12/01/2025
Una pequeña narrativa sobre la tensión entre el ego y el yo interno en el ámbito laboral.
" El ego" y el "síndrome del impostor"
El Espejo de Elara: Una Narrativa Psicológica
Elara era la arquitecta principal del estudio, pero su verdadero oficio era la vigilancia. Se había construido un prestigio tan pulido que cada día en la oficina se sentía como una actuación en la cuerda floja. Su “ego” no era una simple arrogancia; era una estructura defensiva, un escudo impenetrable de perfección que la protegía del terror subyacente: el síndrome del impostor.
Esta mañana, en la reunión de revisión trimestral, la armadura pesaba más que nunca. Sentada a la cabecera de la mesa de caoba, su rostro era una máscara de ecuanimidad y control. Su tono de voz, preciso y bajo, estaba calibrado para proyectar una autoridad inquebrantable. Mientras desgranaba los datos de rentabilidad, su mente, la verdadera Elara, estaba sumida en el caos.
"Es brillante, Elara," comentó el CEO con un asentimiento.
La palabra "brillante" rebotó en su cráneo como una acusación. Su ego, una voz interna cruel e incesante, respondió al instante: Lo sabrán. Pronto. Sabrán que esto fue suerte. Que no eres tan inteligente como pareces. Que solo copiaste el modelo de Daniel, aunque lo puliste hasta hacerlo irreconocible.
Este era el juego diario de Elara: alimentar a la bestia de la perfección para silenciar al crítico interno. Cualquier error, por minúsculo que fuera, significaba un agujero en la armadura por donde la verdad (su supuesta incompetencia) podía filtrarse y condenarla.
Mientras revisaba un gráfico de flujo, notó que Marcos, el becario, tartamudeaba visiblemente al explicar un error de proyección menor. En otro momento, Elara lo habría cortado con una mirada fría, reafirmando su superioridad y la necesidad de pulcritud. Pero hoy, algo se movió. Tal vez el peso de su propia farsa la ablandó.
Vio el miedo en los ojos de Marcos, un reflejo amplificado de su propio terror interior. Por un instante fugaz, el deseo de humillación (el deseo de su ego de castigar la imperfección) se disipó.
"Marcos," dijo Elara, sin modificar su tono, pero con una pausa que era casi un aliento. "La metodología de corrección es más importante que el error inicial. ¿Podrías centrarte en cómo se aislará este fallo para el próximo trimestre?"
No fue un elogio ni una reprimenda. Fue un acto de redirección, una pequeña muestra de humanidad profesional.
Cuando la reunión terminó, y la sala se vació, Elara no sintió la habitual oleada de euforia por haber sobrevivido. Sintió una ligera punzada de ligereza. Al haber permitido un momento de empatía, había reducido, solo por un segundo, la presión sobre sí misma. Su ego no se había desmoronado; simplemente se había relajado. El verdadero trabajo, se dio cuenta, no era construir la armadura más fuerte, sino aprender a respirar dentro de ella. Y quizás, de vez en cuando, permitir que una grieta dejara entrar la luz.