01/03/2026
Mercantilismo podológico: cuando un diploma sustituye a la competencia y el paciente paga el precio
En redes sociales abundan los “especialistas del pie”. Se presentan como médicos podólogos, podiatras,licenciados , técnicos podólogos o expertos en cirugía de mínima incisión con una seguridad que suena convincente… hasta que uno pregunta lo básico: ¿dónde está la acreditación verificable?, ¿cuál es el alcance real de su formación?, ¿quién regula lo que están ofreciendo?
En El Salvador, el fenómeno tiene una particularidad incómoda: no solo se trata de técnicos o personas ajenas al área de la salud que incursionan en la pedicura y luego se promocionan como “podologo”. El problema se agrava cuando médicos generales,de familia sin un entrenamiento quirúrgico formal, realizan cursos cortos —algunos de tres, seis o hasta diez meses, en línea con una semana de práctica— y salen al mercado autodenominándose especialistas. El resultado es una mezcla peligrosa: una etiqueta atractiva, un público confundido y pacientes vulnerables que asumen que “si suena a especialidad, debe serlo”.
La confusión no es semántica: es clínica
En distintos países el término cambia: en España suele usarse podólogo; en otras regiones se habla de podiatra. Y hoy incluso hay debates internos sobre qué denominación corresponde. Pero el verdadero problema no es el nombre, sino el contenido: competencias, límites y verificación.
Un técnico no médico puede tener un rol útil dentro de un marco claro (cuidado básico, higiene, prevención simple) cuando está bien entrenado y actúa dentro de su alcance. Lo que no se sostiene es cuando se cruza la línea hacia actos propios de medicina sin respaldo: anestesia local, procedimientos invasivos, cirugía, prescripción o uso de terapias con riesgo como si fueran servicios cosméticos.
En El Salvador, además, existe otro extremo: personas empíricas —incluyendo cosmetólogas, cadenas de “podología” o quienes hacen pedicuras— sin formación sanitaria formal que comienzan a atender problemas que requieren evaluación clínica e incluso realizan procedimientos de índole médico como infiltraciones en casos de uña encarnada , sin las competencias académicas ni el soporte clínico necesario. La consecuencia es conocida por cualquier equipo que maneje pie diabético: retrasos diagnósticos, infecciones subestimadas, necrosis mal manejadas y complicaciones que llegan tarde a un servicio especializado.
Un curso no es una especialidad. Y dos días no forman un cirujano.
No estoy en contra de la formación médica continuada formal , pero donde el mercantilismo se vuelve más evidente es en la cirugía. Se están promoviendo capacitaciones de dos días en cirugía de la uña , uso de ácidos en onicomicosis hasta cirugía de mínima incisión, impartidas por profesionales que pueden tener formación real; sin embargo, entre sus alumnos aparecen perfiles que, por definición, no deberían ejecutar actos invasivos: técnicos sin habilitación para infiltrar anestesia y médicos generales sin competencia quirúrgica acreditada para cirugía.
Lo grave no es que alguien aprenda. Lo grave es que al terminar el curso, algunos egresados salen a redes y se publicitan como “expertos en cirugía MIS” o “cirujanos de mínima incisión”. Especialistas en aplicación de ácido en hongos y de colmo hasta ya dan sus propios cursos. Un punto aparte la cirugía mínimamente invasiva no es “cirugía light”: exige selección de caso, anatomía quirúrgica, control del dolor, manejo de complicaciones neurovasculares, criterio de conversión y seguimiento. Cuando eso se sustituye por un diploma y una frase de marketing, el paciente se convierte en campo de práctica.
Ahí aparece con claridad el concepto: Mercantilismo Podológico. No es educación continua; es convertir el lenguaje clínico en producto y la credencial en propaganda.
El vacío que permite el negocio
Parte del problema es estructural. Cuando un país tiene un marco poco claro o no visible para el público sobre quién está autorizado para ofertar “podología/podiatría” como formación profesional, surge un terreno fértil para modelos híbridos: “licenciaturas” por convenios sin sede local, programas con prácticas mínimas, y certificaciones que se presentan como equivalentes a trayectos universitarios.
Y luego llega el golpe final: ponentes con buena formación, invitaciones internacionales, fotos con batas, diplomas y logos. Eso crea un fenómeno de “legitimidad por cercanía”: si un curso tiene ponentes reconocidos, muchos asumen que la institución también es formal y regulada. No siempre lo es. La ciencia del ponente no sustituye la aprobación legal del programa.
Aquí hay una confusión frecuente que conviene aclarar sin rodeos: tener una autorización de funcionamiento o un permiso sanitario para operar un establecimiento (por ejemplo, emitido por el CSSP) no equivale a estar autorizado para ejercer una especialidad. Son planos distintos. La operación de un local puede estar en regla, pero la condición de “especialista” debe sostenerse con el mecanismo de reconocimiento correspondiente, y en el país esa acreditación no la da un permiso de funcionamiento: la da CONADEM.( Consejo Nacional de Especialidades Médicas )
Lo que debería importar:
Más allá del debate terminológico, el estándar para proteger al paciente es simple: si alguien dice ser especialista, debe poder demostrarlo con credenciales verificables y debe actuar dentro de un marco institucional autorizado. Si no puede, entonces no es un especialista: es un proveedor de servicios con marketing.
Y el paciente no debería depender de la fe. Debe depender de evidencia.
Cuál debería ser el Checklist mínimo para el paciente antes de confiar sus pies:
¿Cuál es su profesión real (médico, técnico, cosmetóloga, podólogo, podiatra)?
Si se presenta como “especialista”, ¿su acreditación está reconocida por CONADEM?
¿Dónde se formó, cuánto duró y cuántas prácticas clínicas reales tuvo?
Si ofrece anestesia, procedimientos invasivos o cirugía: ¿en qué entorno habilitado lo hace y cómo maneja complicaciones?
¿El establecimiento donde atiende tiene autorización sanitaria para funcionar? (Esto es importante, pero no reemplaza la acreditación de especialidad.)
Un cierre que incomodó…
Ninguna profesión se fortalece con títulos inflados. Se fortalece con estándares, auditoría, evidencia y honestidad. Y ningún paciente debería pagar el costo de un sistema donde el diploma se convierte en licencia social para practicar lo que no se domina.
La frase que resume todo, sin adornos, es esta:
Tu pie no es un experimento. Verifica credenciales.
Y por último: el pie diabético es otra historia. Lo que se tolera en un pie sano se vuelve peligroso en un pie neuropático o isquémico. Pronto lo compartiremos, con el rigor y la claridad que el tema exige.