20/04/2026
Pensar la clínica desde el n**o borromeo implica reconocer la estructura fundamental del sujeto para discernir qué “hilos jalar” en el análisis. En el n**o, las estructuras conviven en un aglutinamiento dinámico: todo sujeto participa de los tres registros, con una modalidad dominante que no le impide intervenir en las otras dimensiones. Es decir, en cada sujeto se despliega la pernepsi (perversión-neurosis-psicosis).
En la neurosis, que se ubica escindida del registro de lo Real, la clínica consiste en generar bordeamientos en torno a este registro, de modo que el sinsentido de lo Real relativice los mandatos superyoicos. El agujero de lo Real abre la posibilidad de un barramiento del Otro. Lo delicado de la estructura neurótica es su ajenidad al goce: el desierto de goce que produce el sentido lógico cuando se reduce a pura letra mu**ta donde no logra articularse una fijación de goce del lado del sujeto. Pero como el goce es omnipresente, deviene mandato en el imperativo superyoico. Por ello, es necesaria una “perversización” del sujeto para imponerse más allá del Otro, así como una “psicotización” al abrir el agujero de lo Real y retomar algo del enigmático goce otro (goce del cuerpo). Se trata de dejar de buscar un sentido “más allá” y encontrar satisfacciones en el “más acá” del cuerpo, en un ejercicio de autovalidación (perversa).
En la psicosis, encontramos la forclusión del Nombre-del-Padre, lo que implica la elisión del registro simbólico. El establecimiento mismo de la transferencia supone ya una nueva forma de anudamiento imaginario y simbólico. En el acompañamiento analítico de sujetos psicóticos, se debe promover una contención vía lo fálico. Los efectos de estabilización se generan mediante la evocación imaginaria de la potencia metafórica del lenguaje para contener el exceso de lo Real. Lo significación del falo permite contener el desbordamiento de lo Real, propio de la psicosis, y posibilita el establecimiento de una realidad compartida (neurotizada).
En la perversión, el registro renegado es el imaginario. Para reanudar el lazo social, es necesario convidar al perverso a participar en el juego de los semblantes (de los que tanto rehúsa y se burla), reconociendo que es más sencillo mantenerse ajeno que ocupar uno de ellos, lo que resulta indispensable para ampliar su campo de acción más allá del id**ta goce fálico solitario. También aquí se debe recurrir al goce otro, ajeno al sentido y a la pulsión de muerte que evoca lo fálico, y que no requiere más razón que la existencia misma del cuerpo para desplegarse en sí misma como un misterio (psicótico).
En todos los casos, lo que se encuentra en el centro es el objeto a, y cada estructura puede entenderse como una forma defensiva frente a la castración: neurosis–represión, perversión–renegación, psicosis–forclusión. Pero podemos hacer el ejercicio intelectual de pensarlas también como modos productivos, aunque son necesarias algunas precisiones clínicas: las estructuras NO son intercambiables y la defensa no es una elección, es un LÍMITE. Así que más que buscar precisión clínica, este ejercicio nos permite pensar las formas lógicas de la clínica como posibilidades para acompañar al sujeto en nuevas maneras de reinventarse.
Roberto Reyes