Psic. Soledad Rodríguez

Psic. Soledad Rodríguez Psicoterapias individuales y de parejas (método Gottman). Violencia doméstica. Masculinidades y g?

La frase “no es lo que te hacen sino cómo reaccionás” es falsa cuando hablamos de trauma, abuso emocional o violencia re...
26/11/2025

La frase “no es lo que te hacen sino cómo reaccionás” es falsa cuando hablamos de trauma, abuso emocional o violencia relacional. No es tu reacción: es el efecto real que tiene la violencia sobre el cerebro.
La respuesta traumática es neurobiologica.
No es un defecto personal. No es un problema de “autoestima”. No es falta de voluntad. Cuando sales de la disonancia pueden empezar paso a paso a construir herramientas concretas para salir de allí…no contribuyamos más al estancamiento con falacias.

Para quienes quieren profundizar en la evidencia neurobiológica sobre trauma, dolor social y los efectos del abuso emocional en el cerebro, acá dejo fuentes científicas abiertas al público (open-access):

1. “Desarrollo neurobiológico en el contexto del trauma infantil” (Cross et al., 2017) – PMCID PMC6428430 https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6428430/
2. “Las bases neuronales del dolor social: evidencia de representaciones compartidas con el dolor físico” (Eisenberger, 2012) – PMCID PMC3273616 https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3273616/
3. “Dolor social y dolor físico: caminos compartidos hacia la resiliencia” (Sturgeon & Zautra, 2015/2016) – PMCID PMC4869967 https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4869967/

Fuentes sólidas, revisadas por pares y accesibles para lectura directa. Dale Vamos a estar bien🍀

Vivir con miedo al castigo relacional, ay.(Texto largo 😌)Vivir con miedo al castigo relacional es habitar un país con fr...
21/11/2025

Vivir con miedo al castigo relacional, ay.
(Texto largo 😌)

Vivir con miedo al castigo relacional es habitar un país con frontera invisible y normas gelatinosas.

Es aprender desde muy temprano que la pertenencia no está garantizada, que el lazo puede tensarse o romperse por un gesto, una palabra fuera de lugar, un stop que no conviene al otro.

Las mujeres hemos aprendido, generación tras generación, que la sanción más temida no es el castigo físico ni la agresión visible, (aunque esas existan y atraviesen tantas vidas) sino la retirada del afecto, la mirada que se desvía, el silencio que cae como un telón.

Un silencio que dice: “Te has pasado”, “Ahora verás”, “Así no te voy a querer”.

Pero que además nunca suele conllevar razones explícitas .
Que te deja sola en el sobreanálisis y la duda.

¿Qué he hecho ahora para que al verte no me saludes o me mires con dureza?
Dime qué pasa.

¿Por qué dejas de contestarme y retiras tu energía sin permitirme saber?
¿Por qué ese tono frío y displicente al otro lado del teléfono?
¿Por qué ya no me hablas de un día para otro?

Ese es el castigo relacional: la corrección emocional que se aplica sobre nuestros cuerpos, nuestras palabras y nuestras decisiones para mantenernos pequeñas, manejables, legibles para los demás.

Sumisas al refuerzo aleatorio.

No aparece de un día para otro. Se teje lentamente en la infancia, cuando una criatura experimenta que disentir o ser distinta puede significar perder el calor de un abrazo, que enfadarse puede ser castigado con distancia, que el llanto cansa, que la necesidad molesta.
Que ser tú es incómodo a los ojos de quien tiene que cuidarte o de tus iguales.

Se afianza en nuestras adolescencias, cuando descubrimos que la autonomía tiene precio y ese precio es, a menudo, la soledad.

Y termina consolidándose en la adultez, cuando entendemos que muchos vínculos (parejas, amistades, familias, incluso espacios laborales o formativos) funcionan bajo un contrato tácito: si quieres formar parte, sostén la carga emocional de todos, prioriza al grupo, cuida, aguanta. Calla.

Haz teatro, no seas crítica.
No queremos a nadie que vea de más.
Tu relato incomoda.
Sigue el discurso dominante.

Es este un miedo disciplinario, profundamente político, que se nos inculca para que vivamos negociando nuestra propia presencia.

Para que dudemos de nosotros.
Para que no pidamos demasiado.

Y, sobre todo, para que jamás pongamos en riesgo el status quo y los lugares de dominancia.

El castigo relacional no es un accidente interpersonal: es una arquitectura social.
Se sostiene en un sistema que espera de las mujeres disponibilidad constante, comprensión infinita y una especie de templanza emocional que roza lo inhumano.

Cuando no cumplimos con ese ideal imposible, la sanción es la retirada: del cariño, del reconocimiento, del acompañamiento.
A veces incluso de la pertenencia misma.
Es una auténtica falacia creer y dogmatizar con que ningún grupo te expulsa, sino que tú te vas.

No es verdad.
Cuanto más rígida es la narrativa familiar o grupal y sus consecuentes normas implícitas o claras, más fácil es que lo tildado como diferente sea expulsado.

Y no hace falta haber cometido un crimen para esta expulsión disciplinaria.
No tener respuesta en la comunicación que se trata de establecer, ser acusada de mentirosa, de peligrosa, de desestabilizadora o rara, es la bala perfecta para que una persona se vaya.

Es la puerta de la vivienda abierta sólo para ti.

Vivir así desgasta. Afecta al cuerpo, al sueño, a la capacidad de sostener conversaciones, al modo en que respiramos cuando sentimos que alguien se ha enfadado o ha dejado un mensaje sin responder.

Tiene consecuencias en cómo nos colocamos frente a los demás: pedir se vuelve una amenaza, confrontar parece un riesgo, expresar dolor suena a “ser demasiado”.
Cada gesto ajeno se evalúa con cautela, cada palabra se revisa mentalmente antes de salir, cada emoción se tamiza para que no resulte excesiva.

Este miedo no es un defecto personal, no es una fragilidad individual.
Es el residuo de vivir en un sistema, pequeño o gigantesco, que ha castigado a quien no se amolda, adapta o subsume.
A quien no pelotea o admira al poderoso o a quien tiene más capital social.

Hablar del castigo relacional desde una perspectiva feminista es nombrar lo político en lo íntimo.
Es reconocer que muchas mujeres no tememos al conflicto, sino a las consecuencias del conflicto: la soledad impuesta, el distanciamiento, la invalidación, la culpa que se utiliza como herramienta de control.

Y es también reconocer la valentía profunda que supone poder ser una misma y validar la propia historia, prima, incluso cuando la amenaza es perder lo poco de afecto que se nos ofrece.

Comprender este miedo ( el que se desata cuando alguien te mira mal, cuando aquella amiga no te incluye en los planes o bien un familiar querido no te responde a los mensajes y te deja en visto) es comprender la historia del cuerpo que lo carga.

Es saber que no se trata de un temor abstracto, sino una respuesta aprendida ante pérdidas reales, rechazos vividos, silencios que dejaron marcas, amiga.

Ahora, a lo mejor, es el momento de abrir el lugar íntimo a la reconfiguración: a crear vínculos donde el disenso no implique castigo, donde los límites no se vivan como traición, donde no haya que elegir entre autenticidad y pertenencia.

Ahora, quizá , podemos imaginar una forma de estar con otros que no dependa del miedo, sino de la reciprocidad.

Es decir: lo que siento tiene historia, tiene raíz y tiene explicación.
No soy yo sola sosteniendo un pánico irracional; es un sistema sosteniéndose a través de mi miedo.

Y en esa comprensión, tal vez, empieza la posibilidad de vivir sin castigo.
De vivir sin el permiso de quien no te respeta o aprecia.

De vivir sin miedo.

De vivir sin preguntarte:

- ¿Qué ha pasado ahora? mientras miras con ojos de cervatillo asustado en cuerpo de adulta, tratando de entender lo inentendible.

María Sabroso
Espero de corazón que les sirva.

13/11/2025

Me han preguntado por qué no hago publicidad ni colaboraciones. Yo (repito: yo) no quiero promover el consumo. Es una cuestión política. Lo único que recomiendo gratis es cultura, porque creo que la cultura no es un lugar de vacío, sino un espacio en el que se te devuelve con creces lo que inviertes en ella. Al no hacer publicidad tengo la libertad absoluta para subir (o no subir) lo que quiera cuando quiera porque no dependo de que un post vaya bien para poder vivir. No tengo que hablar mal de nadie, ni generar polémica, ni vender un estilo de vida, ni hacer nada que no sea escribir con la única intención de pensar y compartir. No hay ningún otro fin. Yo, si hiciera publicidad, sentiría que estoy aprovechándome de la gente que está aquí porque le ‘gusto’. No quiero venderte nada. El mundo está todo el rato vendiéndonos cosas. Además a mí no me gusta aprovecharme de nada. No quiero cosas gratis, ni que me regalen, ni que me inviten, ni que me eviten hacer una cola. No es la vida que yo quiero.

Teniendo medio millón de seguidores tienes que pensar qué quieres hacer con esto. Lo más lógico te diría la gente sería sacarle ‘provecho’ ganando dinero con ello, pero es que la forma de ganar dinero con ello es dejar que mi espacio pueda ser comprado. En mi caso concreto no lo veo.

Es una tontería, pero me parece que es una minúscula forma de luchar contra ciertas derivas que no me gustan y no las comparto. Yo quiero que me paguen por escribir, por mi trabajo, claro, pero no por hacer publicidad. Dicho esto, que la gente haga lo que estime oportuno con sus espacios, que yo gestiono los míos como buenamente puedo con mis principios personales e intransferibles. Y que ojalá me paguen por escribir y si resulta que un día ya no, pues haré otra cosa, que ya he sido en mi vida otras cosas y he vivido de ellas sin problema.

Llevo doce años escribiendo en internet. Y, después de este tiempo, esto es lo que hago (o no hago):

• No hago publicidad ni colaboraciones

• Apoyo el trabajo de los demás con el mismo ímpetu y cariño que el mi propio trabajo para luchar contra las lógicas neoliberales de construir una marca personal individualista en la que parece que nunca nadie te ayudó a llegar a donde estás

• Comparto la cultura porque la cultura me ha dado un lugar hermoso en el mundo

• No escribo nunca algo negativo de un producto cultural porque es un trabajo que cuesta mucho hacerlo y me sigue demasiada gente como para destruir el trabajo de nadie

• No me sumo a ninguna cancelación y tampoco señalo comportamientos individuales

• No respondo a nadie que intente hacerme daño

Simples principios para gestionar el poder ❤️

Hace un rato veía por ahí un video de "Yanina" diciendo que la terapia a ella no le sirvió porque alguna vez fué y sólo ...
09/11/2025

Hace un rato veía por ahí un video de "Yanina" diciendo que la terapia a ella no le sirvió porque alguna vez fué y sólo la hacían volver al pasado, recordar lo que hizo el papá, etc. Que sí, hizo terapias alternativas que le sirvieron más.

Más allá del personaje, encuentro que los pacientes vienen cada vez más en este modo: no quieren ir al pasado, no quieren hablar de la historia, les cuesta ubicar algo de la historia. No siento que sea sólo porque no es productivo hablar del pasado. Es del orden de una pereza en volver a la historia, al pasado, a su novela familiar.

No encuentran sentido en narrar lo que les pasó cuando eran chicos o en el momento en que empezó a surgir o apareció por primera vez un síntoma, porque no entienden de qué manera les puede ayudar eso, ya que eso ya pasó y no pueden modificar nada allí.

Muchos autores que he abordado hablan de un presentismo absoluto producto de la época neoliberal, de una necesidad de estar o hacer sólo lo productivo, porque al resto no se le encuentra sentido.

Sin embargo, creo que a esto se le puede sumar algo más: tengo la impresión de que este rehusamiento a la historia tiene que ver con algo así como una mutación en la relación con el tiempo y con el sentido mismo de la experiencia.

Ya no se trata solo de que “no es productivo mirar atrás”, sino de que no se percibe el valor de historizar.

Como si no hubiese nada allí que conecte con su presente. O sí, lo conecta, pero como un determinismo insoportable, y por lo tanto sólo les queda aceptar el destino que, como objeto de ese pasado, les cabe, sin que puedan modificar nada de lo acontecido con hablar o rememorarlo.

Hay una especie de desafección hacia la propia biografía, una incredulidad ante la posibilidad de que algo de lo vivido signifique.

El sujeto actual no solo perdió el lazo con el Otro: perdió también la intuición de que el pasado pueda tener efectos sobre el presente que no sean puramente causales, sino lógicos.

Sobre la ruptura con la historia, sobre el desprendimiento de lo genealógico y sus efectos en la subjetividad contemporánea hablábamos hoy en el curso.

Esa desconexión con la historia no es individual, es cultural. Vivimos una época donde el instante marca el tiempo en que las cosas deben suceder y realizarse. Pero sin historia no hay lectura posible del presente: solo repetición.

El análisis no busca cambiar el pasado, sino hacer presente cómo "eso" sigue hablando en el presente, sigue teniendo efectos aquí.

Una paciente decía que ir al pasado era para nostálgicos y que ella sólo vivía el presente.
No se trata de nostalgia, sino de lógica: de ubicar por qué lo que “ya pasó”, sigue pasando en otro tiempo.

Ese “ya pasó, no se puede cambiar” es una forma de clausura del tiempo, del inconsciente.

No es apatía moral, es un empobrecimiento del sentido de lo histórico: no se reconoce que lo pasado actúa todavía, que lo simbólico no se mide en cronología sino en lógica.

Vaya que el psicoanálisis cobra sentido en esta época más que nunca, porque, como dice Bleichmar, tenemos las herramientas justas para operar sobre el malestar sobrante.

Del muro de Vero A Cardozo

08/11/2025
08/11/2025

¡Un saludo especial a mis nuevos fans destacados! Milagros Aliaga Ramirez

https://www.youtube.com/watch?v=8BNvpHUWuD8
14/10/2025

https://www.youtube.com/watch?v=8BNvpHUWuD8

Querido amiga, querido amigo, te doy la bienvenida a un nuevo vídeo en el que vamos a ver cómo podemos evitar el triángulo dramático en nuestro entorno famil...

El símbolo Psi (Ѱ) es conocido por representar la psicología. Esta letra griega está relacionada con la palabra "psyche"...
12/10/2025

El símbolo Psi (Ѱ) es conocido por representar la psicología. Esta letra griega está relacionada con la palabra "psyche", que significa "alma" o "mente". En la antigüedad, se asociaba con el alma que, al morir, salía en forma de mariposa, un símbolo de transformación y cambio.

La psicología estudia los procesos mentales y el comportamiento humano, y el símbolo Psi refleja esa conexión con la mente y el espíritu. Su diseño puede verse como una mariposa estilizada, donde el centro representa el cuerpo y las líneas curvas, las alas en movimiento, simbolizando tanto la mente como su dinamismo.

Además, muchas palabras usadas en psicología, como psicoterapia o psiquiatría, derivan de "psyche", mostrando la profunda influencia de este símbolo en la disciplina.

En resumen, el símbolo Psi es mucho más que una letra; es un emblema que representa la mente, el alma y la transformación, esencia fundamental de la psicología.

05/10/2025
05/10/2025

En dinámica relacional, la violencia del silencio está en el mensaje implícito: “no mereces respuesta”, “no importás”, “te borro”. No hay insulto, pero sí desconfirmación: el otro deja de existir en el campo de contacto.

Algunas señales:

Se usa el silencio para provocar culpa o ansiedad en el otro.

Aparece tras un conflicto como forma de “castigo moral”.

Se mantiene hasta que el otro “cede”.

No busca cuidar tiempos internos sino manipular el vínculo.

También hay silencios que protegen: los que buscan regular el sistema nervioso, o evitar una escalada. La diferencia está en la intención y en el efecto sobre el otro.
El silencio defensivo calma; el pasivo-agresivo controla.

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Montevideo
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