Psicóloga Paola Narváez

Psicóloga Paola Narváez Terapeuta Individual, familia y pareja. Abordaje integrativo en terapias basadas en evifencia

05/11/2025

TODA DEPRESIÓN ES AUTO GENERADA
No leas esto o ya no podrás deprimirte

👉🏼 Cómo una experiencia desagradable puede transformarse en depresión: el proceso paso a paso

Cuando una persona atraviesa una experiencia emocionalmente dolorosa —como una ruptura amorosa, la pérdida de un trabajo o un rechazo importante— puede iniciar, sin darse cuenta, un proceso que la conduce lentamente hacia la depresión. No se trata de una caída repentina, sino de una cadena de pequeñas decisiones que parecen inofensivas al principio, pero que, repetidas en el tiempo, van alterando su comportamiento, su modo de pensar, su biología y, finalmente, su estado de ánimo.

A continuación se explica el proceso paso a paso, seguido de un ejemplo clínico detallado y la descripción de cómo cada etapa afecta los neurotransmisores implicados en el bienestar y la motivación.

1. El evento estresante inmediato

Todo comienza con el impacto emocional del evento. Una ruptura amorosa, por ejemplo, activa intensamente los circuitos del estrés y del apego.
En el cerebro, la amígdala (centro del procesamiento emocional) detecta amenaza y pérdida; el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA) se activa, liberando cortisol y adrenalina, hormonas que preparan al organismo para afrontar el malestar.

En esta fase se produce un desequilibrio agudo: aumentan el cortisol y el glutamato, y disminuye la disponibilidad de serotonina y dopamina, lo que intensifica la sensación de tristeza, vacío y ansiedad.

2. La decisión de retirada o evitación

Para escapar de ese dolor, la persona suele evitar estímulos asociados a la pérdida: deja de ver amigos, se queda en cama, apaga el teléfono, evita hablar del tema. Esta retirada ofrece un alivio inmediato: la soledad parece proteger del sufrimiento.

Ese alivio, sin embargo, refuerza conductas evitativas mediante un mecanismo de refuerzo negativo: el malestar baja temporalmente al aislarse, por lo que la mente aprende que “alejarse” es útil.

A nivel neuroquímico, este alivio activa una pequeña liberación de GABA (inhibidor del sistema nervioso) y reduce transitoriamente el cortisol. Pero al no haber contacto social ni placer compartido, se suprime la liberación de dopamina y oxitocina, neurotransmisores vinculados al bienestar social y la motivación.

3. Reducción del refuerzo positivo

Al aislarse, la persona pierde oportunidades de recibir refuerzo positivo: risas, reconocimiento, placer físico, pequeñas satisfacciones cotidianas.
Sin esas fuentes de recompensa, el sistema dopaminérgico mesolímbico (núcleo accumbens, corteza prefrontal ventromedial) entra en una suerte de “hibernación”.
La dopamina, que motiva y genera expectativa de placer, disminuye progresivamente, lo que lleva a apatía y desinterés.

Además, la serotonina, que regula la estabilidad del ánimo, se deprime por falta de estimulación ambiental (luz solar, interacción social, movimiento). Es el inicio de la llamada anhedonia conductual.

4. Cambios en la conducta y en la rutina

Pequeñas decisiones —no levantarse temprano, no cocinar, no salir a caminar— alteran los ritmos circadianos.
Dormir demasiado o muy poco modifica la liberación cíclica de melatonina y serotonina, afectando el sueño reparador.
La inactividad física reduce la oxigenación cerebral y baja la liberación de endorfinas, péptidos naturales que modulan el dolor y la tristeza.

Como consecuencia, la persona se siente cada vez más cansada, con menos energía y menos capacidad de concentración. Ese cansancio se interpreta psicológicamente como “no tengo fuerzas”, cuando en realidad hay un desequilibrio bioquímico real detrás.

5. Aumento de la rumiación y pensamiento negativo

El aislamiento y el exceso de tiempo libre facilitan la rumiación, ese pensamiento circular y autocrítico que repite una y otra vez las causas del dolor.
Esta rumiación mantiene activas las áreas cerebrales del modo por defecto (corteza medial prefrontal y cíngulo posterior), asociadas al pensamiento auto-referencial.

Durante la rumiación, la amígdala se mantiene sobreestimulada y el eje del estrés sigue liberando cortisol.
El exceso de cortisol, mantenido durante días o semanas, reduce la neurogénesis en el hipocampo (estructura esencial para la memoria y la regulación emocional) y deteriora la transmisión serotoninérgica.
Es decir, cuanto más rumia, más se altera su biología y más difícil se vuelve salir del bucle.

6. Aparición de distorsiones cognitivas

La mente empieza a construir generalizaciones negativas: “todo me sale mal”, “no valgo”, “nadie me querrá”.
Estas creencias, además de afectar el ánimo, modifican el patrón de activación de la corteza prefrontal, que pierde capacidad para modular la respuesta de la amígdala.

Menos control prefrontal significa más impulso emocional, más ansiedad y menos pensamiento racional.
A nivel neuroquímico, la baja serotonina facilita estos sesgos negativos, y la falta de dopamina impide sentir motivación para contradecirlos.

7. Pérdida de competencia y autoestima

Cada evitación o renuncia resta experiencias de éxito. Al no tener logros ni retroalimentación positiva, la persona pierde autoeficacia.
La dopamina, que normalmente se libera cuando alcanzamos metas o superamos obstáculos, se mantiene crónicamente baja.
Sin dopamina, el cerebro no experimenta satisfacción por los esfuerzos, y todo se percibe como inútil o agotador.

Esto incrementa la pasividad y la sensación de fracaso, lo cual refuerza de nuevo la depresión.

8. Reforzamiento negativo de la evitación

Cada vez que la persona evita algo y siente alivio momentáneo, su cerebro aprende a mantener la evitación.
A corto plazo, se reduce el cortisol, pero a largo plazo se desensibilizan los receptores dopaminérgicos: la capacidad de sentir placer o motivación disminuye.
La vida se vuelve plana, monótona, sin brillo emocional.

Este fenómeno neurobiológico se parece al que ocurre en las adicciones: cuanto más se evita o más se busca alivio pasivo, menos sensible se vuelve el sistema de recompensa natural.

9. Aislamiento social y deterioro del apoyo

El aislamiento prolongado hace que las amistades disminuyan los intentos de contacto.
Menos interacción significa menos oxitocina, hormona fundamental para el vínculo y la confianza.
La oxitocina, además, regula negativamente el cortisol; por tanto, al perder vínculos, el cuerpo pierde también un modulador natural del estrés.

La soledad mantenida provoca un estado inflamatorio crónico: aumenta la interleucina-6 y otras citoquinas que, a su vez, afectan la serotonina y la dopamina, contribuyendo al estado depresivo.

10. Cambios neurobiológicos y fisiológicos

A estas alturas, el estrés crónico y la inactividad han alterado profundamente el equilibrio neuroquímico:

Baja serotonina: tristeza, irritabilidad, insomnio.

Baja dopamina: apatía, anhedonia, falta de motivación.

Baja noradrenalina: lentitud mental, fatiga, dificultad para concentrarse.

Exceso de cortisol: inflamación, supresión inmunológica y pérdida de plasticidad sináptica.

Alteración del GABA y glutamato: hiperexcitación, ansiedad y alteración del sueño.

El cerebro, literalmente, funciona en un modo de ahorro energético, priorizando la supervivencia por encima del placer o el interés.

11. Estabilización del estado depresivo

Finalmente, las emociones negativas se vuelven persistentes, y la persona entra en un patrón estable de depresión.
Las redes neuronales asociadas a la tristeza (corteza subgenual, amígdala, cíngulo anterior) están hiperactivas, mientras que las redes de recompensa (estriado ventral, corteza orbitofrontal) están hipoactivas.

En este punto, los neurotransmisores ya no fluctúan con los eventos del día: la depresión se ha consolidado como un estado neuroconductual, autoalimentado tanto por los pensamientos y las conductas como por la biología alterada.

Ejemplo clínico

Nombre: Marcos, 34 años, vive solo.
Evento desencadenante: ruptura de una relación de 4 años.

Día 1

Siente un dolor agudo, llora y no quiere ver a nadie. Cancela la salida que tenía planeada.
Se acuesta temprano; el aislamiento le da alivio momentáneo.
En su cerebro, hay una descarga de cortisol y adrenalina, seguida de un leve aumento de GABA que lo calma. Pero la dopamina cae bruscamente: pierde el impulso de actuar.

Días 2–3

Pasa casi todo el día en la cama, mirando redes sociales.
Evita responder mensajes de amigos. Come poco y duerme en exceso.
El exceso de inactividad reduce su dopamina y serotonina, y al exponerse menos a la luz solar, cae la producción de melatonina. El sueño se vuelve superficial.

Semana 1

Deja de ir al gimnasio, rumia constantemente: “fui un tonto”, “ella tenía razón”.
Por la noche, el cortisol vuelve a subir; la rumiación activa la amígdala y mantiene la hiperalerta.
Empieza a sentirse agotado sin hacer nada: su eje del estrés está saturado.
No responde a las invitaciones de amigos, lo cual disminuye la oxitocina y los refuerzos positivos.

Semana 2–3

Se desorganiza por completo. Se acuesta tarde, se levanta tarde.
Pierde el apetito, el cuerpo comienza a producir menos dopamina y más cortisol.
El desequilibrio hace que perciba la vida como “pesada” y sin propósito.
Empieza a creer que “no hay salida”, lo que refuerza la activación de redes cerebrales de desesperanza.

Mes 1

Ya no siente placer por nada. Música, comida, amistades: todo le resulta indiferente.
Su rendimiento laboral cae; recibe críticas que confirman sus pensamientos negativos.
El aislamiento social reduce su oxitocina, y la inflamación leve (causada por estrés y mala alimentación) inhibe la síntesis de serotonina.
El resultado: un estado depresivo mayor en consolidación.

Por qué las pequeñas (malas) decisiones son tan determinantes

1. Proporcionan alivio inmediato, lo que las refuerza (refuerzo negativo).

2. Privan al cerebro de estímulos placenteros, reduciendo dopamina y serotonina.

3. Alteran ritmos biológicos, afectando sueño, energía y regulación emocional.

4. Debilitan redes sociales, disminuyendo oxitocina y apoyo emocional.

5. Favorecen inflamación y desequilibrio del eje del estrés, consolidando la depresión.

Cada microdecisión (no salir, no responder, quedarse en cama) no es neutra: tiene un pequeño impacto conductual y neuroquímico que, al repetirse, produce una espiral descendente.

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Cómo interrumpir la cascada

1. Actividad programada pequeña: 10 minutos de caminata al sol. Aumenta dopamina, serotonina y endorfinas.

2. Rutina de sueño regular: estabiliza la melatonina y reduce el cortisol.

3. Contacto social gradual: reactiva la oxitocina y la serotonina.

4. Registro de actividades y emociones: promueve conciencia prefrontal y reduce rumiación.

5. Ejercicio físico: incrementa dopamina y BDNF (factor neurotrófico), favoreciendo neuroplasticidad.

6. Micro-logros diarios: reconstruyen autoeficacia y motivación dopaminérgica.

7. Ayuda profesional temprana: acorta el tiempo de desequilibrio neuroquímico y previene recaídas.

Nota final

La depresión no surge “porque la persona se deja estar”, sino porque las estrategias que usa para protegerse del dolor —como aislarse o no hacer nada— producen un desequilibrio conductual y neurobiológico que se retroalimenta.
El cerebro, al no recibir estímulos gratificantes, deja de liberar los neurotransmisores que sostienen el bienestar y la motivación.

Así, lo que comenzó como una forma de aliviarse del sufrimiento se convierte, paso a paso, en una trampa que lo prolonga.

Bibliografía

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Wang, X. (2024). Neurotransmitter dysregulation in sleep and circadian rhythms: Implications for postpartum depression. Theoretical and Natural Science, 66. https://doi.org/10.54254/2753-8818/2024.18076

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21/08/2025

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