10/05/2026
Lo que daría por volver a manchar ese acolchado…
Hoy me detuve frente a este recuerdo de hace 11 años y el corazón se me apretó un poquito. Era el Día de la Madre y mis hijas, todavía niñas, entraron a mi cuarto con la ilusión dibujada en la cara. Traían una bandeja con un desayuno preparado con sus propias manos: galletitas horneadas por ellas y el café servido en una taza que era mi regalo de ese día.
Pero lo más emocionante fue leer lo que habían preparado por escrito. Todavía guardo esa carta donde me daban las "gracias por darme todo ese amor, por estar siempre ahí para calmar mis tristezas dándome un hombro y por guardar todos mis secretos".
Recuerdo que, en medio de los saltos y la emoción de entregarme sus tesoros, el café se volcó un poco en la cama. Mi primer impulso fue preocuparme por el acolchado que se manchaba. Pero algo me detuvo. Algo me dijo que lo que estaba pasando era mucho más importante que cualquier tela. Elegí disfrutar, reírnos de la torpeza y grabar ese momento que, en aquel entonces, ni alma sabía que se volvería un recuerdo inolvidable.
Hoy, mirando hacia atrás y con la ausencia física de mi Cami, daría la vida entera por volver a ese instante. Volvería a ese domingo solo para verlas juntas otra vez, para que me despertaran con sus risas y, sobre todo, para que volcaran todo el café del mundo sobre esa cama. Todavía conservo esos mensajes en mi "caja de tesoros"; son las anclas de un amor que se queda para siempre.
A veces nos perdemos en la "perfección" o en el orden, y nos olvidamos de que la vida ocurre precisamente en esos "desastres" cotidianos cargados de afecto.
Mi humilde sugerencia hoy para todas las madres es este: sean conscientes de los pequeños grandes momentos. Disfruten el caos, los abrazos, las cartas con letra infantil y hasta las manchas. No dejen para después los besos ni las fotos. La vida cambia en un suspiro y, al final, lo único que nos queda para sostenernos es el amor que supimos disfrutar a tiempo.
Disfruten hoy, porque estos momentos son los únicos que realmente no tienen precio y serán de por vida nuestro mayor tesoro.
Lic. Psicóloga Andrea Ricamonte