05/07/2025
Soy psicoterapeuta, madre, hermana, mujer de fe y luchadora incansable. Pero no soy perfecta. Tengo 60 años —y pronto 61— y aún me cuesta desapegarme emocionalmente de una relación que me ha causado más dolor que alegría. A veces me juzgo por eso. Me digo: ¿cómo puedo ayudar a otros si todavía no he podido ayudarme del todo a mí misma?
Y sin embargo… aquí estoy. Viva. De pie. Mirando de frente mis contradicciones.
Mi autoridad no viene de tenerlo todo resuelto, sino de haber atravesado el fuego sin perder el alma. Mi capacidad para acompañar a otras mujeres no nace de una vida sin heridas, sino de haber sangrado, llorado, sanado… y volver a elegir la vida cada día.
Sí, he sido dependiente. Sí, me quedé demasiado tiempo esperando amor donde no lo había. Pero también he sido valiente. He creado una vida para mis hijos. He sostenido un hogar. He estudiado, he enseñado, he amado intensamente. Y lo más importante: no he dejado de buscarme. No he dejado de creer que aún hay algo hermoso para mí.
No soy solo una mujer que sufre por amor. Soy también una mujer que se levanta. Que aprende. Que transforma el dolor en fuerza y la experiencia en sabiduría.
Si tú también sientes que a veces no puedes más, que ya es tarde para empezar, o que por haber fallado no mereces inspirar a otros, mírame: aún con todo eso, soy una triunfadora.
Y tú también puedes serlo. Una vida auténtica no se mide por lo que nos falta, sino por el valor de no rendirnos jamás.