17/12/2025
QUÉ EDUCACIÓN BANCARIA NI OCHO CUARTOS
Como ya he dicho varias veces, mi educación escolar fue francamente mala. Aprender no me interesó demasiado hasta que cumplí 18 años y entré a la universidad. A partir de ahí, lo que antes me daba igual se convirtió casi en una obsesión. En parte porque estudiaba algo que realmente me interesaba y quería aprenderlo con intensidad; y en parte porque, al estar pagando por el servicio, el tipo de enseñanza que recibía se volvió motivo frecuente de desvelo y, no pocas veces, de furia.
Por esa época, el modelo de enseñanza que encontré fue bastante frustrante. Profesores que no preparaban clase, que podían pasarse horas hablando de lo primero que se les ocurría o yéndose interminablemente por las ramas; algunos que se ofendían si uno les hacía preguntas, y uno que otro —los menos— que sí intentaba transmitir algo. Esto lo viví tanto en la Universidad Ricardo Palma, donde estudié Psicología, como en San Marcos, donde estudié Literatura.
Más adelante, en los cursos de posgrado y en las maestrías que seguí, la situación no fue muy distinta, ya se tratara de programas nacionales o internacionales.
Con contadas excepciones, los cursos suelen seguir el mismo formato: te explican algo (generalmente lo mínimo indispensable, y a veces ni eso), luego te ponen a “practicar” o a conversar en parejas o grupos pequeños, alguna pregunta suelta, y sanseacabó. Incluso en entrenamientos dictados por terapeutas de renombre mundial, con abundante bibliografía publicada, el esquema es el mismo.
Después de asistir a varios de estos cursos, siempre me hacía la misma pregunta: ¿a esta gente no le interesa verificar si los asistentes realmente aprendieron algo de lo que se supone que transmitieron? Al parecer, no. Su razonamiento implícito parece ser: “yo digo lo que digo y tú captas lo que captas. Y luego te las arreglas”.
Mi estilo va deliberadamente a contracorriente de eso.
Yo intento enseñar como me gustaría que me enseñen: con una explicación buena, clara y detallada, que cubra todo lo necesario y no menos. Busco ser simple, pero no superficial. Abundo en ejemplos. Más que caer bien, me importa que el tema se entienda. No lograr que se entienda lo que pretendo enseñar me deja mal; literalmente, me quita el sueño.
Parafraseando a Silvio, podría decir: “dirán que pasó de moda la docencia; dirán que la gente de ahora se cansa y no te entiende”. Me da lo mismo.
En la TBCS se habla de escuchar, seleccionar y construir. Yo agrego: explicar, demostrar, practicar y aplicar.
El “descubrimiento” es importante, sí, pero no tanto. Al menos no en mi concepción de lo que debe ser un entrenamiento en terapia. ¿Descubrir qué exactamente? ¿La pólvora que el entrenador ya descubrió hace años? Si hay una expresión que me inquieta cuando estoy en el rol de alumno es “aprendizaje por descubrimiento”. En el kínder, perfecto. En un entrenamiento profesional, suena peligrosamente a estafa y a tacañería. La terapia —oh, sí— es, en buena medida, aprender habilidades sabiendo qué estás haciendo y por qué.
Me preocupan esos colegas, con libros publicados y acento anglosajón, que no se preocupan —pero ni siquiera un poco— por verificar si realmente transmitieron algo o si lo que dijeron se lo llevó el viento. Como verán, amigos malincheanos, lo extranjero no es necesariamente sinónimo de bueno ni de avanzado.
Para terminar, permítanme una metáfora. Hay un estilo de enseñanza que se parece a esos concursos donde te meten en un cubículo de acrílico transparente lleno de billetes en el suelo; luego prenden un ventilador, los billetes salen volando y, durante unos segundos, te dejan atrapar los que puedas en el aire. Lo que lograste agarrar, ese es tu premio.
Mi estilo, en cambio, consiste —si te dejas, claro— en ponerte los billetes en la mano, uno por uno, y revisarlos contigo.
Soy una pieza de museo, lo sé, si nos guiamos por las modas actuales.