22/01/2026
Todos esperaban que levantara el trofeo y sonriera para la cámara. Era el goleador del torneo, el "niño estrella" de las canchas de Villa Los Aromos. Pero Martín, con solo 11 años, hizo algo que dejó a los adultos en silencio total.
Ocurrió ayer, en la final de la liga barrial.
Cuando dijeron su nombre por los parlantes como el "Mejor Jugador de la Temporada", Martín subió al estrado. Agarró la copa dorada. La miró un segundo. Y en lugar de alzarla, se acercó al micrófono.
—"Profe, ¿puedo llamar a alguien?" —preguntó con voz temblorosa.
El entrenador asintió, confundido.
Martín señaló hacia la banca, donde estaba Luis. Luis es ese niño que corre todo el partido, que recupera los balones perdidos, que se tira al suelo raspándose las rodillas para que la pelota le llegue a Martín. Luis no mete goles. A Luis casi nadie lo aplaude.
—"Vení, Luis" —dijo Martín.
Cuando su compañero subió, tímido y con la camiseta llena de tierra, Martín le puso el trofeo en las manos.
—"Yo metí los goles porque tú me diste los pases. Si tú no te ensuciabas, yo no brillaba. Esto es tuyo."
Los padres en la grada se quedaron helados. Luego, empezaron los aplausos. Pero no eran aplausos de cortesía; eran de esos que te nuden la garganta.
A veces, nos pasamos la vida buscando el reconocimiento, queriendo ser el que sale en la foto, el que se lleva el crédito. Se nos olvida que nadie llega a la cima solo. Detrás de cada "éxito" hay alguien que te pasó el balón, que te cubrió la espalda o que te animó cuando fallaste.
La verdadera grandeza no está en ser el mejor, sino en reconocer quién te ayudó a serlo.
Adolescentes, Adultos, Parejas, Familias. Terapia Sistémica Familiar - Carlos Giménez c/Tte. Zott