08/05/2025
El aroma de la lluvia
Leyenda sobre el petricor, la tristeza de Sypavẽ y el regalo de la esperanza
Cuentan los sabios que en el principio del mundo, Tupã, señor del trueno, creó la selva, los ríos, los animales y los seres humanos, junto a su compañera Arasy, madre de la luna y del cielo.
Su obra más preciada fue la primera pareja humana: Rupavẽ, el padre de todos, y Sypavẽ, la madre de todos.
Durante mucho tiempo, la selva cantaba con la voz de Sypavẽ. Su risa despertaba a los pájaros, y sus pasos hacían brotar flores en los senderos. Pero un día, su canto se apagó. Nadie supo por qué. Su mirada se volvió profunda, su rostro callado, y la selva entera pareció entristecerse con ella.
Una mañana, nublada y pesada, Sypavẽ lloró. Lloró en silencio, como llora la tierra. Así cayó la primera lluvia sobre el mundo de los humanos.
Pero Tupã, que la amaba, no permitió que su llanto quedara solo. Sopló entonces sobre la tierra mojada y creó un aroma nuevo:
un perfume suave y profundo,
mezcla de barro, hojas, raíces y piedra,
el aliento de la selva cuando vuelve a la vida.
Ese aroma —que los sabios llaman petricor— fue el mensaje de Tupã:
un canto invisible para acompañar a Sypavẽ.
Por eso, cuando llueve en la selva y el perfume llena el aire,
se siente el suspiro de algo que renace.
Es Tupã recordándonos que la vida siempre vuelve.