12/12/2025
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El jardín como oráculo
Mi jardín cambia según mi estado interno.
Y, a la vez, cambia porque la vida es así: cíclica, inexorable, viva.
Con el tiempo entendí que no es solo una metáfora.
El jardín, los ciclos lunares, las estaciones, los yugas, los lenguajes simbólicos que heredamos…
todos responden a la misma arquitectura del sentido.
Nada florece todo el tiempo.
Nada puede forzarse sin romperse.
El jardín no da instrucciones.
Muestra estados.
Invita a detenerse y a percibir qué está pidiendo atención… y qué todavía no.
Desde ahí, cualquier gesto nace distinto: más amoroso, más justo, más afinado.
Hay momentos de brote.
Hay momentos de poda.
Hay inviernos necesarios donde lo más sabio es no intervenir.
La astrología describe el clima del tiempo.
La Luna marca el pulso.
La filosofía perenne lo supo siempre:
la verdad no cambia, se revela por ciclos.
Byung-Chul Han dice que vivimos en un tiempo sin estaciones, acelerado y agotado.
El jardín —como todo lo que respeta el ritmo— resiste esa violencia.
No responde a la prisa.
No produce bajo presión.
Invita a demorarse.
Y hay algo más que fui entendiendo con los años:
toda esa energía no está solo afuera.
Está en mí.
Hay días en que siento un impulso profundo de cuidar mi jardín.
Y hay otros en los que es el jardín el que me enseña cómo cuidarme a mí.
Me muestra cuándo aflojar, cuándo esperar, cuándo dejar de exigirme.
La belleza se completa ahí:
cuando nos miramos el uno al otro
y entendemos que el cuidado es mutuo.
El oráculo no grita.
Crece.
Y si prestamos atención,
nos muestra exactamente qué pide hoy nuestra alma.