12/01/2026
Columpios
Hoy comienza un semestre escolar en un nuevo año, y todavía se siente en la casa el eco de sus voces y sus risas al jugar. Una Navidad bonita, llena, entera del amor que sin darse cuenta me regalan.
Los “te amo” a cada hora y las ganas incesantes de discutir por quién tiene la razón.
Entonces se me ocurre retomar la rutina de caminar en el parque al que tanto los llevé cuando eran pequeños; ese que me hace pensar en las pausas infinitas que tuve que aprender desde que nacieron. Algunas justificadas, otras tantas por estar exhaustos de la rutina diaria.
Veo los columpios y no puedo ignorar el hecho de que el más pequeño ya sabe balancearse solo. Cada vez me necesitan menos, y eso es genial… pero se siente. Se siente como un vacío suave en el pecho.
Hoy, sin esperarlo, detuve mi rutina y me permití soltar alguna lagrimita mientras tocaba y miraba el columpio donde nos balanceamos cuando para ellos la vida era solo un juego, aunque mi mente estuviera a punto de explotar.
Hoy agradezco a Dios cada oportunidad de vida y de salud junto a mis hijos. Los bendigo donde estén y guardo en mi corazón sus voces:
“mira mamá, qué alto estoy”,
“mira mamá, ya sé columpiarme”,
“mamá, ayúdame, quiero ir más rápido”.
Que vuelen alto, sin miedo, con el corazón abierto y los pies ligeros. Que aprendan a impulsarse solos, a leer el viento y a confiar en sus alas.
Y que cuando el cielo se vuelva inmenso o el impulso no alcance, recuerden que aquí estoy:
con los brazos abiertos,
con la voz firme,
con el amor intacto.
Siempre lista para empujar un poco más fuerte el columpio y escuchar, una vez más,
aunque sea en susurro:
“mamá, ayúdame… quiero ir más rápido”.
Escrito de una mami psicóloga ❣️