11/02/2026
El otro día en un taller con adolescentes, una chica de 16 años me preguntó:
—¿Hace cuánto hacés barro?
—Ocho años.
—¿Y no te cansás?
—No.
—¿Y nunca pensaste hacer otra cosa que jugar con el barro?
La miré y le respondí:
Yo no juego con el barro.
Y después me quedé pensando.
No me enojé. No fue una falta de respeto.
Fue una pregunta honesta, desde sus 16 años.
Pero me hizo ver algo.
Desde afuera, muchas veces lo que hacemos se ve simple.
Se ve liviano.
Se ve como algo que empezó “hace ocho años”.
Pero casi nada empieza donde parece empezar.
Lo visible siempre es la última capa.
Antes de esos ocho años hubo estudio, profesión, búsqueda, crisis, decisiones difíciles, miedo, volver a empezar.
Hubo una psicóloga tratando de integrar lo que sabía con lo que sentía.
Hubo una mujer animándose a salir de lo esperado.
Hubo una pandemia.
Hubo incertidumbre.
Hubo construcción silenciosa.
LizaCrea no nació el día que empecé a tocar arcilla.
Nació mucho antes, en preguntas internas que no se veían.
El barro no es un juego.
Es un lenguaje.
Es una herramienta.
Es una forma de acompañar procesos sin que todo tenga que pasar por las palabras.
Es sostener grupos.
Es crear comunidad.
Es trabajar con el cuerpo cuando la mente está saturada.
Pero entiendo algo también:
cuando algo se hace con disfrute, el mundo tiende a llamarlo juego.
Y tal vez ahí hay una confusión cultural interesante.
Nos enseñaron que el trabajo serio tiene que doler, tensar, agotar.
Que si algo te gusta demasiado, entonces no puede ser “tan importante”.
Yo no juego con el barro.
Trabajo con él.
Creo con él.
Acompaño con él.
Vivo de él.
Y, al mismo tiempo, tengo la enorme suerte de que mi trabajo conserve algo de juego.
A los 16 todavía no se ve todo el recorrido que hay detrás de una elección.
A veces ni siquiera a los 40 se ve el recorrido del otro.
Por eso me quedé pensando:
qué importante es recordar que cada persona que hoy está haciendo “eso que parece simple” probablemente llegó ahí después de muchos caminos invisibles.
Lo que se ve hoy es el resultado.
La raíz casi nunca está a la vista.