06/02/2026
En días recientes, en Puerto Rico, hemos visto noticias que generan una indignación inmediata. Particularmente, una madre dejó a sus hijos en un cuartel de la policía y, rápidamente, el juicio público se activó. Los titulares y medios de comunicación apuntan, las redes sentencian y la narrativa se reduce a una sola pregunta: ¿cómo una madre puede hacer algo así?
Pero los eventos como este no ocurren en el vacío.
Antes de juzgar, es necesario detenernos y mirar el contexto. En muchos casos, esto no es un acto de abandono, sino un acto desesperado de supervivencia. Una persona que llega a un cuartel con sus hijos muchas veces no está huyendo de su responsabilidad, sino diciendo: “No puedo más y no sé a dónde acudir.”
Estos casos suelen ser el resultado de un efecto dominó que rara vez se menciona: deterioro progresivo de la salud mental, agotamiento extremo, aislamiento, pobreza, estrés crónico y un sistema de servicios saturado que no llega a tiempo. En Puerto Rico, pedir ayuda no siempre significa recibirla. Las listas de espera son largas, los recursos son limitados y la atención suele llegar cuando la crisis ya explotó.
Esto NO es justificar el daño ni minimizar la gravedad de la situación. Es entender que individualizar la culpa no previene nada. El juicio público puede aliviar momentáneamente la rabia colectiva, pero no protege a los menores, no fortalece a las familias y no evita que esto vuelva a pasar.
Además, la forma en que se presentan y narran estas noticias también hace daño. Estigmatiza la salud mental, revictimiza y envía un mensaje peligroso: si pides ayuda desde la desesperación, serás señalado. Eso empuja a muchas personas a callar, a esconderse y a romperse en silencio.
Necesitamos menos titulares acusatorios y más análisis. Menos juicio y más humanidad. Evidentemente, hay que atender un efecto emocional en los menores, que que sí son víctimas y que muy probablemente poco comprenden lo que está pasando, y en donde se pudieran desencadenar efectos de un evento traumático. SIN EMBARGO, el enfoque debe ser más preguntas sobre qué falló antes, dónde estaban los recursos, qué apoyo existía y qué apoyo sigue faltando.
Mientras sigamos tratando estos casos como fallas individuales y no como reflejos de un problema sistémico, seguiremos repitiendo la historia. Y en ese ciclo, a todos —como sociedad—nos toca asumir la responsabilidad.
Para ti, que has querido pedir ayuda, pero el miedo al señalamiento te ha detenido:
Buscar ayuda no es un fracaso, ni una debilidad, ni una razón para sentir vergüenza. Al contrario, pedir apoyo cuando el peso se vuelve demasiado grande es un acto de valentía y de amor, especialmente cuando hay hijos de por medio. Existen recursos, personas y espacios dispuestos a escuchar sin juicio y a acompañar en los momentos más difíciles. Nadie debería cargar solo con lo que duele. Hablar, pedir ayuda y aceptar apoyo puede marcar la diferencia entre romperse en silencio y encontrar un camino con más contención y esperanza.
Dra. Nahomi Martinez, psicóloga🌱