13/11/2025
Amar lo Imperfecto
Por: Lilia Otero Hernández
He decidido amar lo imperfecto, porque todos lo somos. Solo se puede amar verdaderamente lo que es imperfecto, porque el amor auténtico no nace de la perfección, sino de la comprensión, la empatía y la misericordia. Cuando tratamos de buscar lo perfecto en otras personas, inevitablemente nos desilusionamos, ya que la perfección no existe en el alma humana; somos seres en proceso, aprendiendo y evolucionando cada día.
Nuestra pareja, nuestra familia, nuestros amigos y nuestro prójimo son imperfectos, al igual que nosotros. Y es precisamente en esa imperfección donde se manifiesta la belleza del amor. Amar no es idealizar, es aceptar. Amar no es exigir, es comprender. Amar es mirar el corazón más allá de los errores.
Sí, debemos alejarnos de quienes nos hacen daño, porque protegernos también es un acto de amor propio. Pero ese alejamiento no debe venir acompañado de odio o rencor, sino de un trabajo interior donde logremos sanar sin excluir, perdonar sin justificar el mal, y liberar sin romper la esencia de los lazos familiares que forman parte de nuestra historia y nuestra herencia emocional.
En cuanto a la familia, el perdón es indispensable. Si nos excluimos entre nosotros, esa exclusión se repetirá como un eco doloroso en las futuras generaciones. Los hijos, nietos y bisnietos copiarán los patrones inconscientes de rechazo, indiferencia y falta de amor hacia aquellos que fueron responsables de su existencia. Así se perpetúan los vacíos emocionales, la desconexión y el sufrimiento familiar.
La familia es un todo. Cuando se rompe, algo se fractura en el alma colectiva. Por eso, no debemos separar ni dañar, sino restaurar y comprender. Sanar las raíces es sanar el árbol completo.
En la historia de la vida solo hubo un Perfecto, y murió a los 33 años. Su legado fue que tratemos de imitar su conducta y sus enseñanzas: las del único Perfecto, Jesús.
Él nos mostró que el amor, el perdón y la humildad son la base de toda convivencia y sanación espiritual. Si seguimos su ejemplo, su luz será el freno social de la nueva generación de cristal, una juventud frágil que confunde libertad con permisividad, y que se deja guiar por lo que llaman “su razón y su criterio”, aquello que nuestros padres y abuelos identificaban con claridad como pecado o incorrecto.
Debemos regresar a los valores eternos del bien, de la compasión y del respeto, porque son el verdadero cimiento del alma humana.
Hoy, más que nunca, necesitamos implementar una política del “búscate”, una conciencia activa que nos invite a filtrar las enseñanzas destructivas heredadas de ideologías, modas, religiones o creencias que fomentan la división, el orgullo o la falta de amor.
Solo así podremos detener la cadena de errores que hieren a la humanidad y sembrar una nueva herencia de fe, perdón y unidad familiar.
Amar lo imperfecto no es resignarse, es trascender.
Es mirar la vida con los ojos del único Dios perfecto, quien nos ama tal como somos, con nuestras luces y nuestras sombras.
Cuando aprendemos a amar así, nos convertimos en instrumentos de sanación, no solo para nosotros, sino también para las generaciones que vendrán.