19/02/2026
Este post lo escribo en colaboración con Emi de derechosimple uy y con el aval de la familia del imputado.
Lo primero que quiero pedirles es que se tomen un minuto para leer esta historia, que es la de muchos, y que luego intenten compartir, interactuar y etiquetar a quienes consideren para darle la mayor visibilidad posible.
Lo que acá relato es un caso verídico, actual, que puede terminar en 18 años de cárcel para un joven que sufrió violencia toda su infancia y que supo de los abusos sexuales hacia sus hermanas y su madre… o puede ser la oportunidad de que se entienda lo que el trauma genera y se logre la sentencia más justa posible.
La historia de esta familia es de esas que permanecen en secreto la mayoría de las veces. Hasta que alguien se anima a hablar. O hasta que algo terrible pasa. Ambas cosas pasaron y por eso hoy conocemos esta historia. Pero no es una historia aislada. Es la historia que he escuchado en mi consultorio decenas de veces.
Juan –nombre ficticio– era el progenitor de 4 varones y 2 niñas. Sus hijos, especialmente los 3 mayores -las 2 niñas y uno de los niños- y su mamá sufrieron violencia física reiterada durante años. Juan violó a sus hijas y a la madre de estas. Fue la menor de las niñas quien se animó a hablar y denunció justo cuando el hermano más pequeño acaba de nacer.
Juan fue condenado a poco más de tres años de prisión, pero apenas pasó un año y medio en la cárcel. La condena fue reducida porque se mostraba “arrepentido”. También se mostraba así cada vez que abusaba sexualmente y luego pedía perdón, pero todo volvía a pasar.
Estos hijos se convierten en sobrevivientes de este progenitor violento y abusador sexual, pero siempre con el temor de que volviera a aparecer. Con el temor de que el menor de ellos viviera lo que ellos habían a sufrido.
Y más de una vez Juan se apareció en la puerta de la casa.
Hasta ese momento, Pedro –nombre ficticio–, uno de los hijos, solo sabía del abuso sexual hacia su hermana menor, además de la violencia física vivida y conocida.
Ante la posibilidad de que el hombre se acercara a Paysandú, donde residían, la madre le confiesa que su dentadura era postiza a causa de las golpizas que él le había dado. Otra de las hermanas también cuenta haber sufrido violaciones del progenitor.
Pedro no logra dormir. Tiene miedo, tiene angustia, tiene enojo. Su familia lo ve pasar tres días sin conciliar el sueño, pero no imaginan el final.
No dormir aumenta la probabilidad de desregulación emocional. La privación de sueño incrementa la reactividad de la amígdala, disminuye el control inhibitorio y reduce la capacidad de evaluar consecuencias a largo plazo.
Pedro va a buscar a su progenitor, discuten y termina matándolo.
Pedro tenía una historia que desde psicología podemos catalogar como “trauma complejo”: cuando una persona es sometida reiteradamente a hechos traumáticos –no una, no dos, sino durante gran parte de su vida–.
Enterarse de más situaciones de abuso hacia sus hermanas y su madre reactiva el trauma. El trauma puede generar estados de desregulación extrema que en algunos casos incluyen estados disociativos. Estos estados no necesariamente implican que la persona no sea consciente de lo que hace, pero si pueden alterar la forma en que actúa o se maneja. En este caso, Pedro fue considerado imputable y consciente de los hechos. Pero la barrera entre conciencia y alteración psicológica no siempre es impermeable ni inamovible.
Pedro pudo ser consciente de que estaba cometiendo un delito y aun así estar profundamente afectado por todo lo antes mencionado. Todo esto hace pensar que, en un estado diferente –sin un trauma de base, sin nuevos activadores y habiendo dormido lo necesario– el desenlace podría haber sido otro.
El sistema nervioso de Pedro venía de una vida marcada por el trauma complejo que implica crecer en un entorno violento. Enterarse de nuevos abusos reactiva sensaciones traumáticas. Considerar que él o su familia podían volver a estar en peligro activa aún más el sistema de alerta. Y, por último, no dormir disminuye las barreras inhibitorias.
Esto no implica que estuviera delirando ni que no supiera lo que hacía. Pero sí que su sistema nervioso podía estar en modo defensa. Y cuando eso ocurre, controlar impulsos o racionalizar no siempre es igual que en condiciones normales.
En estados así, la reacción puede ser objetivamente desproporcionada (14 balazos –lejos de pensar en algo planificado, hablan de desborde emocional-), pero subjetivamente vivida como una necesidad de supervivencia en un contexto de desborde emocional producto del trauma.
Mientras la fiscalía ve un crimen agravado por el vínculo, la salud mental ve a un joven actuando bajo el peso del trauma y el miedo.
El artículo 36 del Código Penal establece una causa de impunidad que permite al juez exonerar de pena por homicidio cuando se cumplen determinados requisitos:
• Que el delito sea cometido por el descendiente de la víctima.
• Que el autor haya sido sometido a violencia intensa y prolongada por parte de la víctima o tuviera conocimiento de ese sometimiento hacia ascendientes u otras personas con quienes tuviera vínculos afectivos.
• Que el autor u otras personas, pudiendo solicitar protección, lo hubieran hecho sin obtener respuestas eficaces.
Incluir la comprensión de salud mental no es justificar un homicidio, sino comprender las condiciones psicológicas en las que ocurrió y poder tenerlas presente a la hora de interpreter las leyes.
En este caso, existe una denuncia comprobada y dos mujeres más que hoy relatan abusos sufridos. Sabemos que los sobrevivientes hablan cuando pueden, no cuando el sistema lo espera. La mayoría no logra denunciar en el momento en que los hechos ocurren.
Cabe preguntarnos qué protección real recibió esta familia cuando una niña denunció una violación y el agresor pasó apenas un año y medio en prisión. ¿Qué medidas se tomaron para evaluar el riesgo posterior? ¿Qué abordaje se brindó para reparar el daño o prevenir nuevas situaciones?
Desde la salud mental, sabemos que era esperable que hubiera más sobrevivientes que no se animaran a hablar. Era esperable que hubiera secuelas. Era esperable que hubiera miedo.
En segundo lugar, existen atenuantes a considerar:
• Buena conducta: Pedro carece de antecedentes penales.
• Presentación a la autoridad: esperó la llegada de la policía y asumió el delito.
• La provocación: haber obrado bajo intensa emoción o impulso de cólera frente a un hecho injusto. Como expliqué antes, el estado emocional de Pedro estaba profundamente alterado por múltiples factores.
Queremos que todos lean esto. Que quienes toman decisiones comprendan que la salud mental no es blanco o negro. Que entiendan y consideren el trauma. Que comprendan que los sobrevivientes hablan cuando pueden, no cuando la justicia pretende.
Proteger a las víctimas hubiera implicado brindar seguridad real, tratamiento,