César Vásquez O. - Terapia Breve Centrada en Soluciones

César Vásquez O. - Terapia Breve Centrada en Soluciones Psicoterapeuta individual, de parejas y familias. Terapia Breve Centrada en Soluciones.

30/12/2025
29/12/2025

EL SIGNIFICADO

Las personas obtienen significados para sus vidas (y hablo en plural porque no creo en “el” significado) de diferentes relaciones, fuentes y actividades.

En mi caso (y con posibilidad de recordar otras más adelante), esas fuentes son la lectura, las películas y las conversaciones “inteligentes” (de preferencia, aunque no exclusivamente, con personas que sepan más que yo). Lo más difícil de hallar es esto último: la buena charla.

Dentro de mi profesión, curiosamente, suelo obtenerla de mis estudiantes (de una minoría, claro). Aunque, al egresar y con el paso del tiempo y las responsabilidades de la vida, muchos pasan a una zona gris y tediosa que confunden con madurez, y ahí se acaba todo el brillo y la curiosidad.

Fuera de ellos, la encuentro en mi hija: en su brillantez y en su —espero— inextinguible curiosidad.

Donde menos encuentro esta tercera fuente es con mis colegas (disculpen la franqueza). Si casi no asisto a reuniones con ellos es porque lo que suele darse (con memorables excepciones) es el raje, la conversación banal, la risotada alcohólica o el simple silencio. No soy ducho en esos avatares (a excepción del silencio), así que prefiero evitarlos.

Alguna vez, Antonio Cisneros dijo que entre poetas jamás se hablaba de poesía. Eso siempre me pareció una tontería incomprensible (nunca dio una razón), pero parece ser una norma que también se aplica entre los psicólogos peruanos.

26/12/2025

ES GENÉTICO POR MAYORÍA DE VOTOS

Cuando trabajaba en el Hospital de Policía, en los santos noventas, de vez en cuando llegaban policías con síntomas psicóticos. Nada espectacular: delirios, desorganización… lo típico de alguien cuya mente decidió declararse en huelga. Recuerdo a uno que empezó con todo eso después de sobrevivir —imperdonable error— a un ataque terrorista en un destacamento perdido en la sierra. El ataque duró días. Nadie fue a rescatarlos. Y a él lo dieron por mu**to. La vida, a veces, insiste.

En ese entonces, un policía podía estar dos años con descanso médico. Pasado ese plazo, entraba en escena el oráculo moderno: la junta médica. Ese grupo selecto decidía dos cosas:

1. Si tu enfermedad era “por servicio”.

2. Si te ibas a recuperar o ya fuiste.

Si decían que sí era por servicio y no ibas a mejorar, te retiraban… pero al menos seguías cobrando. Si decían que no era por servicio, simplemente te botaban. Cada quien a su casa con sus síntomas y su suerte. Orden administrativo restablecido.

En este caso, la junta concluyó —con la serenidad del que nunca ha pasado por eso— que el policía no se volvió psicótico por el ataque, ni por estar sitiado días, ni por pensar que iba a morir. No. Eso habría sido demasiado lógico. Según ellos, la causa real era su genética. O sea: ya vino mal. Y si vino mal, el Estado no paga. Es simple contabilidad.

¿Pruebas?
Tranquilos: no hacen falta. Bastaba con que la teoría de moda dijera que lo psicótico es genético. Con eso, asunto cerrado. Lo único verificable —que los síntomas empezaron después del ataque— era irrelevante. Así que lo indemostrable se convirtió, por unanimidad, en verdad científica. Y todos a callar: la junta habló.

Maravilloso ejemplo de cómo la “ciencia” puede fabricar la realidad… con sello y firma.

Al hombre lo expulsaron de la Policía. Y probablemente terminó en el Larco Herrera, archivado como estadística y olvidado como persona.

Y tú…
¿también fuiste diagnosticado por votación?
¿Te gustó el resultado?

COMPROMISO: ESO QUE TODOS EXIGEN Y CASI NADIE PRACTICASi —como decía von Foerster— para ver hay que actuar (y no fantase...
20/12/2025

COMPROMISO: ESO QUE TODOS EXIGEN Y CASI NADIE PRACTICA

Si —como decía von Foerster— para ver hay que actuar (y no fantasear, no desear, no “sentir bonito”), entonces el compromiso no aparece por iluminación divina ni por acumulación de emociones intensas, sino por conductas concretas, sostenidas y verificables. Lo demás es poesía barata.

Creer que el compromiso “nace solo”, que brota espontáneamente de la admiración mutua, de la madurez emocional autoproclamada o de la fuerza del amor, es una ingenuidad infantil. O peor: una coartada. El amor —recordémoslo— es eterno… mientras dura. El compromiso no.

El compromiso se fabrica. A golpes de decisiones. De actos que atan, que incomodan, que generan costos y renuncias. Firmar papeles. Compartir bienes. Asumir responsabilidades públicas. Realizar rituales sociales que no se pueden borrar con un unfriend o un “necesito mi espacio”.
No: la foto en Facebook no es compromiso. Tener un hijo tampoco. Eso es biología y marketing emocional. Compromiso es lo que no se puede deshacer sin pagar un precio.

Pero claro, esto ya no gusta. Esta praxis “ya no se usa”. “Cansa”. “Aburre”. “Limita”. Mejor el vínculo líquido, la promesa reversible, el amor con cláusula de salida permanente. Mucho deseo, cero estructura.

La mayoría de rupturas no se explican por traumas profundos ni por incompatibilidades cósmicas, sino por una visión romántica, narcisista y descontextualizada de sí mismos: sujetos que se creen excepcionales, pero que no toleran sostener nada en el tiempo.

Mucha telenovela barata. Mucho Arjona. Mucho “terapeuta” que confunde compromiso con emoción y libertad con ausencia de consecuencias.
Y después miran al cielo, preguntan “¿por qué a mí?”, se sienten incomprendidos por el universo… y vuelven a repetir exactamente el mismo guion.

Porque no falló el amor.
Falló la acción.
Como siempre.

18/12/2025

TERCERMUNDISTAS HASTA EN ESO

Somos un país tercermundista en infraestructura, educación y también en gimnasia emocional. Especialmente cuando se trata de s**o y pareja. Aquí muchos creen que un orgasmo es una promesa, una cita es un proyecto de vida y una noche juntos ya habilita el drama, la ilusión y, con suerte, un embarazo sorpresa que nadie pidió pero todos padecen.

En ese contexto hemos importado, como quien trae sushi a una pollada, una moda relacional exótica y mal digerida: el glorioso “estamos saliendo”.

Cuando uno pregunta qué demonios significa eso, la respuesta suele ser un balbuceo conceptual: no somos amigos, pero tampoco pareja; no hay compromiso, pero hay cama; no hay nombre, pero hay celos; no hay proyecto, pero hay hijos. No son enamorados, pero se comportan como matrimonio informal sin acta, sin responsabilidad y sin huevos. Están saliendo. Una genialidad semántica para no hacerse cargo de nada.

Eso, claro, es una importación gringa/europea mal copiada. Allá lo llaman dating; acá es fornicación con coartada lingüística.

Ese engendro relacional supone adultos emocionalmente alfabetizados, capaces de separar deseo, apego y proyecto. Spoiler: no lo somos. Ni de lejos. Especialmente en un país donde el s**o aún viene con culpa, moralina y rosario incluido.

Según el triángulo del amor de Sternberg, aquí hay pasión, a ratos intimidad y cero compromiso. Amor amputado. Amor sin cabeza. Una relatio interruptus donde nadie quiere llegar al final por miedo a decir “somos pareja”.

¿Y qué esperan que pase? ¿Iluminación divina? ¿Compatibilidad astral? ¿Que el compromiso aparezca solo, como notificación de WhatsApp? “Dejemos que fluya”, dicen. Claro: también fluye la diarrea y nadie la romantiza.

Las relaciones no fluyen: se trabajan. Pero eso implica nombrarlas, asumirlas y —horror supremo— comprometerse. Palabra que a muchos les produce urticaria, asma y deseos de ghostear.

Y sí, lamento decirlo: las más perjudicadas suelen ser las mujeres. El consultorio está lleno de ellas, confundidas, tristes y con la autoestima en terapia intensiva, preguntándose por qué quieren algo más pero sienten que pedirlo es “presionar”. Traducción: pedir dignidad ahora es ser intensa.

No somos suizos. No somos alemanes. Cuando en el Perú hombres y mujeres puedan tener s**o sin culpa, sin autoengaño y sin cuentos chinos para no asumir responsabilidades, recién hablaremos de “estar saliendo”.

Mientras tanto, esta moda solo beneficia a un sector muy específico: varones con fobia al compromiso, libido funcional y cero intención de hacerse cargo de nada.

Y hasta ahí llega el circo. 🎪💍

17/12/2025

NOSTALGIA DE LA NEUROSIS

(Cuando el problema no era un trastorno, sino existir demasiado)

Antes de 1980 —antes del DSM-III, de los checklists y de la psiquiatría con cronómetro— la neurosis no era una bolsa de síntomas como figuritas del álbum Panini. Era un estilo de vida. Un modo de estar en el mundo… incómodo, claro, pero con clase.

El neurótico no “tenía” algo. Era algo. Era alguien a quien la vida le quedaba un poco apretada, como camisa prestada.

1. Relación consigo mismo

(El yo como reality show permanente)

El neurótico clásico vivía en conflicto consigo mismo.
No se miraba al espejo: se auditaba.

Tenía hiperconciencia del yo: se observaba, se analizaba, se corregía, se recriminaba y volvía a empezar. Nunca estaba solo: siempre estaba él… y el que lo evaluaba.

Su mundo interno estaba poblado por preguntas tipo:
“¿Y si dije eso mal?”
“¿Y si no debí pensar eso?”
“¿Y si todo esto significa algo terrible?”

Era un sujeto partido en dos (como mínimo):
deseo por aquí, deber por allá; impulso adelante, freno de mano puesto.

El placer nunca era simple:
o llegaba tarde,
o venía con culpa,
o se arruinaba por anticipación.

Freud lo dijo con elegancia vienesa: un yo sitiado, atacado por el superyó, desconfiado del ello y agotado de tanto hacer de policía de sí mismo.

2. Relación con los otros

(Te necesito, pero no confío en ti)

El neurótico necesitaba a los demás… pero no podía relajarse con ellos.

Buscaba amor, aprobación y reconocimiento, pero los examinaba como inspector de SUNAT emocional:
el tono, el gesto, la demora en responder un mensaje.

Era quisquilloso, hipersensible, especialista en micro-ofensas.
Donde otros veían “nada”, él veía material para tres días de rumiación.

Vivía la ambivalencia con vocación:
te quiero / me fastidias,
te admiro / te desprecio,
te necesito / te voy a cobrar esto mentalmente.

No era antisocial: era hipersocial, demasiado pendiente del juicio ajeno, como si el mundo fuera un jurado permanente.

3. Relación con el mundo

(La vida como trámite emocional)

Para el neurótico, el mundo era exigente, incómodo y ligeramente hostil, como una oficina pública sin sillas.

La vida cotidiana se sentía como una carrera de obstáculos… pero emocionales.

El estrés no era circunstancial: era estructural.
No había “momentos de tensión”; había existencia.

La fatiga era existencial: vivir cansa porque todo implica elegir, perder algo, renunciar a otra cosa o sentirse culpable después.

El orden, la rutina y la intelectualización eran sus defensas favoritas:
si no entiendo el mundo, al menos lo explico.

El neurótico no se sentía en casa en el mundo. Se sentía de paso, siempre ajustando, siempre corrigiendo, siempre pidiendo disculpas internas.

4. Estilo cognitivo y emocional

(Pensar hasta que duela)

Pensaba mucho. Demasiado. Innecesariamente.
La rumiación era deporte olímpico.

Las emociones eran intensas, pero poco fluidas:
ansiedad, irritabilidad, melancolía leve y fastidio crónico, como música de fondo.

Tenía gran capacidad simbólica, verbal y reflexiva…
a costa de la espontaneidad.

Por eso la histórica afinidad entre neurosis, intelectualidad y creatividad:
el neurótico piensa lo que otros simplemente viven.

5. El neurótico como figura cultural

(Un clásico de la modernidad)

Antes de 1980, el neurótico no era solo paciente: era personaje.

Woody Allen: la neurosis hecha stand-up.
Marco Aurelio Denegri: la neurosis con biblioteca, látigo moral y diccionario.
Pablo Madera: la neurosis como conciencia dolida de un país injusto.

El neurótico no era raro.
Era el hijo legítimo de la modernidad: del choque entre deseo, norma y conciencia.

6. En síntesis

(Demasiado de todo)

El neurótico clásico era:

demasiado consciente,
demasiado responsable,
demasiado dividido,
y por eso mismo, demasiado cansado.

No estaba loco.
No estaba desconectado de la realidad.
Estaba excesivamente conectado, sin anestesia.

Con el DSM-III esta figura se fragmentó en trastornos, listas y criterios.
Y algo se perdió: la idea de que la neurosis no era solo una patología, sino una forma trágicamente lúcida —y bastante divertida— de ser humano.

17/12/2025

QUÉ EDUCACIÓN BANCARIA NI OCHO CUARTOS

Como ya he dicho varias veces, mi educación escolar fue francamente mala. Aprender no me interesó demasiado hasta que cumplí 18 años y entré a la universidad. A partir de ahí, lo que antes me daba igual se convirtió casi en una obsesión. En parte porque estudiaba algo que realmente me interesaba y quería aprenderlo con intensidad; y en parte porque, al estar pagando por el servicio, el tipo de enseñanza que recibía se volvió motivo frecuente de desvelo y, no pocas veces, de furia.

Por esa época, el modelo de enseñanza que encontré fue bastante frustrante. Profesores que no preparaban clase, que podían pasarse horas hablando de lo primero que se les ocurría o yéndose interminablemente por las ramas; algunos que se ofendían si uno les hacía preguntas, y uno que otro —los menos— que sí intentaba transmitir algo. Esto lo viví tanto en la Universidad Ricardo Palma, donde estudié Psicología, como en San Marcos, donde estudié Literatura.

Más adelante, en los cursos de posgrado y en las maestrías que seguí, la situación no fue muy distinta, ya se tratara de programas nacionales o internacionales.

Con contadas excepciones, los cursos suelen seguir el mismo formato: te explican algo (generalmente lo mínimo indispensable, y a veces ni eso), luego te ponen a “practicar” o a conversar en parejas o grupos pequeños, alguna pregunta suelta, y sanseacabó. Incluso en entrenamientos dictados por terapeutas de renombre mundial, con abundante bibliografía publicada, el esquema es el mismo.

Después de asistir a varios de estos cursos, siempre me hacía la misma pregunta: ¿a esta gente no le interesa verificar si los asistentes realmente aprendieron algo de lo que se supone que transmitieron? Al parecer, no. Su razonamiento implícito parece ser: “yo digo lo que digo y tú captas lo que captas. Y luego te las arreglas”.

Mi estilo va deliberadamente a contracorriente de eso.

Yo intento enseñar como me gustaría que me enseñen: con una explicación buena, clara y detallada, que cubra todo lo necesario y no menos. Busco ser simple, pero no superficial. Abundo en ejemplos. Más que caer bien, me importa que el tema se entienda. No lograr que se entienda lo que pretendo enseñar me deja mal; literalmente, me quita el sueño.

Parafraseando a Silvio, podría decir: “dirán que pasó de moda la docencia; dirán que la gente de ahora se cansa y no te entiende”. Me da lo mismo.

En la TBCS se habla de escuchar, seleccionar y construir. Yo agrego: explicar, demostrar, practicar y aplicar.

El “descubrimiento” es importante, sí, pero no tanto. Al menos no en mi concepción de lo que debe ser un entrenamiento en terapia. ¿Descubrir qué exactamente? ¿La pólvora que el entrenador ya descubrió hace años? Si hay una expresión que me inquieta cuando estoy en el rol de alumno es “aprendizaje por descubrimiento”. En el kínder, perfecto. En un entrenamiento profesional, suena peligrosamente a estafa y a tacañería. La terapia —oh, sí— es, en buena medida, aprender habilidades sabiendo qué estás haciendo y por qué.

Me preocupan esos colegas, con libros publicados y acento anglosajón, que no se preocupan —pero ni siquiera un poco— por verificar si realmente transmitieron algo o si lo que dijeron se lo llevó el viento. Como verán, amigos malincheanos, lo extranjero no es necesariamente sinónimo de bueno ni de avanzado.

Para terminar, permítanme una metáfora. Hay un estilo de enseñanza que se parece a esos concursos donde te meten en un cubículo de acrílico transparente lleno de billetes en el suelo; luego prenden un ventilador, los billetes salen volando y, durante unos segundos, te dejan atrapar los que puedas en el aire. Lo que lograste agarrar, ese es tu premio.

Mi estilo, en cambio, consiste —si te dejas, claro— en ponerte los billetes en la mano, uno por uno, y revisarlos contigo.

Soy una pieza de museo, lo sé, si nos guiamos por las modas actuales.


16/12/2025

¿REGURGITAR LA TBCS?

Algunas preguntas incómodas para la reflexión (sí, reflexión, no repetición):

¿La TBCS es una terapia de la esperanza o una terapia de lo útil? ¿Es ambas cosas o es solo un eslogan bien vendido?

Si es una terapia de la esperanza, ¿en qué argumentos se apoyan para afirmarlo? (Y no, “porque Perencejo lo dijo” no cuenta). Y si lo esencial es lo útil, ¿cómo demonios lo sostienen?

¿Estoy realmente centrado en las soluciones si no uso la pregunta del milagro ni la de las mejores esperanzas en ningún momento? ¿O ya caí en la herejía? ¿Por qué sí o por qué no?

¿Cómo se sustenta que todas las personas tienen recursos? ¿Alcanza con repetirlo como mantra hasta que alguien lo crea?

¿Y, ya que estamos, qué cosa son exactamente los recursos?

¿La TBCS es sistémica, constructivista, construccionista, posmoderna, todo a la vez o nada de eso? ¿O depende del auditorio y del PowerPoint? ¿Cómo sostienes tu respuesta sin hacer malabares conceptuales?

Más allá de que te sepas de memoria los árboles de decisiones de De Shazer, de Selekman o de Beyebach; la Galería de Arte Centrada en las Soluciones o el Diamante de Connie y Froerer, hay algo que no viene en los manuales: la experiencia. Y no es opcional. Es un deber.
Porque una cosa es repetir que la TBCS “funciona” y otra muy distinta es comprobar en tu propio trabajo si esa cosa llamada TBCS funciona aquí, en nuestra realidad, tal como está formulada… y, si no funciona, tener la honestidad intelectual de adaptarla.

No sé hasta qué punto Steve, Insoo o Chris Iveson estaban enterados de cómo responden los peruanos a la pregunta del milagro o a la de las mejores esperanzas.
¿De verdad alguien cree que una pregunta que suena razonable en inglés, para un anglosajón alfabetizado y cómodo con el lenguaje abstracto, suena igual y significa lo mismo para un peruano que no lee y que está peleado con las palabras?
¿Se puede hacer un simple “copia y pega” de lo que probaron en Milwaukee o en Londres y esperar resultados mágicos? Y si la respuesta es no —spoiler: no lo es—, ¿qué cambios y qué modificaciones estás dispuesto a hacer, más allá de seguir repitiendo la liturgia?

Porque “entrenar” a otros no es regurgitar lo que leíste en un libro ni lo que te dijeron en un taller. Eso se llama eco, no formación.
Pensar estas preguntas, en cambio, puede servirte… si realmente pretendes enseñar y no solo sonar como que sabes.

Y recuerda: puedes huir, puedes esconderte, puedes refugiarte en el modelo y en los diagramas…
pero no puedes escapar de la necesidad de tener experiencia.


15/12/2025

PREGUNTAS QUE DEBES HACERTE ANTES DE IRTE A VIVIR EN PAREJA

1. El enamoramiento no es la relación: es la anestesia

Antes de convivir hay que entender esto con claridad brutal: el enamoramiento miente. No porque sea malo, sino porque cumple otra función: pegar, idealizar, suavizar diferencias.
La convivencia empieza cuando el enamoramiento se retira, no cuando llega.

Si eliges a alguien solo por cómo te hace sentir cuando todo va bien, estás eligiendo a ciegas. La pregunta clave no es “¿me hace feliz?”, sino:

- ¿Cómo es esta persona cuando está cansada, frustrada, insegura o enojada? ¿Y cómo soy yo ahí?

Eso es la pareja real.

2. Toda convivencia es una negociación permanente (y no romántica)

Vivir juntos no es “fluir”: es coordinar.
Tiempo, dinero, s**o, tareas, familia, silencios, límites, ritmos. Todo.

Si uno cree que amar es “entenderse sin hablar”, ya perdió.
Las parejas que duran hablan de lo incómodo antes de que se vuelva resentimiento.

Antes de convivir hay que saber:

qué cosas cada uno no negocia

qué cosas sí

y qué cosas simplemente no sabe negociar (y eso es un problema)

El amor no elimina conflictos. Solo decide cómo se pelean.

3. El otro no viene a sanar tu historia (ni tú la suya)

Esta es una de las trampas más comunes y más destructivas.

Tu pareja no es:

tu terapeuta

tu padre/madre reparador

tu prueba de que “ahora sí vales”

tu salvación emocional

Si entras a convivir esperando que el otro te cure heridas antiguas, le estás entregando una tarea imposible y profundamente injusta.

Antes de convivir hay que tener claro:

- ¿Qué heridas son mías y qué problemas sí pertenecen a la relación?

Confundir eso mata parejas.

4. La convivencia amplifica lo que ya existe (no lo mejora)

Vivir juntos no arregla nada.
Ni la comunicación, ni el s**o, ni la inseguridad, ni los celos.

La convivencia es un amplificador:

lo bueno se vuelve más bueno

lo malo se vuelve insoportable

Si algo ya te molesta antes de convivir, no va a desaparecer.
Va a desayunar contigo todos los días.

La pregunta honesta es:

- ¿Puedo vivir con esto sin fantasear con que cambiará?

Si la respuesta es “no, pero seguro luego mejora”, no convivas.

5. El conflicto no destruye la pareja; lo que la destruye es cómo se lo evita

Las parejas no se rompen por discutir, se rompen por:

callarse demasiado

acumular

ironizar

despreciar

huir

o explotar tarde y mal

Antes de convivir, hay que saber:

cómo discute el otro

cómo discutes tú

y si pueden reparar después del conflicto

Una pareja que no sabe reparar está siempre a un conflicto de distancia del fracaso.

En síntesis

Irte a vivir con alguien no es una prueba de amor.
Es una decisión estructural.

No se trata de preguntar:

- “¿La amo?”

Sino:

- “¿Puedo construir una vida cotidiana con esta persona sin traicionarme ni destruirla?”

15/12/2025

PREGUNTAS GENERATIVAS URGENTES PARA GENTE QUE QUIERE INTENTARLO OTRA VEZ

Si alguien divorciado quiere volver a casarse sin repetir el mismo naufragio, las preguntas generativas no son “¿estás listo para amar otra vez?”, sino preguntas que desarman el autoengaño, obligan a mirar patrones y restituyen responsabilidad sin humillar. Algo muy en la línea de la Terapia Breve Centrada en Soluciones, pero sin ingenuidad.

Las agrupo por ejes.

1. Romper la narrativa cómoda del “me equivoqué de persona”

Si la historia sigue siendo esa, el fracaso ya está en curso.

¿Qué hiciste tú, de manera consistente, que contribuyó a que ese matrimonio se deteriorara?
(No una anécdota. Un patrón.)

¿Qué parte de ti fue funcional al inicio de la relación y luego se volvió tóxica o insuficiente?

Si tu ex describiera tu forma de amar cuando las cosas iban mal, ¿qué diría que tú no sueles admitir?

¿Qué problema tuyo se repitió más de una vez, aunque con excusas distintas?

2. Identificar patrones vinculares (no personas)

Cambiar de pareja no sirve si el guion es el mismo.

¿Qué tipo de persona tiendes a elegir cuando estás enamorado y qué necesidad tuya satisface esa elección?

¿Qué señales ignoraste al inicio porque estabas enamorado o porque no querías quedarte solo?

¿En qué momento de la relación sueles empezar a retirarte emocionalmente? ¿Qué dispara eso?

¿Qué conflicto nunca supiste sostener sin huir, atacar o defenderte.

3. Diferenciar aprendizaje de endurecimiento

Muchos no aprenden: se blindan.

¿Qué aprendiste que te volvió más responsable y qué aprendiste que solo te volvió más desconfiado?

¿Qué límites actuales son fruto de conciencia y cuáles son simple miedo con buena retórica?

¿Qué cosas hoy no toleras porque son realmente inaceptables y cuáles porque te recuerdan asuntos tuyos no resueltos?

4. Examinar la función del nuevo matrimonio

Aquí se cae mucha gente.

¿Para qué te quieres volver a casar: para construir algo nuevo o para reparar lo anterior?

¿Qué parte de tu identidad necesita que esta relación “funcione”?

¿Qué le estás pidiendo a esta nueva pareja que no tiene que ver con ella, sino con tu historia pasada?

Si este matrimonio no ocurriera, ¿qué imagen tuya quedaría dañada?

5. Desactivar la fantasía de “esta vez es distinto”

La diferencia real no es la persona: es la conducta.

¿Qué harás diferente, de manera concreta, cuando aparezca el mismo conflicto que antes?

¿Qué señales tempranas te indicarían que estás repitiendo el patrón y qué harías en ese momento?

¿Quién podría decirte “estás entrando en lo mismo” y tú estarías dispuesto a escucharlo sin justificarte.

6. Revisar la disponibilidad real para un matrimonio (no para enamorarse)

Muchos están listos para amar, no para sostener.

¿Qué cosas hoy no estás dispuesto a negociar, aunque eso implique quedarte solo?

¿Qué incomodidades normales del matrimonio ya no estás dispuesto a tolerar?

¿Qué renuncias concretas implica casarte otra vez y cuáles estás idealizando que no existirán?

7. Reducir la “salida mental” del divorcio

Mientras el escape esté listo, la relación es frágil.

¿En qué situaciones el divorcio vuelve a aparecer en tu cabeza como solución?

¿Qué harías para reparar una relación antes de llegar a ese punto, que antes no hiciste?

¿Cómo sabrías que esta vez estás luchando por la relación y no solo resistiendo por orgullo?

8. Pregunta síntesis (muy potente)

Si este matrimonio fracasara dentro de cinco años, ¿qué dirías entonces que hoy que quisiste ver?

Esa pregunta sola, bien trabajada, ya reduce riesgos.

Idea central (para cerrar el proceso)

No se trata de casarse con más esperanza, sino con más responsabilidad narrativa.
No de confiar más, sino de entender mejor.
No de elegir distinto, sino de elegir desde otro lugar.

14/12/2025

DESAGRADABLES VERDADES DEL PASADO (PARA QUE CON TU PAN TE LAS COMAS)

Tengo 60. El martes cumplo 61. Lo digo porque ya viví lo suficiente como para haber visto pasar modas, moralinas, progresismos de temporada y gente que confunde cambio cultural con inteligencia moral.

Y no, no todo cambio es progreso. A veces es solo autoengaño mejor maquillado.

1. Cuando era niño, convivir sin casarse era considerado cosa de “cholos ignorantes”. No me miren feo: así se decía en el Perú, ese país que se cree inclusivo pero siempre tuvo un clasismo bien entrenado. Que el barrendero y la empleada del hogar se juntaran nomás era aceptable: “¿qué más se les puede pedir?”. Pero que la hija “decente” de la casa hiciera lo mismo era un escándalo de proporciones bíblicas.

En mi entorno cercano no conocí a nadie que conviviera sin casarse. Ni uno. Nadie. Cero. Hubiera sido más fácil ver aterrizar en el jardín al feto ese de ET que encontrar convivientes.

Hoy la convivencia se vende como signo de madurez emocional, prudencia racional y mente abierta. Open mind, le dicen, como si el inglés volviera inteligente cualquier tontería. Ahora convivir no es cosa de “cholos”, sino de gente “que sabe lo que quiere”, que “no se deja llevar por presiones sociales”. Total, "es solo un papel firmado, ¿qué diferencia puede hacer?" (sic).

Que las estadísticas muestren consistentemente que la convivencia aumenta el riesgo de fracaso conyugal es un detalle irrelevante difundido por aguafiestas que no creen en "la fuerza del amor". Datos incómodos. Mejor ignorarlos. Lo importante es sentirse moderno, no estar equivocado. La moda (que nunca incomoda) no se discute: se repite.

2. Con el divorcio pasó algo similar, pero peor. Cuando yo era niño, divorciarse era una desgracia moral. Caro, lento, humillante y socialmente vergonzoso. Una bancarrota del alma. Hoy se presenta como un acto de valentía, crecimiento personal y amor propio. Antes era tragedia; ahora es empoderamiento.

En mi familia solo una tía se divorció. Fue raje durante años. El tema murió cuando volvió a casarse con el mismo tipo y se fue del país. Fin del archivo incómodo.

Antes, casarse con un divorciado era admitir públicamente que eras una cojuda o un calzonudo. Hoy, en cambio, meterte con un casado o un divorciado te vuelve automáticamente una persona noble, empática y profunda. Si eres mujer, eres una valiente mártir del amor; si eres hombre, un deconstruido sensible con trauma infantil y billetera solidaria.

Y acá viene la verdad que nadie quiere oír porque arruina el relato: divorciarte y volver a emparejarte aumenta la probabilidad de volver a fracasar, más que la primera vez. No porque el amor sea difícil, sino porque la gente no busca cambiar antes de tropezar con la misma piedra; solo cambia de pareja y ya.

La mayoría no se divorcia tras un proceso serio de autocrítica, sino tras cansarse. Y cansarse no enseña nada. El relato siempre es el mismo: “me equivoqué de persona, hice un mal casting”. Nunca es “repito patrones”, nunca “elijo mal”, nunca “soy parte del problema”.

El segundo matrimonio no suele ser más consciente, sino más defensivo. Más contratos invisibles, menos entrega. Más exigencias, menos tolerancia. Más miedo, menos compromiso. Y, sobre todo, una salida ya conocida, ya ensayada, ya legitimada: si no funciona me largo.

Es como fallar en el tiro al blanco y, en vez de corregir la técnica, decidir que la solución es alejarse más del blanco y volver a disparar, convencido de que ahora sí, por amor, va a funcionar.

No es amor. Es negación con decoración emocional.

Ja.
Jaja.
Jajaja.

Ahora sí, feliz domingo.
Y si te molestó, no fue el tono. Fue el espejo.
Provechito.

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