27/04/2026
Hay una idea que aparece mucho tanto en el yoga como en lo espiritual: no vivir en el pasado. Pero esto no es solo una frase, es algo que se entrena.
El pasado vive en la mente. En yoga se habla de vrittis, que son los movimientos mentales, y de smriti, que es la memoria. Es decir, lo que ya pasó sigue activo en nosotros a través de lo que recordamos y repetimos internamente.
Por eso el trabajo no es “borrar el pasado”, sino aprender a no quedar atrapados en él.
La práctica del yoga propone algo muy concreto: hacer un corte, tomar conciencia, y volver al presente. Una y otra vez.
Nada es más importante que lo que estás haciendo ahora.
Nada tiene más impacto que cómo estás viviendo este momento.
Y acá es donde el yoga deja de ser solo una práctica física. Porque más allá de las posturas, lo que realmente estamos entrenando es la mente.
Entrenamos la capacidad de sostenernos, de no reaccionar automáticamente, de observar lo que pasa sin engancharnos todo el tiempo.
Para eso se necesita paciencia.
Y también perseverancia.
No es inmediato. No es lineal. Pero con el tiempo empieza a aparecer algo muy valioso: la conexión con una fuerza interior.
Esa fuerza no es solo empuje o voluntad. Es más completa. Tiene firmeza, pero también sensibilidad. Tiene algo de lo guerrero, pero también de lo receptivo. Y desde ahí empezamos a tomar mejores decisiones.
También empezamos a reconocer nuestros propios tiempos. A entender que hay momentos para avanzar y momentos para frenar. Y que respetar eso es parte del proceso.
El yoga también nos invita a desarrollar conciencia sobre nuestras necesidades reales. No lo que creemos que deberíamos hacer, sino lo que verdaderamente necesitamos.
Y eso se vuelve más claro cuando la mente está más tranquila.
Por eso volvemos a practicar.
No solo para mover el cuerpo, sino para ordenar lo interno.
En definitiva, el yoga es un entrenamiento para poder estar más presentes, más conscientes y más conectados con lo que realmente nos pasa.