07/05/2026
Ayer llegué a mi casa agotado. Eran como las 4 de la tarde. Me acosté un rato. Mi esposa me preparó una taza de café para reanimarme. A veces creo que el cansancio mental es más intenso, o al menos se siente más intenso, que el físico.
Me acosté a ver un programa que me encanta. Trata de un pescador youtuber español, de Cataluña, que hace pesca submarina. Todo lo que tenga que ver con el mar me encanta. A veces he llegado a pensar que, en una vida pasada, quizás fui algún tipo de especie marina (o marino).
Sin embargo, esos periodos de descanso duran poco con Samy en la casa. Él siempre está inventando algo que hacer.
—“Ya estoy listo, papá”.
—“¿Listo para qué?”, le pregunté.
—“¡Para ir a la cancha a jugar fútbol! Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos…”
Y llega un momento en que, de pura desesperación, me tengo que levantar. Hago un gran esfuerzo por no enojarme. Mi cuerpo me pide seguir tirado en la cama, pero ¿quién aguanta a Samy diciendo?:
—“Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos…”
Traté de levantarme y asimilar que todo esto era un plan perfecto de Dios para obligarme a ser aún más activo físicamente; pero no les miento, ganas no tenía.
Igual me puse los zapatos y nos fuimos. Inicialmente solo él y yo. Llegamos al parque y ahí estaban sus amigos. Cuatro de ellos. Armamos el partido rápido.
El sol ya estaba más suave, amarillo. Eran como las 5 de la tarde, pero igual recibí ese sol que sé que me hace falta para elevar la vitamina D.
Comencé jugando de portero, pero poco a poco también empecé a correr. Metí uno o dos goles y así estuvimos hasta las 6 de la tarde, cuando mi esposa llegó a dejarme a Gabriel. Ahí salí de la cancha y comencé a cuidarlo.
Al ratito llegaron los congéneres de Gabriel y ahí estuvo con ellos, aunque Gabriel es un poco penoso. Muy diferente a Samy cuando tenía esa edad.
Yo platicaba con los vecinos sobre lo bien que la habíamos pasado el domingo en la despedida de Pepe.
—“¡Qué rica esa carne que hiciste! ¿Qué tipo de carne era?”, me preguntaban.
Y así, hablamos mientras los niños jugaban.
Sin sentirlo, se hicieron las 7 y media de la noche. Ya estaba oscuro, pero al parque no dejaban de llegar vecinos. Otros ya iban de regreso a sus casas, y así…
Le dije a Samy:
—“Ya es hora de irnos, ya casi son las 8 de la noche”.
Agarré a Gabriel y lo subí a mis hombros, mientras hacía malabares con la mano derecha para cargar su carrito y unas pinzas de cocina que se me habían quedado en el evento anterior.
Y así regresamos a casa. Samy bien sudado, y Gabriel todo polvoso.
Aquello que hice a la fuerza, obligado, sin ganas, poco a poco se fue convirtiendo en una tarde saludable para todos.
¿Y saben cómo dormí?