03/19/2026
💌 Mamita chula…
Hoy se cumplen tres meses desde que te fuiste.
Tres meses… y se sienten como una eternidad que no sabe contar el tiempo como antes.
La casa sigue aquí, mamá…
pero no suena igual.
No huele igual.
No respira igual.
Hay una quietud distinta…
como si cada rincón supiera que falta algo esencial.
Como si las paredes guardaran tu nombre en silencio.
Y yo… sigo aquí, tratando de hacer lo mejor que puedo con lo que me pediste.
Cuidar a mi papá.
Cuidar a mis hermanos.
Lo estoy intentando, mamá… de verdad lo estoy intentando.
A papá lo vemos, lo acompañamos, lo cuidamos entre todos.
Hay días en los que parece entender…
y hay otros en los que cree que sigues aquí.
Y yo no lo contradigo.
Porque en el fondo… lo entiendo.
Porque a veces yo también siento que en cualquier momento vas a entrar por esa puerta,
que vas a decir algo desde la cocina,
que vas a acomodar una flor, una taza, una servilleta… como solo tú sabías hacerlo.
Tu ausencia es tan grande…
que la mente busca protegerse inventando tu presencia.
Y quizá no es invento, mamá…
quizá es que sigues de alguna forma.
¿Sabes qué me pasó el lunes?
Estaba acomodando mis muñecas… esas que tanto te gustaban.
Mis muñecas antiguas, de porcelana, con sus vestidos hermosos…
esas que tú cuidabas como si también tuvieran alma.
Y sin querer… se me cayó una.
Se rompió.
Y yo… me rompí con ella.
Lloré, mamá… como niña.
Como si no se hubiera roto solo la muñeca…
sino algo más profundo dentro de mí.
Porque tú eras la que las arreglaba.
La que les devolvía la vida.
La que les pintaba sus chapitas, les acomodaba las pestañas, les regresaba su belleza.
Tú eras la que sabía cómo sanar lo delicado.
Subí con la muñeca en las manos, todavía con lágrimas…
y en eso llegaron mis hermanos al café literario de los lunes.
Lalo me vio y me dijo:
—¿Qué haces?
Y yo…
—Se me rompió mi muñeca…
La tomó en sus manos…
y con una paciencia tan tuya… empezó a arreglarla.
—Está perfecta —le dije.
Y él me respondió:
—No, perfecta no… pero te estoy enseñando cómo. Yo te la voy a dejar bien.
Se la llevó.
Y en ese momento entendí algo que me dolió… y me abrazó al mismo tiempo.
Tú ya no estás para arreglarlas, mamá…
pero algo de ti… está en nosotros.
Aun así… cómo me haces falta en esas cosas tan simples.
En decirte:
“Mamá, arréglame esta.”
“Mamá, ponle esto a la otra.”
“Mamá, ¿cómo le hago para que quede bonita?”
En la cocina…
en la limpieza…
en ese brillo que tú le dabas a todo.
Tú dejabas la casa… como si la luz viviera aquí.
Y yo ahora intento… pero no es igual.
Y a veces hasta sonrío y digo:
“¿Cómo le hacía mi mamá para dejar todo tan blanco… tan bonito?”
Son cosas pequeñas, mamá…
pero son las que sostienen la vida.
Y en todas ellas… me haces falta.
Te extraño en lo profundo…
pero también en lo cotidiano.
En lo sencillo.
En lo trivial.
En lo que parecía insignificante… y ahora es inmenso.
Últimamente he pensado algo…
Que tal vez tú no te fuiste.
Que más bien… tú ya llegaste.
Y nosotros somos los que seguimos en camino.
Esa idea me da paz…
pero no quita el dolor de no poder tocarte,
de no poder hablarte,
de no poder recargarme en ti.
Hay días en los que me pongo tu ropa…
aunque me quede grande.
La acerco a mi cara…
y todavía huele a ti.
Y en ese olor… mamá…
te siento.
Siento tus manos en mi cara.
Siento tu abrazo.
Siento tu presencia.
Como si el amor no entendiera de despedidas.
Te extraño tanto, mamá…
Te extraño con el alma entera.
Pero también me da paz saber que ya no sufres.
Que ya no pasas malos ratos.
Que estás en un lugar hermoso… con Dios.
Y desde ahí…
sé que nos ves.
Sé que nos acompañas.
Sé que sigues amando.
Mamita chula…
Si puedes…
pídele a Dios que te deje venir.
Aunque sea en un sueño.
Uno bonito.
Uno donde pueda volver a verte,
escucharte,
abrazarte.
Uno donde pueda decirte todo lo que todavía tengo guardado.
Te amo, mamá.
Te amo más allá del tiempo,
más allá de la ausencia,
más allá de esta vida.
Y aquí sigo…
haciendo lo mejor que puedo…
con todo lo que me enseñaste.
Tu hija…
que todavía te busca en todo…
y te encuentra… en cada rincón. 💛