consolar a una madre que pierde a su hijo. He sentido el peso de esas ausencias y, en ocasiones, he regresado a casa con el alma cargada de silencios. Sin embargo, ha sido en esas pérdidas donde más he comprendido la importancia de estar presente, de brindar consuelo y humanidad, aun cuando la medicina no tiene respuestas.
Hoy, quiero rendir homenaje a todos los que han sido parte de este viaje: a los pacientes, que me han enseñado a ser fuerte y a ser humilde, y a mis colegas, que me han mostrado la grandeza del trabajo en equipo, del sacrificio compartido, de las horas de desvelo que se compensan con una vida salvada. Y también a aquellos que ya no están, que dejaron este mundo con dignidad, enseñándome que la muerte no siempre es el final, sino una etapa más de nuestra existencia.
La medicina, después de todo, es la poesía de la vida, escrita con sacrificio, empatía y conocimiento. Es la ciencia que nos da herramientas, pero también es la compasión la que nos recuerda que, al final del día, todos somos seres humanos, con nuestros miedos, nuestros sueños, nuestras pérdidas y nuestras esperanzas.
Gracias a todos los que me han acompañado en este camino. Por todas las historias que he vivido, por los amaneceres que he presenciado desde la ventana de un hospital, por cada sonrisa, por cada lágrima compartida. Y, sobre todo, por darme el honor de ser parte de sus vidas, de sus luchas y de sus momentos más íntimos.
Que este día de la Medicina nos recuerde que, detrás de cada diagnóstico, hay una historia; detrás de cada paciente, un ser humano. Y detrás de cada médico, un corazón que late con el propósito de servir.
Con profunda gratitud y cariño,
Dr. Luis Alberto Ochoa Gutierrez