12/15/2025
Cuántos padres realmente se detienen a preguntar a sus hijos cuando regresan de la escuela, cómo se comportaron con sus compañeros de escuela, con sus maestros y con el resto del personal? No se trata solo de preguntar si hicieron la tarea o cómo les fue en un examen, sino de indagar en su conducta, en la manera en que tratan a los demás y en cómo reaccionan ante los conflictos.
Lamentablemente, muchos padres confían ciegamente en la versión de sus hijos. Están convencidos de que “mi hijo es bueno”, “mi hijo no haría eso”, y asumen automáticamente que tiene una conducta intachable en la escuela. Bajo esa confianza, se descarta la posibilidad de que su hijo pueda estar involucrado en situaciones de bullying, faltas de respeto o actitudes que dañan a otros. Sin embargo, ser buen hijo en casa no siempre significa ser respetuoso en todos los entornos.
Por otro lado, existe una realidad aún más preocupante y es que hay padres que simplemente no les interesa disciplinar, corregir o enseñar límites. Delegan toda la responsabilidad a la escuela, ignorando que la educación emocional y social comienza en el hogar. Cuando no hay consecuencias, diálogo ni guía, los niños aprenden que sus acciones no importan o que siempre habrá alguien más que justifique su comportamiento.
Reflexionar como padres implica tener la humildad de aceptar que los hijos también se equivocan, que necesitan corrección y acompañamiento, y que preguntarles cómo trataron a los demás es tan importante como preguntarles qué aprendieron en clase. Solo así podemos formar seres humanos empáticos, responsables y conscientes del impacto de sus acciones en los demás.
Ya he perdido la cuenta de cuántos niños y adolescentes he atendido con depresión, ansiedad, pensamientos suicidas y otras situaciones profundamente dolorosas, provocadas por el maltrato y el bullying que reciben de sus propios compañeros de escuela. Estas no son historias aisladas, son realidades que se repiten una y otra vez.
Algunos padres suelen justificar o minimizar estas conductas diciendo que en su época también los molestaban en la escuela y que eso “no les afectó”, o que nunca vieron a sus amigos sufrir depresión o ansiedad. Sin embargo, es totalmente irresponsable asumir que, porque a unos no les causó un daño visible, hoy ocurrirá lo mismo con todos los niños y adolescentes.
Los tiempos han cambiado, las dinámicas sociales son distintas y el impacto emocional es real y profundo. Minimizar el bullying no solo invalida el dolor de quienes lo sufren, sino que también perpetúa el problema. Ignorar estas señales puede tener consecuencias graves e irreversibles.
Como adultos y como padres, tenemos la responsabilidad de educar, observar y corregir. El bienestar emocional de los niños no puede seguir siendo tratado como algo “normal” o pasajero. Escuchar, intervenir y actuar a tiempo puede marcar la diferencia entre el sufrimiento silencioso y una infancia protegida.