14/08/2025
Una vez más, figuras de poder se aprovechan de la vulnerabilidad de nuestra niñez y de sus familias para cometer actos tan atroces como el abuso sexual infantil. Las iglesias, esos espacios que deberían ofrecer paz, acompañamiento emocional y espiritual, y seguridad, pueden convertirse en escenarios de profundo sufrimiento cuando allí mismo se quebranta la inocencia de un niño o niña.
En contextos religiosos, las figuras de liderazgo (sacerdotes, pastores, líderes espirituales) suelen estar asociadas con una autoridad moral y espiritual que les otorga un nivel de confianza excepcional dentro de la comunidad. Esta posición de poder, cuando es mal utilizada, puede servir para manipular, silenciar y perpetuar el abuso.
En comunidades de fe, el grooming no solo va dirigido a la víctima, sino también a su familia y a toda la comunidad. La persona agresora gana confianza ofreciendo ayuda económica, apoyo emocional o servicios comunitarios, creando así el escenario perfecto para que resulte casi impensable que pueda lastimar a un niño o niña. Esto se intensifica cuando el agresor se presenta como un representante de principios y valores morales o religiosos, lo que provoca que muchas personas se inhiban de denunciarlo.
Las víctimas y sobrevivientes de este tipo de abuso enfrentan un trauma físico, psicológico y espiritual, además de una crisis de fe, aislamiento social y un mayor riesgo de revictimización si permanecen en el mismo entorno.
La prevención no consiste únicamente en advertir sobre el “cuidado con extraños”. También implica alertar sobre personas cercanas que generen inseguridad, miedo o confusión. Debemos enseñar a niños, niñas y jóvenes que, sin importar quién sea la persona o qué amenazas utilice, siempre deben contarlo a un adulto de confianza.
Padres, madres y cuidadores: no otorguen confianza a ciegas, ni siquiera a figuras de liderazgo. Observen, cuestionen, mantengan una duda saludable y, sobre todo, conversen con sus hijos para que sepan que ustedes siempre estarán ahí para escucharles y protegerles, incluso de aquellos que dicen profesar la fe.