12/04/2026
Si te humillaron, te traicionaron o te mintieron, lo primero que nace es el deseo de devolver el golpe, de hacer sentir al otro lo mismo que te hizo sentir a ti. Es humano. Duele. Quema. Pero hay una verdad que pocos aceptan: la venganza no sana, solo prolonga la herida. Te mantiene atado a lo que te rompió. Por eso hoy no te voy a decir que olvides… te voy a decir algo más fuerte: suelta.
Déjaselos a Dios con esta oración:
Señor, tú eres el juez justo. Hoy suelto mi dolor y mi rabia en tus manos. No voy a permitir que lo que me hicieron ensucie mi corazón ni me convierta en alguien que no soy. Te entrego a quienes me lastimaron, porque tu palabra dice: “Mía es la venganza”. Yo no quiero cargar con ese peso. Confío en tu justicia perfecta, aunque no la entienda, aunque no sea inmediata. Sáname en lo profundo, donde nadie ve. Restáurame donde fui quebrado. Y devuélveme la paz… junto con el doble de lo que perdí.
Porque soltar no es perder… es liberarte. Es decidir que tu paz vale más que cualquier revancha. Es entender que mientras tú sanas, la vida se encarga de poner todo en su lugar. No necesitas demostrar nada, no necesitas hacer justicia por tu cuenta. Lo que necesitas es volver a ti, reconstruirte, levantarte más fuerte, más claro, más en paz.
Así que escribe con fe, no como una frase vacía, sino como una declaración:
Dios me protege, Dios me cuida.
Y deja que ese sea el inicio de tu proceso ; no desde el dolor, sino desde la restauración.
(Copiado de la web)